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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 08 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 11:29-32, miércoles, marzo 8 de 2017

Los primeros cristianos no solamente tienen el desafío de apersonarse de la resurrección como misterio (sacramento) determinante de su vida sino hacerlo aceptable para los demás. Así acuden a muchas imágenes de la tradición judía como es la de Jonás para aclarar lo que confiesan de Jesús: «Murió por nuestros pecados según las Escrituras; fue sepultado, y al tercer día fue resucitado según las Escrituras» (1 Co 15:3). Este versículo ya es una lectura según la categoría salvífica del “tercer día” tomada de Oseas 6:2. En términos más entendibles para los gentiles lo dice Pablo: «Fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Rm 4:25) en donde la expresión del “tercer día” no aparece para nada porque no la entienden los gentiles. En Lucas 11:32 da Jesús por hecho que los ninivitas se convirtieron pero no alude para nada al tercer día. El libro de Jonás, que no corresponde con el profeta del mismo nombre, era considerado por los rabinos como una parábola, una ficción legendaria sin relación con el profeta. Su contenido teológico, sin embargo, es valioso porque muestra la posibilidad de la conversión de Nínive por encima del patrioterismo judío de que Yahvéh no ofrecía la salvación a los gentiles. Pablo dice que la conversión es para todos sin distingo de nación. Hoy los judíos leen este libro en el Yom-kippur (fiesta del perdón) por su carácter ecuménico. La escena final del ricino seco es la mejor muestra. Jonás es reprendido porque se duele de un ricino y no de los “hijos de Yahvéh” como son los ninivitas, al igual que los judíos. Numéricamente no cuadra con el relato de la sepultura, pues Jonás no muere, al contrario de Jesús y éste no está tres días y tres noches en ninguno de los evangelios. El signo de Jonás puede ir por otro lado más cercano a la conversión que al calendario. Tampoco en Oseas es calendario. Que Jesús permanezca en el seno de la tierra (o la roca) sí tiene un sentido salvífico y es lo que confesamos con “descendió a los infiernos”. Los Padres de la Iglesia dicen que bajó a encontrarse con Adán y los justos judíos, en el seno de Abrahán, para librarlos de la muerte.

El lenguaje de Jesús es el corriente de la época y cita personajes queridos y populares como Abrahán, Moisés, David, Salomón, Isaías, Elías y Jonás. El común del pueblo no tenía mayor formación bíblica aunque fueron pioneros en la educación religiosa en la sinagoga. Hay algunas expresiones que modifican el “tercer día” como la de Marcos «después de tres días», «el primer día después del sábado», «el primer día de la semana» (en Mateo, Lucas y Juan), «un poco de tiempo» (preferida por Juan), «Yo expulso demonios y hago curaciones hoy, y mañana y al día tercero habré llegado a mi término» (Lc 13:32) donde la alusión no es a la resurrección sino a su muerte, a no ser que sigamos la versión de Juan en donde la muerte coincide con la resurrección o momento de mayor gloria de Jesús. Juan integra la expresión en una forma distinta al sepulcro cuando dice Jesús: «Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días» (Jn 2:19), donde el sentido no cronológico es evidente. Hay otras categorías judías utilizadas por Jesús para suscitar ir más allá de ellas. A propósito de sí mismo: "Aquí hay algo mayor que el templo... ¡He aquí algo superior a Jonás!... ¡Aquí hay algo superior a Salomón!", “muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron”, “el mismo Abrahán se regocijó pensando ver mi día”, “Juan Bautista es más grande que todos los profetas del Antiguo Testamento y, sin embargo, el más pequeño de los que participen en el reino que Cristo inaugura es más grande que él”. Nadie tomaría estas afirmaciones a la letra. Ante la multitud que pide una señal y que Jesús califica como generación perversa, aparece Jonás. Resulta relevante en la parábola de Jonás que éste, al igual que los fariseos, maestros de la ley y sumos sacerdotes, se enojó cuando se arrepintió Yahvéh del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo. Tampoco las autoridades del judaísmo deseaban que Jesús fuera benévolo con los pecadores, los impuros, los enfermos que suponían castigados por Yahvéh. Como Jonás, a pesar de su resistencia predicó en Nínive a los enemigos del pueblo judío, tendrán los discípulos que proclamar el perdón a los pueblos gentiles, pues el Dios de Jesús es un Dios Padre de todos, judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos. Recorriendo todo el evangelio con sus exigencias, podemos decir que la señal por excelencia, el milagro si utilizamos un lenguaje vuelto popular, no es otra que entregar la vida. Las formas de expresan de variadas manera: entregarla a la pasión en Marcos, al perdón y la misericordia en Lucas, al reinado de los cielos en Mateo, al amor sacrificial en Juan, al movimiento de la gracia o el Espíritu en Pablo. Jesús no se tira del pináculo de Templo, sino que entra en sus patios por fidelidad, aceptando la muerte. Dios no le ha liberado de la caída agarrándole en sus manos, sino que le ha acompañado en la muerte, llevando su tarea al fin. La señal más visible es su muerte con un proceso público ante las autoridades religiosas, civiles, el pueblo y la cruz en un monte a las fueras de Jerusalén; en contraste, su señal bastante invisible es la resurrección, en silencio, en una tumba vacía, en una sala cerrada, en un camino de Emaús. No se aparece al pueblo, ni a las autoridades del Sanedrín, Anás, Caifás, ni a Herodes, Pilatos o los centinelas romanos sino a unas mujeres que lo acompañaron en vida; a unos discípulos que aún no entendían su muerte; a Pablo que era perseguidor de “buena fe” como fariseo; a multitudes de creyentes que han tenido la experiencia mística de la resurrección. Aquí es donde el signo que esperaban de Jesús y que quizás esperan muchos, no encaja con los evangelios. Un signo que dé certeza a la razón no es signo sino afirmación científica sin mayor efecto en nuestra vida. ¿Alguien ha dado la vida por la ley de la gravedad de Newton? Una prueba irrefutable que obligue a la consciencia a aceptarla no es fe sino ciencia pura. Jesús se esconde en la pasión y en la resurrección se hace sentir por sus efectos, como en los personajes arriba mencionados. Nos gustan las imágenes del teísmo de Dios como relojero, como arquitecto, como ingeniero, pero el Dios de Jesús es de una cruz plantada como nueva vida; locura para los griegos y necedad para los judíos. Subvierte todo diseño muy geométrico, euclidiano, cartesiano, que nuestra lógica pretenda. El “diseño” de Dios se descubre hoy como ayer al profeta quien no descubre nada futuro sino que no oculta las injusticias del presente. Es el más claro perfil del verdadero profeta que nos deja Jeremías. No estaba muy lejos Pablo cuando habla de la “locura de la cruz” como la sabiduría cristiana. Algo que de tarde en tarde ha despuntado en la espiritualidad de los “locos por Cristo”. Jonás lo logra a medias en la parábola. Según Pablo sin la resurrección vana es nuestra predicación y nuestra fe y no queda más que comer y beber para morir. Pero tenemos suficientes creyentes que a lo largo de historia han mostrado con sus obras y su vida que la resurrección los ha alcanzado. ¡Cristo ha resucitado! Ahora nos toca a nosotros dejarnos resucitar, que es su singo más vital.