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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 24 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 3:1-8, lunes, abril 24 de 2017

Alguna literatura judía decía que Yahvéh mostraba la aprobación de las enseñanzas de un rabino cuando obraba maravillas a través del rabino. Nicodemo puede considerarse más que un rabino porque era miembro del Sanedrín, fariseo e inquieto con las enseñanzas de Jesús. Va donde Jesús en la noche, con el doble sentido muy del gusto del evangelio de Juan, pues noche físicamente era luego de las 6 de la tarde, pero noche también era ignorancia y hasta maldad. Jesús era luz del mundo y los hombres prefirieron las tinieblas, dice el mismo Juan. Nicodemo es un maestro que considera a Jesús un maestro superior porque su enseñanza era confirmada con signos maravillosos. También los primeros discípulos habían reconocido a Jesús como maestro. La reflexión de Jesús es relativamente simple: si Dios es de arriba, nacer de Dios es nacer de lo alto. Pero el hombre se mueve a nivel de la tierra y necesita ser elevado por un renacimiento o nueva generación. Tal proceso, aunque a la inversa, lo ha hecho Dios descendiendo del cielo con Jesús de manera que el ser humano pueda elevarse a Dios. Este es el tema más querido en la espiritualidad de los Padres orientales de la Iglesia y lo llaman “deificación”. Puede resumirse en: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios . Así, en Juan hay una continuidad entre creación (por amor), encarnación (logos en todo hombre y cultura), redención (vuelta al Padre de todo), resurrección (la esperanza para todos) y ascensión o glorificación (que se da en la misma cruz). La palabra usada por Juan ha sido objeto de muchos comentarios pues la condición para entrar en el proceso señalado es “nacer de lo alto” (anothen, en griego) que también significa “de nuevo”. Nicodemo la toma en este segundo sentido y entiende como volver a nacer físicamente, lo cual lógicamente es imposible. Jesús cambia entonces la imagen por “nacer del agua y del Espíritu”. El agua bautismal era conocida de los judíos pero solamente para los prosélitos o conversos al judaísmo, no para los nacidos judíos. El espíritu, por el contrario era conocido desde el Génesis como la vida divina insuflada en las narices de Adán. En el tiempo mesiánico, Yahvéh daría un nuevo espíritu asperjando con agua al pueblo. Para los creyentes el agua sería un signo del bautismo cristiano y el Espíritu el dado por el Resucitado a los discípulos y a la Iglesia en Pentecostés. Espíritu, tanto en hebreo como en griego significa igualmente viento. Todo el lenguaje religioso es figurado y poético pues nada hay más cercano a la revelación que la poesía por lo que se habla a menudo de “inspiración poética” o de “poema inspirado”. El viento sopla donde quiere y lo percibimos por su silbido. Quizás la ciencia de hoy nos destruya la imagen pero el sentido espiritual permanece. Sin saber cómo ni cuándo el Espíritu nos mueve.

En general, la mayor parte de los que siguen a Jesús son personas sencillas con poca instrucción. Hay hombres y mujeres, padres y madres de familia. Algunos son pescadores, otros, artesanos y agricultores. Pero a veces también seguían a Jesús algunas personas pudientes: Juana, Nicodemo, José de Arimatea, Zaqueo y otros. Estos sufrieron en carne propia lo que quiere decir romper con el sistema y ponerse del lado de Jesús. Las personas que más frecuentemente aparecen a su lado son pastores, pescadores, campesinos y jornaleros, como se desprende de la ambientación de sus parábolas; pero también son los hombres de cultura específica y superior, como los escribas y fariseos. Si tiene una preferencia, ciertamente es por los humildes y desventurados; pero no rechaza ni a los jefes de la sinagoga ni a los centuriones romanos. A los “grandes” los invita a compartir y a mirar a los pequeños; a los primeros a mirar a los últimos; a los poderosos a servir. En el evangelio de Juan dedica tiempo a largos coloquios con la Samaritana, Marta y Nicodemo. En estos aparece a menudo una forma ya conocida del judaísmo. Una palabra bíblica que tiene dos o tres sentidos y da al diálogo un atractivo singular que aunque suene confuso o ambiguo, permite ahondar en la vida del oyente, sin que necesariamente se llegue a una conclusión como sucede en otros discursos. El mismo sentido de un texto de las Escrituras no puede definirse de una vez y para siempre como fijo e inmutable. Ya no sería un texto religioso, más bien de geometría . Estos dos o tres sentidos dan al diálogo un singular atractivo. Es lo que pasa con Nicodemo y renacer (podía entenderse como nuevo parto); con la Samaritana y el agua viva (podía entenderse como agua corriente); con Marta y la resurrección (podía entenderse como Lázaro redivivo); con los judíos y el maná (podía entenderse como el de Moisés en el desierto); con los discípulos y el pan de vida (podía entenderse como una nueva repartición de panes y peces). Cuando Nicodemo trata de abogar por Jesús en el Sanedrín es tratado como ignorante por sus compañeros y comparado con un campesino iletrado de Galilea que debía ilustrarse mediante el estudio de las Escrituras. Luego aparece Nicodemo con José de Arimatea reclamando el cadáver de Jesús. La interpretación judía de las Escrituras, a pesar de su amplitud de discusión, no dejaba espacio para que entrara Jesús en sus creencias. Para algunos comentaristas detrás de este texto sobre Jesús y Nicodemo estaría el drama de la tensión que surgió a partir de la expulsión de los cristianos de las sinagogas, en el último tercio del siglo I. Recordemos que Juan es el último de los evangelios y se recoge hacia el año 100. Para ese entonces, la estrategia de sobrevivencia de Israel pasaba por el proyecto fariseo, con su centro bíblico en Jamnia. Fue alrededor del año 85 cuando se incluyó en la liturgia judía la reformulación de una de las dieciocho bendiciones clásicas (Semoneh Esreh) en la cual se añadió una maldición a para los judeocristianos (judíos que se habían convertido al cristianismo) a los cuales llamaban minim. De alguna forma el diálogo con Nicodemo llega a un impase pues lo que se revela es que dentro de las Escrituras y la piedad judía Jesús resulta incomprensible o mejor, que Jesús es un enigma. Nicodemo representa lo más honesto del judaísmo farisaico, tan honesto como para defender a Jesús en el Sanedrín; tan piadoso como para reclamar su cadáver y podría hasta ser un modelo para la raza humana. Pero aún así, aparece como ciego e incapaz de seguir la propuesta de Jesús. Nació judío, se crió judío fiel a la Torah (ley), llegó a tener un buen corazón, buscó sinceramente en la noche pero se detuvo ante lo que no parecía razonable: nacer de nuevo o de arriba. Romper las amarras que lo ataban a su pasado nos puede resultar tan difícil a nosotros como a Nicodemo. Pero si no nos mueve el Espíritu que sopla cuándo y dónde quiere, simplemente no seremos más que la proyección del pasado, no el futuro del reinado de Dios.