Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 05 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 8:31-42, miércoles, abril 5 de 2017

La idea de libertad en el judaísmo surge de escapar al control arbitrario de los egipcios en el éxodo hacia Palestina. La Pascua se llamaba también “fiesta de la libertad” y el decálogo dado a Moisés se introdujo con la presentación de Yahvéh como “yo soy quien te liberó de Egipto”; no con una presentación teológica como “soy el Señor creador del cielo y la tierra”. Esto es importante porque la libertad judía y cristiana no es “liberación de” sino “liberación para”; no tener amo en la tierra para tener un único amo que es Dios. El abandono de Yahvéh tiene como consecuencia la pérdida de la libertad. “Los siervos del tiempo son siervos de siervos; solo los siervos de Dios son verdaderamente libres” resume bien el concepto de libertad en el judaísmo. En el evangelio de hoy Jesús une a la libertad la idea de verdad, la cual se ha entendido en una doble vertiente: primero, en el sentido de toda sabiduría y filosofía (ciencia) como saber que nos hace libres (de prejuicios, de supersticiones, de temores, ignorancia, etc.) y segundo como verdad por revelarse en el futuro que nos libera del tiempo. A la primera debemos valores como libre albedrío, causalidad, proyección, planeación, control de la naturaleza y a la segunda responsabilidad última, utopía, esperanza, fe, plenitud de vida. El libre albedrío sufrió un golpe de gracia con la visión pesimista que da Agustín de Hipona, pues lo considera herido de muerte por el “pecado original” para dar espacio a su concepto de gracia; pero hubo maneras diferentes de entender ambos (libertad y gracia) de manera más optimista. Maximo el Confesor sintetizaba bien el Antiguo y Nuevo Testamento con la verdad cuando decía: el Antiguo Testamento es la sombra, el Nuevo la imagen y el futuro la verdad (semejanza). El ser humano es el único de la creación que es incompleto en el presente y es jalonado por el futuro, no condenado por su pasado . En el evangelio de hoy los judíos entienden la libertad en sentido político y la frase «nosotros somos descendientes de Abraham, y jamás hemos sido esclavos de nadie» suena contradictoria pues no tienen “libertad para” ni en términos del Antiguo ni del Nuevo Testamento. En éste el mejor desarrollo lo tiene en Pablo, para quien alcanzamos la libertad de toda atadura humana solamente haciéndonos siervos del único Señor (Kyrios). Así Jesús se hace siervo (servidor) en total libertad y María se declara “sierva del Señor” con el único título que se da a sí misma en los evangelios. Entendida la libertad en sentido griego, es decir, como poder de disponer de sí mismo, puede llevar al libertinaje en vez de servicio al prójimo; precisamente la salvación es ser liberado de sí mismo (sus pasiones o apetencias) para servir a Dios en los demás. En célebre formulación de Lutero: «El cristiano es señor de todas las cosas y a nadie está sometido (en la fe); el cristiano es siervo de todas las cosas y está sometido a todos (en el amor)». Esta libertad, lejos del concepto político del mesías que Jesús frustra, no es el bien elevado por el que se justifique la guerra o la violencia como en algunas teorías conocidas, pues incluso puede sobrevivir oculta bajo el sufrimiento. La peor, sin embargo, la más frecuente, concepción de la libertad es la capacidad de hacer lo que a uno le dé la gana, independientemente de los efectos sobre sí mismo y sobre los demás. Por ello se suele calificar la libertad o delimitar su ámbito como: libertad política, libertad de pensamiento, libertad de religión, libertad de culto, libertad de conciencia (derecho natural). En el creyente, de manera amplia, puede describirse diciendo que la libertad es querer lo que Dios hace, que no es ser libre por naturaleza sino haber sido liberado. En formulación que suena contradictoria, pero profundamente evangélica, el hombre puede disponer libremente de sí mismo cuando de un modo recto y adecuado deja que se disponga de sí mismo. La persona encerrada en sí misma está “condenada a la libertad” como decía el filósofo francés Jean Paul Sartre. Hoy, bajo pretexto de una libertad ilimitada, hay poderes anónimos y secretos que ejercen una clara tiranía, facilitada por las formas modernas de la vida económica y los medios de comunicación social . Así, creyendo tener el máximo de libertad, vamos alcanzando el máximo de esclavitud. Al creyente le toca fomentar la esperanza del futuro de Dios, de la verdad que aún no termina de revelarse (Máximo el Confesor). Cuando en la Eucaristía proclamamos ¡Amén! ¡Maran-atha! estamos proclamando que ni la congregación ni la creación han alcanzado aún su “verdad” pero que ello no nos desanima, seguimos adelante a pesar de los horrores del pasado.

El evangelio de hoy nos dice que la libertad no es un acontecimiento puntual, instantáneo que se deja atrás, como pudo haber sido entendido por los judíos con la liberación de Egipto, o con ser descendencia de Abrahán a través de Sara, la mujer libre. La libertad es un estado de ánimo que exige una lucha permanente con las tendencias más camufladas a nivel personal y colectivo. Tampoco la libertad interna, como liberación del pecado, es puntual o instantáneo. El Vaticano II recupera este sentido dinámico para todos los sacramentos. Se celebran en un momento y se viven toda la vida como conversión permanente. Quien deja atrás las rejas de la cárcel tiene por delante el difícil camino de la libertad. Juan interpreta ser hijo de Abrahán como ser hijo en la fe, interpretación que se debe a Pablo. Esa fe la reclama Jesús para sí mismo. Es decir, que el modelo de libertad vuelve a ser, como en todos los modelos, Jesús mismo. Así, la relación entre la verdad y la libertad queda supeditada a una verdad que se construye, no como la científica que se descubre, por lo cual Pablo advierte que es “hacer la verdad en la caridad”. «Conoceréis la verdad y la verdad os librará» encierra una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre como imagen y semejanza de Dios y sobre el mundo como objeto del amor de Dios. También hoy, después de 2000 años, Cristo nos habla de libertad basada en la verdad; libertad de lo que nos lomita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia y en sus relaciones con el mundo y con los demás. El cristiano no pude conformarse ni sentirse satisfecho con menos pues es libertad sigue pendiente.