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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 17 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La respuesta a esta pregunta puede ser tanto sí como no, pues no depende solamente de la parábola sino de la disposición para intuir en quien la escucha. En el Nuevo Testamento podemos contar cerca de cincuenta parábolas por la diversidad de personas a las que el mensaje debe llegar: grano de mostaza, levadura, luz, sal, granjero insensato, banquete (en variadas formas), hijo pródigo, buen Samaritano, hijos en contradicción, grano que crece solo, buen maestro que saca nuevo y viejo, Jesús mismo como parábola. Todas ellas con raigambre en el judaísmo por lo cual Pablo utiliza otras muchas para los que no tenían tal raigambre como los gentiles. Varias parábolas, como la de hoy, son unterpretas dentro de la historia del judaísmo: «Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas de Jesús, se dieron cuenta de que se refería a ellos» pero en realidad la parábola no es para interpretarla sino que es la parábola la que nos interpreta a nosotros, pues permite al oyente (hoy nosotros somos lectores con lo cual ya hay una distancia) compararla con la percepción de sí mismo: yo soy como grano de mostaza…, yo soy como levadura… etc. La parábola en sí misma no encierra afirmación o verdad sino que ésta surge en el proceso de apropiación, especialmente cuando llama a definirse. No es solamente cambiar la forma de pensar, sino igualmente la de desear y obrar pues a menudo da un giro a nuestras percepciones.

El primero que introduce la viña como parábola de Israel es el profeta Isaías con el canto de la viña, pero es usada también por Ezequiel. En el origen del profetismo está la parábola de Natán de la corderilla del pobre y el relato de Joás del espino y el cedro. En el Antiguo Testamento no hay mayor especificidad de la parábola y se usa mashal como nombre genérico para lo que hoy diferenciamos como alegoría, parábola, fábula, cuento. Son propias de toda literatura sapiencial universal. Por ejemplo Job se tiene por parábola sin existencia física real. Mateo utiliza varias veces la imagen de la viña, como en el caso de los obreros contratados a diferente hora. Pero la parábola de hoy tiene una interpretación de la comunidad que no suprime la necesidad de la intuición arriba mencionada. El dueño de la viña es Yahvéh, la viña es Israel (o Jerusalén), los viñadores los judíos, los siervos los profetas del Antiguo Testamento, el hijo del dueño es Jesús. También puede leerse como que la viña es el Templo luego de su destrucción en el año 70 (algo que Mateo no logra integrar en su evangelio adecuadamente), uno de los siervos es Juan el Bautista, los viñadores son los romanos. Aunque aparece igual imagen de la viña en Marcos y Lucas, solamente en Mateo aparece que el reino será quitado a Israel y entregado a las naciones que den fruto. Parece evidente que refleja la situación de la comunidad creyente en la segunda mitad del siglo I. La idea es que la comunidad de los creyentes sucede, hereda y suplanta el judaísmo. Algo que históricamente no sucedió y que el Vaticano II reconoce en el documento Nostra Aetate. A pesar de los enseñados que estamos a estas lecturas alegóricas de las parábolas, es conveniente prescindir de ellas o ponerla entre paréntesis para rescatar la efectividad original de las parábolas. En la parábola del trigo y la cizaña se advierte del peligro de llevar la alegoría hasta atar y echar al fuego las malezas, lectura que resultaría inadecuada, riesgosa y anti-evangélica. El relato fuente parece verosímil si tenemos en cuenta las condiciones para la época. Palestina y Galilea eran regiones de descontento por causas económicas. Las tierras estaban a menudo en manos de extranjeros Negarse a pagar la renta sería normal y preludio de conflictos que llegaran al asesinato. La descripción es realista. Comparar a Dios con un dueño rentista de la viña supone una pobre imagen de él. Incluso el mismo relato lo resalta cuando introduce la pregunta: «¿Qué hará el dueño de la viña?» y el redactor no se atreve a poner la respuesta en boca de Jesús sino que la introduce con «y le responden» unos anónimos que bien pueden ser los oyentes o los sumos sacerdotes y fariseos que aparecen al final. Los creyentes en esa época, como nosotros hoy, tenían dificultades con las parábolas por lo que antes se insinuó . Pero las respuestas, o las pistas para ellas que encontramos a lo largo de los evangelios van en otro sentido. La pregunta a la gente tiene la respuesta humana esperada pues todo el mundo sabía cómo terminaba un asunto semejante en ese tiempo. ¿Qué es lo que merecen esos siervos? La respuesta obvia es que merecen lo peor, porque su crimen fue tal que todo hombre decente debe detestarlo. Incluso en Marcos la respuesta se pone en boca de Jesús en similar relato; sería la conclusión natural. Cuando unos arrendatarios amotinados se lanzaban a una rebelión abierta, el propietario tenía la posibilidad de conseguir ayuda del gobierno romano para liquidarla por la fuerza y luego buscaría unos nuevos arrendatarios. Pero el reinado de los cielos predicado por Jesús no funcionaba con las leyes humanas o de costumbres y menos las romanas. Sabemos que Jesús no solía responder a las preguntas en que a menudo desembocaban sus parábolas pues las respuestas apelaban a la generosidad o al corazón del oyente. Si una exégesis o explicación bíblica carece de misericordia, es el mejor síntoma de que no es una buena exégesis. Aquí es necesario diferenciar entre la predicación de Jesús y lo que recogen las escrituras, obra de la comunidad . La enseñanza final de la parábola, que debió ser algo más corta en boca de Jesús; tiene una mejor pista de interpretación al final cuando habla de «la piedra que desecharon los constructores, ésa vino a ser piedra angular» que alude a que el reinado de los cielos (de Dios en Lucas) se construye con lo pequeño, con lo despreciado por los poderes de este mundo, con el marginado, con el tenido como bienaventurado. La larga serie de siervos enviados por el propietario para exigir la renta resulta bastante irreal en la situación supuesta. El número se pudo haber multiplicado para que concordara con la larga lista de profetas martirizados —en realidad todos a excepción de Elías— y la descripción del asesinato del hijo arrojado fuera de la viña, no se aplica a Jesús excepto si la viña es el cerrado círculo urbano de Jerusalén: muere en la periferia pero en la ciudad. En Marcos muere dentro de la viña. La situación de la Iglesia era diferente de la situación en que Jesús enseñó. A los creyentes les tocaba, como nos toca hoy a nosotros, seguir en fidelidad a Jesús que va más allá de los mismos escritos. Lo que esperaban no llegó y lo mucho de lo que no esperaban fue los que realmente llegó. La fidelidad es a Jesús no a la historia en donde a menudo se puede oscurecerse.