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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 22 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 5:17-19, miércoles, marzo 22 de 2017

Le ley (Torah) en el judaísmo era considerada mejor como la “sabiduría de Israel”. Pero cuando se tradujo la Septuaginta (Biblia de los Setenta) para los judíos de Alejandría, se tradujo como NOMOS (ley en griego). Los cristianos en realidad no usaron la versión hebrea sino esta griega y así la “sabiduría de Israel” entró en igualdad con las LEX (ley en latín) romana. Los judíos diferenciaban la Torah de la ley civil, la codificación de la ley, la ley oral (profetas y rabinos), la lectura de la ley, la alegría de la ley, los rollos de la ley y las tablas de la ley. La ley romana pretendía ser única y universal, al menos en todo el Imperio. Supongamos que Jesús se refiere en el evangelio de hoy a la Torah, la cual se consideraba posesión y obligación exclusiva para el pueblo judío y algunos de los profetas que anunciaban un mesías venidero, entonces ni el cumplimiento ni la abolición son totales. Jesús quebranta algunos normas sobre el sábado, la pureza, el trato con gentiles, el perdón de los pecados, pero alaba oración, ayuno, limosnas de los fariseos advirtiendo sobre su exhibicionismo, cumple con algunas normas judías (circuncisión, purificación, pascua, hannukah, cita a Moisés como autoridad, cita Génesis, Abrahán, profetas). Como dice el biblista John P. Meier, era Jesús un judío especial que podemos llamar un “judío marginal ”. Mateo, escrito probablemente para los cristianos procedentes del judaísmo en Antioquía; no hace un buen balance de la novedad cristiana frente el judaísmo como sí lo hace Pablo en sus cartas, especialmente Romanos y Gálatas. Aunque vale decir que el cristianismo es la religión del amor, no puede complementarse tan fácilmente con que el judaísmo es la religión de la ley, entendida a la romana; o incluso hoy con la ley como pacto social democrático.

El Antiguo Testamento entendido como ley es discontinuo, contradictorio en el estilo, diverso teológicamente, ilógico en muchas repeticiones. Muchas leyes y códigos están duplicados y se contradicen uno a otro o no parecen conocer de la existencia uno de otro. Por esto existían todas las formas de ley antes dichas y el trabajo de interpretación (midrash, halaká, haggadá) era continuo hasta el día de hoy. No es el caso del Corán con su unidad atribuida a Mahoma, lo cual da poco espacio para el análisis y la interpretación (exégesis y hermenéutica). El lenguaje de Dios para el judío, es, en contraposición al humano, omni-significante y en cierta forma anti-dogmático, lo cual le da una profunda creatividad y adaptabilidad. Solamente cuando vuelve Elías dará sentido pleno a los setenta rostros de la Torah. La diferencia con el derecho romano y con el que hoy conocemos es evidente. El decálogo, tan exprimido hasta sus más insignificantes conclusiones, por ejemplo en los confesionales medievales, era instrucción y revelación para los judíos igualmente sometido a interpretaciones de tiempo, persona y lugar. Para las naciones gentiles postulaban los siete mandatos de Noé. En los mismos evangelios hay intentos por resumir la ley en el amor a Dios y al prójimo; más radicales aún en el evangelio de Juan al amor más universal y en Pablo a la “ley de Cristo” en su versión misericordiosa: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2). Los judíos no entienden la Torah como restricción sino como liberación, no como exigencia sino como regalo, no para coartar sino para despertar iniciativa. Muchos Padres de la Iglesia y reformadores vieron el judaísmo como un fósil y la comunidad creyente como nuevo Israel. En esta concepción las palabras del evangelio de hoy «no he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles cumplimiento» son incomprensibles. En Pablo el uso de la palabra ley es bastante amplio y lo que ve superado es que seamos salvos por ella y no por gracia y por tanto innecesaria la circuncisión, las normas del sábado, la leyes dietéticas y las de pureza. Pero la ley, entendida como revelación, conserva toda su validez y es lo que trata de explicar en sus cartas, incluso, deduciendo nuevas normas para los creyentes. En Mateo es Jesús (nuevo Moisés) quien ejerce como legislador. La ley a la que da cumplimiento con su vida es a “su ley” pero no quiere que los cristianos escandalicen a los judíos o creyentes procedentes del judaísmo. Esto puede verse en que pagan impuestos, honran el sábado y pide escuchar a escribas y fariseos. Hasta en el bautismo, cuando discute con Juan, pide ser bautizado para cumplir la ley, sin que sepamos a qué ley se refiere, pues el bautismo era para gentiles convertidos al judaísmo.

Algunos comentaristas ven en Mateo y su alusiones a la ley, una respuesta conservadora a Pablo quien predicó en Antioquía contra la justificación por las obras de la ley. Se contaban en ese tiempo 248 mandatos y 365 prohibiciones. Para Pablo era clara la imposibilidad de vivir de acuerdo a tantos preceptos y menos hasta las tildes o iotas de la ley. A menudo normas morales se confundían con normas ceremoniales o rituales. Quienes cumplían muchas de ellas se sentían superiores a los cristianos gentiles que no las guardaban creando cristianos de primera y segunda clase. Jesús aparece aboliendo las normas de divorcio, prohibiendo cualquier juramento y cualquier retaliación o venganza que estaban previstos en la misma ley. Pablo ve que a menudo hay contradicción entre el espíritu y la letra de ley y produce la dolorosa expresión: «La letra mata, es el Espíritu el que da vida» (2 Co 3:6) algo que parece tan válido para la ley religiosa como para la civil. Podríamos decir que en Jesús se cumple el “espíritu” de la ley pero no su letra.

La mezcla de idealismo moral y realismo religiosa puede ser paralizante o dinamizante según se absolutice una de ellas. El sermón del monte, por ejemplo, es un ideal que no se alcanza fácilmente pero que igualmente no puede eliminarse de los evangelios sin que sufran una pérdida irreparable. Pero quien no llegaba allí no era mirado por Jesús como un transgresor, un pecador para condenar sino como un enfermo para curar, un convaleciente para robustecer. El médico es lo que necesitan, no un maestro de la ley que los juzgue como sucedía con los escribas y fariseos. Así se veía Jesús a sí mismo: no como juez que dicta sentencia, sino como médico que viene a buscar y salvar a quienes se encuentran perdidos. Tenía la esperanza que los creyentes pudieran superar la justicia de los escribas y fariseos y en esto tenía una visión más esperanzadora de la naturaleza humana que el judaísmo. Por buena y provechosa que sea la ley civil y religiosa el evangelio nos dice que no debemos contentarnos con ella. Muchos cristianos pueden pensar estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas. Muchas comunidades cristianas satisfechas por los servicios religiosos (sacramentos, catequesis, etc.) al confrontarse con el evangelio encuentran que pueden ir más allá; que reducidos a la ley, la norma, el precepto no hemos superado el Antiguo Testamento o no hemos dado plenitud a la ley. Pablo la reconoce como niñera (aya) que nos ha de llevar a la madurez de la libertad cristiana.