Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 25 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Marcos 16:15-20, martes, abril 25 de 2017

La función final del Resucitado en Marcos, con el envío de los discípulos, es predicar «el Evangelio a toda la creación» en donde la creación (cosmos en griego) nos remita al Génesis “cuando Dios construyó el cielo y la tierra”. Mucha tinta se ha derramado sobre lo que signifique este texto del Génesis en debates filosóficos y científicos. Una hipótesis bastante acorde con el judaísmo es la teoría del “repliegue” (tsim-tsum, en hebreo) de Dios para la creación. Lo que expresaría el texto de Marcos es que el evangelio no puede quedarse como “buena nueva” solamente para la humanidad sino que debe alcanzar a toda la naturaleza. Hoy nos lo urge la crisis ambiental con sus implicaciones religiosas de pecado y conversión ecológicas. Pero en ningún momento significa volver al comienzo como en el tiempo cíclico de los mitos del eterno retorno. El Edén cristiano no está en el pasado sino en el futuro. El final en Marcos no es un cierre de la historia sino una reapertura aún más amplia. Para esto no se requiere de un superhombre (supermán) inmune al veneno de serpientes, inventores de lenguas (esperanto), in-intoxicables, de manos mágicas sino hombres y mujeres normales que trasciendan el sufrimiento como lo hizo Jesús en su vida pública y dedican toda su energía a construir un mundo distinto. La divinidad mostrada por Jesús en Marcos no fue por la superación mágica de su sufrimiento sino por la asunción de él como el camino de la salvación. El lenguaje es como el apocalíptico: figuras extrañas que impacten e inviten a la reflexión. Muchos faquires alegan superar las mordeduras de serpientes, las laceraciones con punzones, el fuego de carbones, curaciones por imposición de manos. Nada de esto los hace difusores del evangelio. La divinidad de Jesús, en Marcos, es inherente a su humanidad y al alcance de cualquier ser humano. Su pasión no es “a pesar” de ser Dios sino precisamente porque lo era, en el sentir creyente. Mateo termina su evangelio con el Resucitado dando a los once discípulos una fórmula definitiva de salvación «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28:19) que interpretada al pie de la letra ha sido poco acertada . Lucas termina su evangelio con discípulos selectos esperando al Espíritu: «Permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto» (Lc 24:49). Juan termina su evangelio enfocado en la fe y el ministerio de quienes crean: «Fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20:31). Marcos deja el sentido de la resurrección abierto dejando espacio para nuevas manifestaciones. Concluye su evangelio con sorprendentes testigos ordinarios aún perplejos y con dureza de corazón con quienes puede sentirse identificado el lector u oyente del evangelio. Es la paradoja de la Iglesia que está llamada a ser un espacio de conversión en el cual los mismos que predican la conversión necesitan conversión. Así, mientras Mateo termina con Jesús como un nuevo Moisés que legista desde la montaña; Lucas con Jesús como un exegeta que explica las Escrituras en términos de su misma vida; en Juan termina haciendo predicciones sobre la suerte de Pedro; en Marcos el final queda abierto con una invitación al lector a responder por sí mismo. Ser creyente es en el evangelio de Marcos ser profundamente humano lo cual incluye asumir el sufrimiento porque es redentor de otros. El Resucitado no actúa solo. Encendidos por el amor de Dios, cada uno de nosotros nos convertimos a nuestra manera en “salvador” para los demás. A pesar de nuestra limitación y finitud somos anunciadores del evangelio como buena nueva para toda la creación. Saboreamos el misterio de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos de su amor insondable gustándolo en el amor humano. El evangelio de Marcos es como una protesta contra un Jesús hecho tan divino (taumaturgo) que ya no parece tener rasgos humanos.

El fin abierto de Marcos nos dice que aunque nadie sabe cómo será, cómo se expresará, qué papel jugará la fe cristiana en el mundo nuevo que está emergiendo, podemos esperar que el evangelio tendrá algo o mucho que decir, pero difícilmente será clonación del pasado. No hay espacio para el restauracionismo . En un mundo con problemas y bajo el dominio romano, Marcos tituló así su evangelio: «Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios» (Mc 1:1), y en consonancia el mandato final del Resucitado es este: «Id al mundo entero y proclamad la Buena Noticia a toda la creación» incluyendo por supuesto al Imperio Romano que queda pequeño frente a la creación (cosmos). Suponen algunos comentaristas que Marcos escribe para los creyentes residentes en Roma. Podemos explicar doctrinas sublimes acerca de Jesús: que en él está la salvación de la humanidad, la redención del mundo (incluyendo hoy lo ecológico), la liberación de toda esclavitud, la divinización del ser humano. Pero no se trata solamente de exponer verdades sino llevar a que la gente experimente en su vida que vivir a la manera de Jesús tiene sentido. Los gestos de un faquir no convencen a nadie porque no están a su alcance; si mucho al alcance de un club privado de faquires. Tampoco el evangelio, como buena noticia, tiene valor si es para un grupo selecto de cristianos. La gente que busca a Jesús en Galilea, aunque a menudo lo malentienda, siente que lo que hace y les dice les hace bien: les quita el miedo a Dios como castigador, les hace sentir su misericordia especialmente a los enfermos y marginados, les ayuda a vivir y sentirse comprendidos y perdonados por él. Su manera de ser les hace bien: es compasivo y cercano, acoge a los más olvidados, abraza a los más pequeños, bendice a los enfermos, se fija en los últimos. Ni el sistema político romano ni el sistema religioso del Templo y los maestros de la ley posibilitan a la gente de Galilea tales cosas. El Evangelio de Marcos enfatiza que el Hijo de Dios no es reconocido como tal más que por los demonios y el centurión al final y que su pasión abarca toda su vida pública. Jesús toma la actitud de siervo como aparece en otros evangelios y en Pablo. La vida y las enseñanzas de Jesús ponen las cosas del mundo al revés. El mundo entiende el poder como el control que se tiene sobre el mundo y sobre los demás para someterlos y subyugarlos. Pero Jesús manifiesta su poder de otra manera: sirviendo a los demás. Ese servicio es el que se empeña en describir el evangelio de Marcos con tal crudeza y oposición que pueden también asustar el lector del evangelio. No dejará de ser, por maravilloso que lo pensemos, necedad para los judíos y locura para los griegos. Para los que creen, la sabiduría más profunda de Dios.