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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 20 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 1:16-21, lunes, marzo 20 de 2017

Los dos relatos del nacimiento y la infancia de Jesús, de Mateo y Lucas, están escritos en el género conocido como midrash; con sus respectivas diferencias pues mientras Lucas narra desde el punto de vista de María, Mateo lo hace desde el punto de vista de José. Pero igualmente hay muchas coincidencias: ambos dan a María y José como padres de Jesús; ambos estaban comprometidos; no habían aún cohabitado por lo cual la concepción es problemática; ambos concuerdan en que lo sucedido es obra del Espíritu Santo y; en ambos el nacimiento es en Belén de Judá, tierra que se tenía por el lugar de nacimiento del rey David. En Lucas viven en Nazaret y en Mateo en Belén. En Mateo nacería Jesús en casa de José en Belén, y en Lucas en un pesebre en el mismo pueblo, pues viajan desde Nazaret. En Lucas, José que vive en Nazaret, se ve obligado, a causa del empadronamiento, a bajar a Belén; una vez pasados el nacimiento y los cuarenta días que preceden a la purificación de María en Jerusalén, los tres vuelven a su ciudad de Nazaret. En Mateo, por el contrario, José de Belén se ve obligado a huir a Egipto con el niño perseguido y más tarde, se ve forzado a instalarse en Nazaret contra su voluntad, mucho después de la muerte de Herodes. En Lucas, la vuelta a Nazaret es lógica y normal; en Mateo, la subida a Nazaret es contraria al normal desarrollo de los acontecimientos. Ya la vida del homónimo José, hijo de Jacob el patriarca bíblico, había sido contada en el género midrash pero igualmente hay datos in-coincidentes. En la genealogía de Mateo el padre de José es Jacob y en Lucas el padre de José es Helí. Podemos decir que la lista de Mateo se inclina a lo monárquico, de pretendientes al trono, mientras que la de Lucas se inclina por lo profético. Para Mateo, Jesús es el hijo de Abrahán, el hijo de David, el que nació de la virgen María, en quien culmina toda la historia del pueblo elegido y que hereda, por José, la promesa mesiánica. En el relato se resuelve un problema teológico, no genético. El niño es totalmente de Dios por el Espíritu Santo y al mismo tiempo, es realmente hijo de David por José. A José, hijo de Jacob, se le llama el “justo” por su actitud ante Putifar, esposa de su capataz; es tenido por un héroe de la fe al conservarla en un país extranjero. Varios Padre de la Iglesia exaltan su continencia y castidad. También José, el hijo de Jacob, tiene comunicaciones divinas por sueños igual que el José esposo de María recibe mensajes en sueños. Ambrosio incluso encuentra una tipología paralela entre la vida de José en Egipto y la de Jesús, pues incluye traición, sufrimiento y triunfo final. En Mateo la paternidad de José es jurídica pues da el nombre a Jesús para que sea su hijo “legal”. Es creencia judía NOMEN EST OMEN (el nombre marca el destino) pero tanto José como Jesús —Yoshua, Josué, Yahvéh socorre— eran nombres populares en la época. Lo más parecido actualmente sería la adopción. El nombre de “padre putativo” surge de la expresión latina de la Vulgata: «Tenía Jesús, al comenzar, como unos treinta años y era, según se creía (PUTABATUR), hijo de José» (Lc 3:23). Pero Mateo nunca llama a José padre de Jesús; en Marcos se llama a Jesús “hijo de María”. En la genealogía de Mateo se enumeran otras mujeres que tuvieron una maternidad conflictiva: Betsabé, Tamar, Rajab y Rut.

El mérito de José se inscribe en el tipo de solución que acepta y asume para el desafío que representaba el embarazo de María. Pudiendo legalmente repudiarla con dos testigos, someterla al escarnio público o simplemente abandonarla en secreto y dejarla con su problema, se impresiona de tal manera con la bondad (humillación la llama ella en el Magnificat) de María que asume su difícil papel para que no sea expuesta al escarnio público o al castigo de la lapidación. Todo el relato del nacimiento, incluyendo lógicamente lo relativo a José, busca responder a las preguntas que seguramente se hacían los creyentes: ¿Quién es Jesús? ¿De dónde viene Jesús? ¿De quién es Jesús? Este era el tipo de preguntas que se respondían con los midrashim, no con los laboratorios de genética de hoy. La situación de José es paradójica: María es su prometida (esposa según las tradiciones judías) y el niño que espera viene de Dios. Esto equivale a poner directamente en tela de juicio el origen davídico de Jesús. Otra dificultad se añade a la primera, aunque esta vez el origen está en José: “Era un hombre justo pero no queriendo difamarla públicamente y decidió devolverla secretamente”. Cuando un marido tenía sospechas de la fidelidad de su mujer, le hacía beber el agua amarga (Nm 13:31); si no le hacía efecto era inocente, quedaría encinta y daría a luz un hijo varón. Si una joven, virgen, dada ya en matrimonio a un hombre, se acuesta antes con otro, debe ser lapidada. El caso de María se complica porque no podía ser devuelta a su casa, ya que todavía vivía con sus padres. Es común que abandonando el texto se intente adivinar los sentimientos y la sicología de los personajes, reconstruyéndolos con imaginación y se pregunten si José creía en la culpabilidad de María o si ésta había contado ya todo lo sucedido. Estos sentimientos permitidos, no hacen justicia al texto, pues éste lo explica por cumplimiento de la profecía de Isaías y por el anuncio del ángel a José sobre la realidad de la situación. Los Padres de la Iglesia buscaron muchas veces una duda de José no mencionada en el texto. Su duda es sobre la solución al conflicto y su opción es por la misericordia con María. Así, supera el concepto judío de justo que era quien cumplía la ley. José con su actitud supera la ley. El proyecto divino corre el peligro de no poderse llevar a cabo si José persiste en su decisión: justo como es, no puede reconocer una paternidad a la que no tiene derecho; quiere separarse de María sin difamarla. No cabe en el midrash una solución como que José calló el asunto o hizo como si no hubiera pasado nada. Esta afirmación hubiera implicado la apropiación indebida de José de un bien que no le pertenecía, pues en el judaísmo el hijo era pertenencia del padre como parte de su patrimonio, al menos hasta la mayoría de edad a los 14 años. Sólo Dios podía llevar a José a aceptar una paternidad semejante. Entonces, José debería tomar consigo a María junto con el niño engendrado por el espíritu; de esta forma lo integraba en la línea mesiánica. El niño adoptado se convertía realmente en hijo con todo su derecho. Mateo no centra su atención en la concepción virginal (y a fortiori en sus aspectos biológicos) sino en la filiación divina, en la encarnación de Emmanuel, Dios con nosotros. Para Mateo este nacimiento no es como el de los demás personajes citados en la genealogía. El Espíritu de Dios mismo se ha comprometido en este nacimiento. Pero no viene como un aerolito de la estratosfera, ni con las portentosas manifestaciones de las epifanías del Antiguo Testamento. Viene como un Dios hecho hombre para que el hombre pudiera llegar a Dios. Muchos Padres de la Iglesia, sobre todo los griegos, lo sintetizaron bien: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios.