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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 18 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 15:11-38, sábado, marzo 18 de 2017

Como varias veces se ha dicho en estos comentarios, la lectura alegórica de las parábolas puede incurrir en inexactitudes e injusticias. Agustín de Hipona hace del “hijo pródigo” el pueblo judío (sermón 112) y lo identifica con la raza de Caín. Pero en los comentarios rabínicos cabe perfectamente esta parábola para describir al padre terrenal dispuesto a recibir amorosamente al hijo que se ha extraviado. Existen en la literatura rabínica cuentos del hijo de un rey que vaga lejos del palacio real y los esfuerzos del rey por recuperarlo. Igualmente del cambio de forma de pensar por la reflexión sobre el dolor auto-infligido, el cambio del corazón y el arrepentimiento. Que un padre terrenal perdone no era escándalo para los judíos sino imitación de Yahvéh que era capaz de ir más allá de la justicia; pero que Jesús perdone pecados lo consideraban blasfemo (como en el caso del paralítico). El elemento básico del hijo pródigo es la misericordia, pero en la elaboración de la comunidad recogida por Lucas se incluyen muchos otros elementos que podíamos llamar una constelación de parábolas inter-relacionadas . Representa la actitud de los fariseos que consideraban a los pecadores como impuros como piara de cerdos trabajando para los gentiles. El padre es descrito con nobleza moral y el hijo con poca moral en sus andanzas. El padre posee tierras como era el ideal de los patriarcas judíos; no es un comerciante ni un pastor, que eran mal vistos en la época de Jesús. El hijo experimenta misericordia desbordante y ningún castigo por malgastar su fortuna. Recibe la herencia antes de la muerte del padre lo que muestra profundo amor por el hijo. El silencio del hijo mayor indica rechazo de su responsabilidad en reconciliar a su hermano. La reconciliación en el Pablo, que es el único que trata propiamente el tema, procede siempre de quien está en capacidad de hacerlo. El hijo no se puede reconciliar con el padre sino que el padre reconcilia a su hijo; el hombre no se puede reconciliar con Dios sino que es Dios con lo reconcilia por medio de Jesús; el siervo no se puede reconciliar con el amo sino que el amo debe reconciliar al siervo. La reconciliación es algo que va más allá del perdón y lo supone. En la tradición judía se podía dar un regalo especial a alguien pero perdiendo el derecho a la herencia. El hijo mayor sería heredero de la mitad de los bienes de su padre. La petición del hijo menor es doble: dividir la herencia (la tierra no podía venderse) y disponer de manera inmediata de sus bienes. Desde la viña de Nabot la identidad del judío estaba asociada a la tierra, propia o de sus padres, como es usual en los campesinos de todo el mundo. La manera no nos la aclara el texto pero puede suponerse que le da su parte en dinero como el regalo antes mencionado. Es como si le dijera a su padre: “no quiero esperar hasta que mueras”. Si pensamos en el deseo inconsciente de la muerte del padre, el relato es aún más dramático; la relación con el padre está rota. De hecho había muchos judíos en la diáspora (emigrados) y casos similares pudieron abundar. En el caso de hoy el hijo menor fracasa en su emigración a tierra de gentiles. El amor del padre adquiere ribetes dramáticos pues da libertad al hijo menor, algo muy difícil en la familia patriarcal judía, incluso para rechazar su amor y poner en riesgo su propia supervivencia. En el judaísmo los hijos eran responsables en la vejez de sus padres y así discurren los consejos pedagógicos de los libros Proverbios y Eclesiastés.

Dado el concepto de familia extensa en la época de Jesús, el hijo menor entraría igualmente en descrédito con sus parientes y vecinos. El hijo andariego viola la solidaridad comunitaria y dilapida sus bienes entre los gentiles. De hecho el silencio del hermano mayor muestra que la actitud del menor lo ha puesto también en aprietos a él pues no quiere nada, al final, con su hermano menor. La narración no nos dice si el hijo menor malgasta su dinero de manera moral o inmoral, es el hermano mayor quien lo acusa de gastarla en meretrices. Además del hambre, el trabajo bajo que tiene que aceptar, se añade el elemento religioso de criar animales impuros como eran los cerdos para los judíos y probablemente la imposibilidad de guardar el sábado que siguió formando la identidad de los judíos en la diáspora. Perdía su dinero, su salud y su identidad. El arrepentimiento está marcado por la frase «entrando entonces dentro de sí mismo» aunque la razón resulta un poco oscura. Pecar contra el cielo y contra el padre puede significar que simplemente lo movía el deseo de estar bien y regresaba por conveniencia propia o que había fallado en el deber de velar por su padre en la vejez . Haber perdido su dinero, desde el punto de vista evangélico no sería ningún pecado, aunque podía serlo en las categorías judías de los bienes como bendición de Yahvéh.

Si hubiese sido recibido como un obrero más no compartiría mesa con su padre ni con su hermano mayor. Solo el padre podría reconciliar a los dos. En los evangelios comer juntos es signo de perdón implícito como en los casos de Zaqueo y Leví. La comunidad o familia ampliada tendría que reconciliarlos a todos. En la literatura rabínica era necesaria la reparación del ofendido para el perdón. En el caso del hijo andariego eran muchos los ofendidos y faltaba el dinero para reparar la pérdida incurrida. También los rabinos sostenían que en casos imposibles Yahvéh ayudaba. Algo que se vislumbra en el título de “muerto” que el padre da al hijo menor pero ahora vuelve a la vida. La palabra clave para la actitud del padre es que sintió compasión (literalmente hinchazón de entrañas) que es la palabra técnica que se usa en las curaciones de Jesús. Toda la parábola gira esencialmente alrededor de la compasión o misericordia, aunque tiene muchos otros elementos bien logrados que recogen otras enseñanzas de Jesús. El pecador es amado por Dios incluso siendo todavía pecador, algo extraña al judaísmo. Naturalmente que la parábola no es el compendio de todas las enseñanzas del evangelio pero si permite sumergirse en ellas a partir de la parábola. La actitud del hermano mayor es un reflejo de la mentalidad de los fariseos que se creían justificados y despreciaban a los pecadores. Algo que también hemos conocido en la historia con el movimiento jansenista. El teólogo Karl Barth no la llama parábola sino tipología y propone que Jesús es en realidad el hijo pródigo que “dilapida” los bienes de su Padre Dios en su humillación y abajamiento y es restaurado en gloria por la resurrección. Así nos representa a todos. Así es el lenguaje parabólico, inagotable y siempre revelador del amor del Dios inefable. Ambrosio sugiere la identidad entre Cristo y el becerro sacrificado para celebrar.