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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 11 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 13:21-38, martes, abril 11 de 2017

En el dramatismo que reviste el relato de la pasión, con la entrega de Judas, la triple negación de Pedro, el anuncio sombrío de su propia muerte, podríamos pasar por alto que Jesús da gustosamente su vida por amor y reitera a sus discípulos que en el amor se encierra el mandato fundamental del creyente, sin importar las circunstancias. Igualmente que debe ser la identidad de sus seguidores: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que tenéis amor unos con otros». Dos personajes son peculiares en el relato de Juan que son el “discípulo amado” y Pedro en contraste con los sinópticos. Además un hecho singular es el lavatorio de los pies. Como sabemos, Juan no relata propiamente la “institución de la Eucaristía”. La Pascua se comía reclinados y las hierbas amargas se sumergían en el haroseth (salsa que simbolizaba el barro amasado en Egipto para hacer ladrillos). Jesús da órdenes a Judas de hacer lo que haya pensado mostrando que está en control de la situación hasta el final, que pueden doblegar su cuerpo pero su espíritu no pierde nunca su libertad. Los discípulos malinterpretan las palabras de Jesús en lo que es común en Juan como son los equívocos. La alusión a satanás y la noche es una pincelada sombría de presencia del mal, pero no olvidemos que en Juan el mal es ante todo el odio al hermano. De alguna forma es también una manera de exculpar a Judas de lo que sucederá luego, pues son las fuerzas del mal las que precipitan el fin. Judas no lo entrega en el huerto sino que Jesús se entrega a sí mismo pidiendo libertad para sus seguidores. Además, claramente expresa Jesús que se encamina a su momento de mayor gloria, otra característica de este evangelio en el que coincide la cruz con la gloria. Dirigirse Jesús hacia los judíos lo ven los discípulos como una amenaza pero precisamente ese momento de tensión es el momento del mandato del amor, por lo cual se suele llamar el “jueves del mandato” en las celebraciones litúrgicas. De una manera especial destaca Juan la actitud impulsiva de Pedro quien promete dar su vida por Jesús con la advertencia de Jesús de la debilidad en la que todos entramos en momentos de dificultad. Fallará Pedro y su triple negación será luego rectificada con su triple confesión de amor por Jesús en el relato de la resurrección.

No es raro que ante las variaciones en los relatos de la pasión algunos los utilicen como crónicas que contienen distintas informaciones, como sucede a menudo con las noticias en los periódicos. Entonces, para lograr una imagen más completa de los hechos, se toma un detalle de Mateo, otro de Marcos, otro de Lucas y otro de Juan, y así se piensa tener una narración más rica. Materialmente puede serlo pero la sustancia religiosa de los diversos relatos, que es lo más importante, corre riesgo de perderse. Para la vida cristiana la materialidad de los hechos es menos importante que penetrar su significado para profundizar en la manera como Dios nos salva. Este significado se nos revela por medio de las diversas perspectivas de los evangelios que corresponden a diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, a diferentes desafíos que enfrentaba la fe, a diferentes preguntas que se hacía respecto a Jesús. Algo mucho más cercano a la vida real del creyente. Unos relatos se centran más en las enseñanzas, otros en las curaciones, otros en las polémicas, otros en el perdón y la misericordia, otros en las exigencias del seguimiento de Jesús. «Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, creo que ni en todo el mundo cabrían los libros que habrían de escribirse» (Jn 21:25) es un reflejo de la avalancha de escritos y tradiciones que habría sobre Jesús. La característica principal de la pasión en Juan está en la insistencia sobre el aspecto glorioso de la misma. Juan muestra una pasión ya iluminada por la resurrección. Los mismos sufrimientos y humillaciones manifiestan la gloria de Jesús: una pasión glorificadora. El proemio es que «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él» de manera que suceda lo que suceda es para gloria. La oración de angustia en el huerto desaparece igual que su lamento en la cruz. Juan subraya que el suplicio de Jesús fue una elevación sobre la cruz, no una lapidación que aplasta al hombre y que bien se condensa en su enseñanza que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (los que ama). Descubre Jesús en su muerte un signo revelador. Lo podemos condensar en que Jesús muere en la cruz no a pesar de ser Dios sino precisamente porque lo era. Los mismos esfuerzos de los enemigos de Jesús, como podía pensarse de Judas, contribuyen, a su pesar, a revelar cada vez más nítidamente la gloria de Jesús. Mientras en los sinópticos la glorificación es algo que viene luego de la resurrección, en Juan morir siguiendo el camino de Jesús es ya vivir, algo que también aparece en las cartas de Pablo. Al interior de esta muerte en cruz existe una vida que no puede ser aniquilada y que irónicamente está oculta en la muerte misma; no es que venga después de la muerte, sino que está ya dentro de la vida en el amor, en la solidaridad, en la manera de afrontar la vida. Ahora la resurrección está unida indisolublemente a la vida y no es posible separa la una de la otra ni en el tiempo ni en el espacio. Por eso se dice que en Juan coinciden en la cruz la muerte, la resurrección, la venida del Espíritu y la glorificación (en Lucas es la ascensión). El Evangelio de Juan se escribe para que los lectores y oyentes crean, en virtud de los signos, que Jesús es el Hijo del Padre que también es nuestro Padre; un padre que ve con agrado que su hijo dé la vida por los que ama porque son los mismos que el Padre ama. Lo que empieza con el Verbo (logos, palabra) encarnado termina como carne y sangre que se han de comer y beber para vida eterna porque formaba parte del amor de Dios al mundo (cosmos). Preexistía porque da testimonio de lo que ha visto y oído junto a Dios y debe revelar a los hombres. Sale de Dios y vuelve a Dios mostrando a los hombres similar camino para volver a Dios. No mediante una mística desencarnada sino profundamente enraizada en el amor a los demás. Sin la pasión no hay glorificación como en Pablo sin vida de pasión no hay resurrección. El relato sobre la aparición a Tomás es bien diciente: meter los dedos en las llagas es constatar que el resucitado es el mismo crucificado. La oración sacerdotal, o discurso de despedida, o testamento de Jesús que en parte reemplaza la última cena en Juan, expresa el deseo de que la glorificación alcance a los creyentes. Es la manera de conservar los que el Padre le ha dado (Jesús nunca se atribuye nada a sí mismo en este evangelio, ni siquiera las curaciones) de manera que la revelación en última instancia es una forma de amar desconocida por los discípulos. Estos en comunidad en la tierra deben realizar esa glorificación del Padre por el Hijo mediante su fe, en sus propias existencias y modalidades. Los creyentes también están llamados a la gloria que logra el Hijo y por similar camino, porque esto era lo definido desde la fundación del mundo. El evangelio de Juan, siendo el más místico de los cuatro, es simultáneamente el que más nos compromete a encontrar el modo de amar en las situaciones más adversas.