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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 26 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 3:16-21, miércoles, abril 26 de 2017

El amor en el judaísmo tiene su polo a tierra en el amor entre el hombre y la mujer, entre el padre y los hijos, ente una persona y otro ser humano y entre un individuo y Dios. El amor erótico es tomado como una alegoría del amor espiritual y esto lleva a incluir en el canon judío el libro del Cantar de los Cantares. Los profetas usan el amor nupcial como metáfora del amor de Yahveh (masculino) por Israel (femenino) especialmente en Oseas, también como el amor del padre por el hijo pues Yahvéh era el padre de todo el pueblo, no de una persona en particular. En el judaísmo medieval se desarrolla el amor místico para enfatizar la relación con Dios como una relación de amor y no de temor. Los demás amores quedan así justificados y santificados como experiencias místicas. En el cristianismo la historia del amor ha sido más accidentada, pues aunque comporte con el judaísmo que el amor a Dios y al prójimo es el resumen de la ley, el énfasis de muchos cristianos en la condición “caída” del ser humano, llevó a la sospecha pecaminosa de las demás expresiones de amor, excepto el amor a Dios, quien castigaba el desamor. El amor de Dios como gratuito, irrestricto y eterno terminó en buena medida condicionado al amor humano que no es tan fácilmente gratuito, irrestricto y eterno. El abanico del amor (en griego tienen 5 palabras distintas, en hebreo 3 mientras en español tenemos 1) termina enfrentando el amor “a las creaturas” y el amor a Dios. En el evangelio de Juan tenemos una presentación del amor tan fecunda que no excluye a ninguno. Juan utiliza la más sofisticada de las palabras griegas: ágape. Los profetas ya se habían aventurado a reducir todas las actuaciones de Yahvéh con el pueblo como la liberación (Exodo), la ley (Torah), las instituciones (jueces, reyes y profetas) a expresiones del amor de Yahvéh por su pueblo. Ni siquiera la maldad personal o colectiva era capaz de disminuir, no digamos cancelar, dicho amor. Es la comunidad de Qumrán, algunas de cuyas ideas parece que compartía el Bautista, la que habla de que Yahvéh ama a los hijos de la luz y “odia” a los secuaces de Belial y en consecuencia que el hombre debe amar lo que Dios ama y odiar lo que Dios odia. Pero en el Nuevo Testamento ágape (amor) nunca tiene el sentido negativo de no-amor, de odio. En el amor de Jesús aparece su característica más singular y es que el amor mira siempre para abajo, pues le está vedado mirar para arriba. La expresión más clara es: «Si de esta manera nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4:11) en donde esperaríamos que debemos amar a Dios que nos amó y la conclusión es bien diferente: que pasemos gratuitamente el amor a quien lo necesita y no a Dios que nos lo ha dado gratuitamente. Jesús ama a quienes lo crucifican, más aún, muere por ellos. El discípulos modelo en Juan es “el discípulo amado”. El círculo culpa, pena, juicio se rompe cuando entra el amor de Jesús en escena. Nos unimos a Dios por la fe en Pablo, Dios nos une por el amor en Juan. Para muchos, incluidos muchos cristianos, al hacerse añicos una determinada imagen del mundo y del hombre, la afirmación de un “Dios de amor” resulta increíble y difícil de aceptar. En vista de lo que Dios “tolera” en este y otros tiempos y de lo que los hombres dicen y hacen en su nombre, ante la crueldad, el odio, las guerras y el hambre, muchos creen no poder hablar ya más del amor de Dios y prefieren el Dios del juicio, da la condenación, de la venganza. También en el judaísmo había literatura que hablaba de un castigo previo a la venida del Mesías — los “dolores mesiánicos” —, pero que en Jesús no se cumplen. El Bautista en su predicación si los incluye aún, como parte de su judaísmo. Ante las dificultades y crisis del amor en la pareja, en la familia, en las relaciones humanas es conveniente volver al mensaje bíblico, en donde no se encuentra el carácter pecaminoso del amor multiforme. El Cantar de los Cantares que poco espacio ha encontrado en la liturgia o en las citas bíblicas, enaltece el amor natural como uno de los más altos dones . El erotismo y sexualidad son, con toda evidencia, factores integrales del amor. En Jesús es imposible encontrar una devaluación o desprecio de lo corporal, y por lo tanto de lo sexual, puesto que en su mensaje está superado el dualismo cuerpo-alma. No obstante, ya desde un principio, se introdujeron en la iglesia nuevas corrientes dualísticas que produjeron una devaluación del amor sexual, y que continúan ejerciendo un influjo perturbador aún en políticas públicas.

El viento que sopla cuándo y dónde quiere, que sirvió para ilustrar la función del Espíritu en el diálogo con Nicodemo, ahora tiene las características del amor en el mismo capítulo. Ya no es un diálogo sino un monólogo de Jesús, como en la última cena. La creación recibe una nueva razón más poderosa que los celos del jardín del Edén con sus prohibiciones y amenazas. Por amor Dios ha creado el mundo y le entregado en el clímax del amor a Jesús, lo mejor de sí mismo para su salvación, no para juicio ni condenación. Para enseñarle lo único que no podía por sí misma descubrir ni inventar la humanidad: una forma extraña de amar, un amor sacrificial por el de abajo. Así como lo primero que el Creador vio como bueno fue la luz, Juan ve la oscuridad como el apego humano contrario a ese bien primero. «Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas». La primera luz era física: el sol, las estrellas, las luminarias del cielo que bien iluminan por fuera, la segunda era interna (el amor) que ilumina a la humanidad desde dentro. El pecado en Juan es el desamor, la violencia contra el hermano como en Caín y Abel. Ambos judíos, ambos hijos del mismo padre, ambos cuidadores de la tierra y los animales, ambos ligados por común destino: parte integral de la creación, pues nada hizo en vano si lo hizo por amor. Jesús completa el relato original con la dolorosa pregunta a los creyentes: ¡Abel! ¿Dónde está tu hermano Caín? Cada uno debe dar su propia respuesta, pues en el evangelio de Juan el juicio ya se ha realizado. Es un juicio personal que se realiza en lo íntimo del corazón. El que no cree se enfrenta a la oscuridad interior y a producir oscuridad para otros; el que cree ilumina su interior y es capaz de iluminar a otros. El lenguaje ciertamente se parece al de Qunrán y los rollos del Mar Muerto, pero el mensaje es bien distinto. El renacer, nacer de lo alto, nacer de arriba en última instancia es dejar que el Espíritu sople y el amor penetre. A la hora de recopilar el cuarto evangelio, sobre el último decenio del siglo I, el evangelista habría visto similares dificultades a las que nos enfrentamos hoy para aceptar el mensaje de Jesús. Las tinieblas interiores son preferibles porque nos dan comodidad y “buena conciencia” al excluir el amor sacrificial. En una frase tan escandalosa como profunda dice Nietzsche que Dios tiene su propio infierno: su amor por la humanidad. Así de fácil podemos confundir la luz con la oscuridad, el amor con el egoísmo y vana la vida y muerte de Jesús por amor.