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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 04 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 5:27-32, sábado, marzo 4 de 2017

En el Nuevo Testamento aparecen dos concepciones de amigo (filos en griego) contrastantes. Amigo es a quien se tiene familiaridad o simpatía y así Jesús exhorta a hacerse amigos con el dinero injusto en este primer sentido; pero también aparece el concepto teológico de amigo como el amor divino por los impíos como cuando llaman a Jesús «amigo de pecadores y publicanos» (Mt 11:19) así como en el evangelio de Juan ama el mundo (cosmos) aunque le sea hostil. A sus discípulos los llama amigos en un sentido similar, pues la familiaridad o la simpatía apenas empieza a construirse. Abrahán es llamado amigo de Yahvéh por su fe y los creyentes se llaman entre ellos amigos (filoi). Comer con publicanos, como aparece en el evangelio de hoy, dado el carácter religioso que tenían las comidas entre los judíos, es signo de reconciliación, de perdón sin que expresamente se diga. No solamente había comidas impuras sino que no se podía comer con los impuros aunque las comidas no lo fueran. Pero para Jesús la pureza no estaba en las cosas sino en el corazón y para un amor puro, para aquel amor que se entrega totalmente a Dios y a los hombres, no hay alimentos impuros. Jesús se pone en la misma mesa que los publicanos y pecadores; no arroja de sí a los leprosos, sino que los cura; trata con los samaritanos y con los gentiles. En la parábola de la oración del publicano y el fariseo alaba Jesús la actitud del publicano que reconoce sus faltas. Mientras que la ley judía excluía del pueblo de Dios a las prostitutas y a los publicanos, y con ello de la salvación, Jesús los utiliza incluso para expresar que por su fe pueden adelantarse a los judíos, incluso afirma que algunos se ha convertido por la predicación del Bautista.

La preocupación de Jesús no son los que se sienten salvados, observadores de la ley, justos, sino lo que precisamente son excluidos y se les hace sentir como tales. La misión de los salvados no era auto elogiarse sino tender la mano a los que excluían. La manera de Jesús de mirar a la gente a quienes, por razones diferentes, no viven a la altura moral de quienes actúan conforme a lo prescrito, es como enfermos (o enfermados); más víctimas que culpables; más necesitados de ayuda que de condena. Así es la mirada de Jesús. Lo primero que necesitan no es un maestro de la ley que los juzgue, sino un médico amigo que los ayude a curarse. Así se veía Jesús a sí mismo: no como juez que dicta sentencias, sino como médico que viene a buscar y salvar a quienes se encuentran perdidos. Esa era la concepción del reinado de Dios que se manifestaba en Jesús y se hacía presente en su persona. Un reinado que, sin embargo, sigue siendo futuro aunque se inicia en su palabra y en su acción. Se puede pregustar cuando Jesús se hace solidario de publícanos y pecadores, se pone con ellos a la mesa y les promete y otorga el perdón; cuando invita a sus seguidores a que cuando den un banquete llamen a la mesa a los mendigos, a los desamparados; a que hagan como el padre Misericordioso que recibe de nuevo al hijo perdido; como el pastor va en pos de la oveja descarriada; como la mujer busca la moneda perdida; como el patrón que paga a los trabajadores según su necesidad aunque sin culpa sean contratados los últimos. Si los poderes de este mundo no actúan así, los discípulos deben proceder como profetas de un mundo nuevo actuando en contrario. Lo decisivo del anuncio del reinado de Dios por parte de Jesús no consiste tanto en que haya traído una nueva doctrina radicalizando las esperanzas escatológicas o apocalípticas, como se le aplican a menudo con las palabras de los profetas, sino que Jesús puso el reinado de Dios en su persona de manera indisoluble y en sus seguidores que deben proceder de igual manera. El reinado de Dios está dentro de la persona pero precisamente porque se expresa afuera; no puede reducirse a un sentimiento intimista.

En Lucas tenemos dos relatos sobre publicanos que para algunos comentaristas son variaciones del mismo. Uno es el llamamiento de Zaqueo, jefe de recaudadores de impuestos y el otro es el llamamiento de Leví el telonero. Telonio era la mesa en la que se pagaban los impuestos. En ambos casos hay murmuración de los judíos. En ambos casos entra en sus casas para compartir con ellos. Las comidas sirven a menudo para que Jesús exprese importantes enseñanzas. En el banquete en casa de Leví, la presencia de los publícanos y de los pecadores le dio a Jesús la ocasión de proclamar: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Los publicanos y los pecadores pertenecen realmente al reinado de Dios, no por lo que sean sino por lo que pueden llegar a ser a pesar de las apariencias. El mismo Dios los quiere para sí y se esfuerza en Jesús para lograrlo. La identificación de Leví con Mateo el evangelista, surge de Jerónimo en el siglo IV quien escribe al comentar dicho evangelio: “El primer evangelista es Mateo, el publicano, que se apodaba Leví. Publicó su evangelio en Judea y en hebreo, especialmente para bien de los creyentes judíos en Cristo quienes adherían en vano a la sombra de la ley (Torah) aunque la sustancia del evangelio ya le había alcanzado”. Aunque hay validez en estos comentarios, es casi imposible aceptar tal identificación. Los autores de los evangelios se asignan hacia finales del siglo II y son realmente anónimos, recogidos de la comunidad creyente. Hoy se prefiera hablar de tradiciones: marcana, lucana, mateana, joanea. Bien pudo Leví tener también el nombre de Mateo (aprendiz en griego) pues era común tener nombre judío y griego en cierto nivel social o económico. Es el caso de Pablo (griego) y Saulo (judío) o el mismo Pedro (griego) y Simón (judío).

Podemos tener la tentación de pensar que el pecado es algo que aleja a Dios de nosotros; que es lo que lo distancia permanentemente de nosotros. Pero el evangelio nos invita a sentir un Dios que se acerca a nosotros precisamente cuando nos ve más desorientados y necesitados de ayuda, de paz, de perdón. Podemos formarnos una idea de un Dios que mira complacido a quienes viven una existencia fiel, pero cuyo rostro se ensombrece ante los pecadores, los busca para castigarlos, los aflige más allá de lo que el pecado mismo los aflige. Pero la imagen que Jesús nos muestra de Dios es bien distinta. Aunque suene un poco cursi, podemos decir que cuando el hombre peca Dios llora en vez de airarse y busca la forma de tendernos la mano. Por eso el evangelio de Lucas resume la imagen de Dios y el creyente en una misma dimensión: «Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso» (Lc 6:36). Podemos imaginarnos un Dios mezquino a la medida de nuestra mezquindad; a nuestra imagen y semejanza. Alguien que ama exclusivamente a quienes lo aman y que rechaza a quienes le contrarían. Nos resulta difícil creer en un Dios grande, que nos ama sin fin no porque lo merezcamos, sino porque lo necesitamos para ser nosotros mismos y para que los demás también lo sean. En todos pueden resonar las palabras del evangelio de hoy: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» y si el diagnóstico nos lo da la misericordia, todos apenas somos convalecientes; aún requerimos muchos cuidados médicos.