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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 21 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 18:21-35, martes, marzo 21 de 2017

El perdón en el judaísmo tenía una concepción un poco más compleja de lo que terminó siendo en el cristianismo al privilegiar el perdón sobre la conversión. Dejando de lado los debates sobre culpa, pena, penitencia, absolución, frecuencia del perdón, materia o pecado, infierno, purgatorio, podemos decir que las soluciones se quedaron cortas en muchos aspectos. En el judaísmo Dios se proclama: «Yahvéh, Yahvéh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación» (Ex 34:6-7). Es una compleja combinación de los muchos elementos que implicaba quebrantar el decálogo. Si todo se cobra nadie sale indemne; si se deja impune no funciona la sociedad; las consecuencias sobre los demás son inevitables; se cosecha lo sembrado, etc. Las condiciones del perdón eran la confesión, el arrepentimiento y la resolución de abstenerse de repetir la transgresión. Para imitar a Dios todo judío debía estar dispuesto a perdonar si se daban tales condiciones enumeradas pero el perdón no podía exigirse. Sin embargo los rabinos enseñaban que quien negaba el perdón era “cruel” y moralmente estaba obligado a orar al menos para que Dios lo perdonara. Tan necesario era que todos fueran perdonados que la fiesta principal del judaísmo, incluso hasta el día de hoy, es la fiesta del perdón (Yom-kippur) en la cual “todo el pueblo” es perdonado. Así, anualmente, se da una nueva primavera para el pueblo. Una curiosa derivación es que mientras los cristianos podemos y debemos pedir perdón al pueblo judío por el Holocausto, ellos propiamente no pueden perdonarnos porque dicho perdón pertenece solo a Dios. Sólo es válido el perdón personal entre ofensor y ofendido por lo cual no aceptan los judíos que Jesús pueda perdonar daño hecho a otros y no a él, igual que impugnan el derecho a perdonar de los discípulos. No vale más la caricatura de que el Dios del Antiguo Testamento es de la venganza y retribución y el del Nuevo del amor y el perdón (el libro de Job es el planteamiento más radical del perdón y el sufrimiento desligado del castigo). En ambos aparecen los dos elementos, en el lenguaje profético en el Antiguo y en el escatológico en el Nuevo para el castigo; en ambos aparece la misericordia de Dios como la esperanza para el creyente. Hoy, profetas y escatología, se entienden mejor como exhortaciones a la conversión , que tiene una dimensión mayor que el perdón. El perdón de José, hijo de Jacob, a sus hermanos, rivaliza con el del hijo pródigo en Lucas. En el Antiguo Testamento tiene Dios, como Jesús en el Nuevo, una doble naturaleza: es capaz de juzgar y recompensar a los seres humanos de acuerdo a sus acciones y también la capacidad para perdonar las debilidades y errores humanos y volverlos al puro amor. Perdonar como Dios nos perdona es conclusión esencial en las dos versiones del Padrenuestro. Lo que aquí se pide perdonar y se dispone el creyente a perdonar ha sido traducido variadamente con sentido espiritual y con sentido bastante físico. El original en griego ofelimata (Mt 6:12) ha sido traducido como deudas , ofensas, males, pecados.

Cuando Jesús predica la conversión porque llega o para que llegue el reinado de los cielos y manda a los discípulos a predicar lo mismo, el “perdón cristiano” ya se sobre entiende, al menos con el sentido de Yom-kippur. El remanente en las relaciones humanas es otro tema, tratado en otras partes en el mismo evangelio como “poner la otra mejilla”, “entregar también la capa”, “amar a los enemigos”, “vender y dar a los pobres”, “orar por los que los persiguen”, ser como sol y agua que sale y cae para todos. En el trato interpersonal la recomendación es la “corrección fraterna”. El solo perdón no lleva a estos compromisos; lo logra la conversión. El Bautista, además del bautismo y la conversión, pedía “frutos de conversión” como compartir comida y vestido, no extorsionar ni hacer falsas denuncias. El teólogo Dietrich Bonhoeffer llama “gracia barata” la predicación del perdón sin conversión y por el contrario la auténtica gracia como “gracia costosa” porque compromete toda nuestra vida, incluso hasta la muerte. Los números que aparecen en el evangelio de hoy, siete y setenta veces siete aparecen en la protección de Caín y en el canto de Lamec a sus mujeres, como la multiplicación de la venganza cuando el mal se remedia con el mal. En el evangelio como la multiplicación del perdón cuando el mal se ataca de otra manera.

La parábola del rey que quiere ajustar cuantas ilustra el principio enunciado con un final trágico en el cual quien ha sido perdonado en lo mucho fracasa en perdonar lo poco. Es también la reafirmación de la petición de perdón en el Padrenuestro. Rabanus Maurus, monje del siglo IIX, dio una lectura alegórica ofensiva haciendo del deudor al pueblo judío quien perdonado por Yahvéh no habría perdonado a los siervos cristianos de manera que Dios los entregó a los romanos que destruyeron su nación y Templo. Una lectura más concorde con el comportamiento de Jesús y su misericordia es que en cualquier caso, hay que recordar que aún si volvemos a una vida mediocre luego de experimentar el perdón, Dios seguirá ahí, sosteniéndonos con amor a la espera de la conversión; no nos abandona. Es la gran noticia de Jesús: Dios no se aleja de nosotros ni siquiera cuando pecamos contra él; el balón está siempre en nuestra cancha porque cerramos el corazón a nivel personal o colectivo . La respuesta de Jesús significa que se ha de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional; algo que no ha dejado de causar inquietud en estos veinte siglos. De muchas maneras se rebaja el rasero: que perdonar siempre, es perjudicial; que da aliciente al ofensor; que hay que exigirle primero reparación; que arruina la justicia. Todo parece razonable, pero no es lo que enseñaba, pensaba y vivía Jesús. Este no es el rey de la parábola, que empieza de manera prometedora y acaba trágicamente. El perdón del rey no logra introducir un comportamiento más compasivo entre sus subordinados; retira su perdón y entrega al siervo a los verdugos. La compasión queda anulada por todos. Ni el siervo, ni sus compañeros, ni siquiera el rey escuchan la llamada del perdón. Este ha hecho un gesto inicial, pero tampoco sabe perdonar «setenta veces siete». La parábola de Jesús es una especie de trampa en la que fracasa nuestra fe cristiana, pues ni siquiera encendemos la chispa de la conversión propia y ajena.