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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 01 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 9:22-25, jueves, marzo 2 de 2017

El mártir Justino decía que todo el mensaje cristiano era una locura para el mundo antiguo. Predicar que el salvador era un crucificado condenado como blasfemo por los judíos y como peligroso por los romanos no daba para menos. Varias herejías buscaron eliminar el escándalo de la cruz asegurando que el sufrimiento de Jesús era aparente, pues si fuera real no podía ser Dios, como afirmaban los cristianos. En Pablo es claro que la cruz es un escándalo que confunde a los sabios de este mundo pero es sabiduría de Dios para los que se salvan. Habla del “Verbo de la cruz” como ese que luego de encarnado pone punto final a su revelación en un madero. Luego, en algunos Padres de la Iglesia, la cruz empieza a tener un sentido simbólico o alegórico con lo cual empieza a perder su poder de escándalo. Otra forma, a nivel de la devoción popular, de quitar valor al escándalo de la cruz fue el exagerar el padecimiento, hasta niveles casi de caricatura en contra de las buenas investigaciones al respecto. Presuntamente Jesús estaba ya tan debilitado por el proceso de prendimiento y juicio que no estaba en capacidad de llevar el travesaño (no se llevaba la cruz completa) al lugar de su muerte y esto explicaría su rápida muerte antes que los dos crucificados a su lado. Igualmente que haya sido amarrado a la cruz. Incluso un gran estudioso de este tema, Martin Hengel, no descarta que la crucifixión pudiera ser hecha cabeza abajo (como se dice de Pedro) para que la gente pudiera escupir al reo a la cara. Pero la cruz no tiene valor por la imagen que nos deje, que nunca sabremos cual fuera por encima de la imaginación a menudo febril de los pintores renacentistas, sino porque expresa que Jesús llega hasta la muerte en fidelidad a su estilo de vida. Esto es lo que expresa Pablo como salvífico: «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte» (Fil 2:8). La perfección judía consistía en obedecer la ley hasta sus últimos detalles, algo que Pablo muestra como imposible. La perfección cristiana se expresa en Mateo como llegar hasta el final (la muerte) como llegó Jesús. El ideal cristiano lo formula Lucas de una manera más comprensible: «Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (Lc 6:36). Dado lo que nos cuesta ser misericordiosos y serlo hasta la muerte, parece evidente que esta es nuestra verdadera cruz. Ante la popularidad de la cruz como signo casi mágico de adoración popular, protestaba el obispo Claudio, obispo de Turín, en el siglo IX: «Cristo ordenó a sus discípulos cargar la cruz, no adorarla». Lucas es el único evangelista que consigna la petición de Jesús al Padre por sus verdugos desde la cruz. Ha sido leído su evangelio como el del perdón y la misericordia. Establece una estrecha relación entre la salvación y toda la vida de Jesús no solamente con su cruz y resurrección sino con toda su vida. Su sufrimiento no se limita a su muerte pues incluye su rechazo, insultos, animadversión injustificada, ostracismo, nacimiento en un pesebre, malentendido por su círculo cercano (familia y seguidores) y conciencia de su posible sufrimiento en Jerusalén. Mientras que Jesús sufre aliviando los sufrimientos de otros, precisamente tal prioridad es la causa de que sea rechazado. En el evangelio de Lucas hay un motivo adicional de escándalo en la cruz en el sentido de que se trata de la muerte del inocente, como ya se había reflexionado en el canto del siervo de Yahvéh en Isaías, en el libro de Jeremías y de manera magistral en el libro de Job. Ni Herodes ni Pilatos encuentran delito en Jesús y es reconocido como inocente por el ladrón y el centurión al pie de la cruz. Las acusaciones de los jefes judíos son cargos falsos, es preferido Barrabás por el pueblo. Jesús continúa cuidando de los que sufren durante su mismo sufrimiento. Así, ofrece rogar por Pedro aunque éste lo niegue; cura la oreja del criado del Sumo Sacerdote; consuela a las mujeres que lloran en el camino a la cruz invitándolas a mirar su propio dolor en vez del de Jesús; pide perdón al Padre por sus verdugos y los exculpa diciendo que lo hacen por ignorancia; promete el paraíso al ladrón arrepentido. En la cruz recibe las burlas porque ha salvado a otros y no se salva a sí mismo. Podríamos decir que no necesitamos magnificar los sufrimiento físicos que son ya suficientes con la descripción que hace Lucas porque no fue la crucifixión el único (quizás ni siquiera el mayor) componente de su sufrimiento sino el rechazo y la humillación sicológica, social y espiritual que parece aún más intenso. Algunos Padres de la Iglesia pretendieron suavizar el escándalo de la cruz comparando la muerte de Jesús con la de Sócrates, quien murió como un sabio; o con la muerte de los mártires zelotes, crucificados por los romanos tras levantamientos que fracasaban; o con los mártires cristianos que marcharon serenos y creyentes a la muerte. Pero la muerte de Jesús no tuvo tal belleza. Por eso los discípulos lo abandonaron en la hora de la crucifixión «huyendo todos» (Mc 15:40). La vergonzosa muerte de Jesús fue para los discípulos la perfección de la obediencia a Dios; no la prueba de su verdad, sino la refutación de lo que pretendían. Solamente cuando empiezan a vivirla en carne propia entenderán que esa locura de la cruz era el camino de la salvación. Una paradoja que permanece hasta hoy. Acostumbrados como estamos a triunfar, incluso en lo religioso, la cruz nos recuerda que aún no hemos salvado la vida. En el evangelio de Lucas el acercamiento a Cristo se da en dos fases. En un primer contacto, la adhesión es suscitada por la curiosidad, por una simpatía todavía superficial, con hermosas parábolas como el hijo pródigo, el buen samaritano y otras. Viene después el desencantamiento y la desafección. Mal convertido, el seguidor de Jesús cree que ha se ha engañado y se aleja. Retirada que, sin embargo, lo pondrá en contacto con la realidad quizás menos dolorosa pero sin sentido. Entonces vuelve al Cristo de la cruz, que le da sentido junto con mayor dolor, pero es el único camino válido para el creyente. Si el Dios del sufrimiento, de las víctimas está a favor de éstas, en el mundo y la sociedad humana, no puede tener éxito. Porque el Dios de las víctimas no puede imponer su voluntad a los hombres sin dejar de ser él mismo. Tendría que recurrir a una violencia más violenta que la de Herodes, Pilatos, el Sanedrín, el pueblo, o los soldados romanos. Se convertiría así en el “dios” de los perseguidores. Al creyente no puede sucederle cosa diferente a lo que le sucedió a Jesús, lo que le sucedió a los profetas. Entonces el creyente vuelve con su propia cruz a cuestas y encuentra que Jesús lo espera para que muera a su lado. Jesús en el evangelio de Lucas prefiere sufrir a hacer sufrir, prefiere recibir la violencia a hacer violencia. La locura de la cruz no la puede ocultar ni la teología, ni la espiritualidad, ni la mística, ni devoción ninguna, porque entonces dejaría de ser cristiana. El clamor de las víctimas nos lo recuerda a cada momento, con crueldades hoy mayores que en la época de Jesús.