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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 15 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 20:17-28, miércoles, marzo 15 de 2017

Quizás la idea suprema más corriente asociada con la divinidad sea la de poder, como poder cósmico , poder creador absoluto, destino inexorable, incluso como arbitrariedad irrefrenable. Los ritos, los cultos, la clase sacerdotal serían partícipes o mediadores de ese poder de la divinidad. En Tomás de Aquino es el poder de la divinidad el que actúa internamente en todos los sacramentos (Summa III, 84.3). En el zoroastrismo persa el mal también tenía poder y enfrentaba su poder con el poder del bien; el camino expedito para adueñarse de tales poderes era la magia. El creyente casi que se reducía a ser mero testigo del combate del bien y el mal. En las Escrituras se diferencian el poder (dynamis) o capacidad física, espiritual o política que tiene la persona y el poder (exousia) que se deriva de un cargo u oficio. La concepción más primitiva de dios en el judaísmo, como dynamis es la de Yahvéh Shabaot o dios de los ejércitos con su capacidad belicosa y destructora. En el Nuevo Testamento, aunque aparecen muchos rasgos del poder como lo concebía el Antiguo Testamento, el poder de Dios por antonomasia es la resurrección. A Jesús se le presenta como poderoso (dynamis) en obras y en palabras (Lc 24:19) pero solamente para quienes creen. Ante la increencia Jesús es impotente. El poder de Dios, en Pablo, se circunscribe a la fuerza escatológica de la resurrección y al Espíritu Santo capaz de obrar una nueva creación en el hombre y a través del hombre. Un Espíritu que no es manejable como el poder de la magia en manos del hechicero o del mago. Tampoco debe añadirse simplemente a la fuerza física e intelectual del hombre, sino que muestra su origen sobrenatural y su particularidad como fuerza de Dios precisamente en que rinde al máximo en un hombre débil. Así, los fuertes o maduros en Cristo deben experimentar la exigencia de estar el servicio de sus hermanos débiles o inmaduros. Por eso corren el peligro de entender mal la fuerza que se les ha otorgado como una capacidad propia y de utilizarla para su propio provecho.

En el evangelio de Juan, quien no utiliza ni siquiera dynamis para las curaciones de Jesús sino la más modesta palabra “signo”, Jesús no quiere ser juez —papel asignado al poderoso en el Antiguo Testamento— sino salvador. Su poder no es un poder de dominio, sino una absoluta libertad de servicio para el mundo: él tiene la libertad de dar su vida y de tomarla de nuevo. El creyente goza de la libertad cristiana (carta a los gálatas) pero su libertad (poder de obrar que junta dynamis con exousia) no es ilimitada pues se ve coartada por aquello que es de utilidad al cristiano individual o a la comunidad con miras a la plena salvación que todavía no es un hecho. En el judaísmo, con el movimiento macabeo, se da la unión problemática del poder religioso y el poder civil algo que en el pensamiento griego se da con la figura de Alejandro Magno (conquistador, rey y divinizado en varias culturas). Respecto a tal unión, que se dio en las Iglesias de Oriente y Occidente con el cesaropapismo, el principio evangélico puede formularse como que un régimen mundial o nacional verdaderamente humano no se espera de los poderosos de este mundo.

La ambición por el poder, que es la pasión que más fácilmente se camufla en las intenciones humanas disfrazadas de “ángel de luz”, aparece en el evangelio de hoy en boca de la madre de los hijos de Zebedeo: Santiago y Juan. Ella (en Marcos son los mismos Santiago y Juan) desea para sus hijos los puestos a derecha e izquierda en el banquete celestial, que es un eufemismo para el reinado de los cielos. Jesús alude al cáliz de la pasión y sus discípulos entienden el cáliz de brindis y regodeo en el poder. Pero un diferente criterio de jerarquía quiere Jesús en su reinado, en dónde quiere que sus seguidores sean servidores y no señores. Sus esperanzas egoístas no serán satisfechas y sus papeles serán diferentes. De Santiago sabemos que fue martirizado por Herodes siendo dirigente religioso en Jerusalén.

En el relato de las tentaciones en el evangelio de Mateo, la tercera tentación es de poder sobre todos los reinos de la tierra y Jesús responde que no puede adorarse sino a Dios y esto es contrario a adorar el poder. El mundo no se humaniza con la fuerza del poder, aunque es el discurso ordinario de quienes ambicionan y acumulan poder. Les toca disfrazar su pasión (personal o grupal) con bellas palabras o con honestas intenciones. Jesús muestra que servir al poder es servir a las fuerzas del mal. Jesús muestra lo contrario: el reinado de los cielos no se impone con poder sino que se ofrece con amor. Pero es una tentación individual y grupal muy frecuente, incluso en la Iglesia. En la parábola del reinado de Dios como grano de mostaza, se termina en un arbusto, no en un cedro del Líbano. A menudo podemos desear una Iglesia poderosa medieval y fuerte que se imponga sobre los demás. El ideal no es el cedro encumbrado sobre una montaña alta, sino el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge en primavera a los jilgueros. Pero el reinado de Dios no se construye con lo que llamamos éxito, poder o la superioridad, sino por el contrario en lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. El Imperio Romano sí que tuvo éxito mundano, pues es el más extenso que ha conocido la historia (30 millones de kilómetros cuadrados), pero poco tenía de reinado de Dios a pesar de sus propagandistas que hicieron dioses de sus emperadores. Podríamos decir que el Imperio cayó pero sus raíces siguen vivas. Hoy, como ayer, nos legaron las raíces de la propiedad privada, el lucro y el poder sobre los que se asienta la sociedad contemporánea. Las seguimos regando incluso con bendiciones. El evangelio nos invita a lo contario: si posees comparte; el poder no sirve sino para servir; la mayor ganancia es el rostro del otro (incluso de tu enemigo). Si examinamos muchas de nuestras actuaciones como individuos y como sociedad, encontramos que surgen de las mismas raíces en el deseo, la pasión ilimitada de adquirir, lucrar y dominar. Los frutos amargos los vemos por doquier en injusticias y destrucción del medio ambiente. Jesús nos muestra un Dios crucificado y por ello resucitado. No un Dios poderoso y triunfante, disfrutando de su dominio universal, ajeno al sufrimiento humano, tranquilizando las conciencia de los poderosos, callado ante las desigualdades que hemos creado; nos muestra un Dios que no renuncia al amor, la fraternidad, la solidaridad a través de su identificación con el humillado, el que sufre, el bienaventurado del sermón del monte, el que viviendo como él llaga hasta la misma muerte. El creyente no espera el éxito ni el triunfo como premio sino la vida eterna, aquella por la que valió la pena haber vivido. Vivir para poseer más, para acumular poder, para el propio prestigio, para el propio placer es perder la vida según el evangelio. Esto resultaba aún incompresible para Santiago y Juan y aún menos comprensible para la madre de ellos.