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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 14 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 23:1-12, martes, marzo 14 de 2017

Los fariseos son un movimiento relativamente tardío en el judaísmo. En la traducción de los Setenta, llamada Septuaginta y que sirvió de base para las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo, no aparece ni siquiera la palabra. Aparece en la literatura rabínica judía y a menudo con un sentido peyorativo. En la época de Jesús es el grupo que más descuella y es como el representante más visible del judaísmo, detrás de los saduceos, los esenios, los zelotas y el común de los creyentes. En algunas creencias, como la resurrección, ángeles, vida eterna, premio y castigo en la otra vida, defensa del libre albedrío o libertad de consciencia, aceptación de los profetas, los salmos y los libros sapienciales es el grupo más cercano a los cristianos, por lo cual no es raro que la comunidad creyente refleje fuertes tensiones con ellos. Pablo, el mayor apóstol de los gentiles surge del fariseísmo, igual que Simón el fariseo que invita a Jesús a comer en su casa. Probablemente Nicodemo y José de Arimatea pertenecían al grupo de los fariseos y aunque aparecen discutiendo con Jesús, no son mencionados en el juicio que se le hace para condenarlo a muerte. Aparecen solamente luego de la muerte de Jesús cuando se refieren a él como un “impostor” o “seductor” (Mt 27:63) y piden a Pilato que mande cuidar la tumba no sea que los discípulos roben el cuerpo. En Lucas se dice que los Haberim (fariseos) anuncian a Jesús que Herodes quiere matarlo para que pueda evitarlo yendo a otras tierras. Jesús no rechaza de plano sus prácticas como el ayuno, la oración y la limosna sino el espíritu exhibicionista con el cual las hacen. Jesús pide a sus seguidores cuidarse de la “levadura” de los Haberim. Se llamaban entre ellos haberim (no fariseos) que es como decir “amigos”, “asociados”. Fariseos pudo ser un apodo popular, pues significa separados, segregados y es en los evangelios donde se les identifica con hipócritas y especialmente en este evangelio de Mateo, quien escribe para la comunidad creyente probablemente surgida del judaísmo en Antioquía. Se cumple lo del adagio popular: no hay astilla que más aprieta que la del mismo palo. Aunque la autoría de los evangelios es realmente anónima, algunos comentaristas, teniendo en cuenta lo mucho que el recopilador llamado Mateo sabe de las costumbres judías, opinan que pudo ser un fariseo o un rabino convertido al cristianismo; o el escriba aludido: «Todo escriba convertido en discípulo del reino de los cielos se parece a un padre de familia que saca de su almacén lo nuevo y lo viejo» (Mt 13:52). Curiosamente es el evangelio de Mateo el más judaizante de los cuatro. Mateo enfatiza la continuidad de la ley mosaica y advierte que no se debe escandalizar a otros judíos por lo que se debe pagar el impuesto de las “dos dracmas”, honrar el sábado: «Rogad para que vuestra huida no sea en invierno ni en sábado» (Mt 24:20); que Jesús no ha venido a abolir la ley ni los profetas; y, en el evangelio de hoy que se escuche a los escribas y los fariseos aunque no se haga lo que ellos hacen.

Los haberim buscaban fidelidad a la ley (Torah) judía y esperaban que su comportamiento moviera a Yahvéh a enviarles rápidamente el Mesías; que podían acelerar su llegada. Sostenían la validez de dos leyes: la escrita atribuida a Moisés y la oral atribuida a sus comentaristas. Identificaban la santidad con la pureza ritual a la manera como los Sumos Sacerdotes guardaban las normas de pureza en el Templo. Para los Haberim el templo estaba en todas partes. Algunas actitudes radicales incluían que las tradicionales interpretaciones bíblicas (halaká) eran tan obligatorias como las mismas normas bíblicas. Los saduceos no aceptaban sino el Pentateuco y rechazan otros libros así como las tradiciones. A diferencia de los zelotas que defendían el derecho a recurrir a la violencia contra los romanos, los haberim esperaban que fuera Dios mismo quien trajera el cambio y librara al pueblo, por lo cual eran en este sentido pacifistas. Una vez destruido el Templo, en el año 70, son los Haberim quienes conservan las Escrituras y tradiciones judías, estableciendo una escuela rabínica en Yamnia. Los judíos de hoy son de la línea Haberim, especialmente con su vertiente mística Hasidim (los devotos). En los Hechos de los Apóstoles se nos dice que un buen número de Haberim se hicieron cristianos: «Pero surgieron algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, los cuales decían que era necesario circuncidarlos y mandarles guardar la ley de Moisés» (Hc 15:5). Con la costumbre judía de la circuncisión crean los cristianos procedentes del judaísmo el primer problema serio en la comunidad cristiana, que lleva al enfrentamiento de Pedro y Santiago por un lado y Pablo y Bernabé por otro, en el llamado concilio de Jerusalén. En realidad el conflicto se dirime en Antioquía cuando se decide no obligar a los gentiles a circuncidarse para ser cristianos. Triunfa la tesis de Pablo. Según algunos especialistas, los Haberim serían unos seis mil para una población total (dentro y fuera de Palestina) de unos dos millones de judíos. La mayoría de los escribas procedían del grupo de los Haberim de tal manera que eran los pedagogos o educadores de la época, pues en la Sinagoga, que funcionaba como escuela de niños de lunes a viernes, era la Torah lo que se enseñaba .

Los “ayes” o quejas de Jesús contra los Haberim balancean las bienaventuranzas pero no son solamente contra ellos pues se incluye a los escribas o maestros de la ley. La cátedra de Moisés era la tradición de la enseñanza que se reconocía por la imposición de manos y en la Sinagoga su símbolo era la Tik o caja donde se guardaban los royos de ley. Contrastan también con otras enseñanzas y actitudes de Jesús que habla de amor a los enemigos, perdón a quienes lo crucifican (Lucas) por lo cual algunos comentaristas hablan del capítulo 23 como un adición posterior al evangelio; en una época en que los rabinos condenaban el cristianismo como una secta y estos a su vez veían al judaísmo como una amenaza. Su estilo es parecido al de los profetas del Antiguo Testamento que no son juicios propiamente de condena sino de exhortación. En el judaísmo eran frecuentes las disputas y se dice en una de sus leyendas que dos devotos judíos en el desierto tuvieron que construir cada uno si sinagoga para no matarse mutuamente. La acusación de fariseísmo apunta al fenómeno universal de que el comportamiento religioso de la gente no siempre corresponde con sus principios como se constata a lo largo de la historia. A menudo se achaca a la otra religión el origen del conflicto como nos ha sucedido con el judaísmo, el islamismo, el luteranismo, el anglicanismo para mencionar las más mentadas. Esto nos lleva a pensar que la dificultad no es la secta o religión, sino el espíritu con el que se vivan sus principios. En el libro El Caballero de la Triste Armadura dice Luis Augusto Castro: “Sectario es aquel que mira la política con un solo ojo, el ojo religioso”. Esto vale tanto para el Haberim de entonces como para el creyente de hoy.