Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 29 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 6:16-21, sábado, abril 29 de 2017

La simbología religiosa no es universal ni absoluta. Está ligada a muchas circunstancias de tiempo, lugar, cultura, historia. El pueblo judío no es la excepción y siendo en su mejor época un pueblo de montaña, el mar, el lago de Galilea que llaman mar, tenía en general una connotación negativa, a pesar de ser la fuente de pesca casi única y de estar en la región más poblada de Palestina. El mar era imagen del abismo tenebroso, de lo primero que se separó en la creación de la tierra firme, representaba las masas alejadas de Dios, las personas sin fe, los hombres inmorales. Yahvéh habría hundido las tropas del faraón en el mar y abierto paso seco para los judíos. Imagen muy distinta en los pueblos marinos. Allí, en el lago de Galilea (mide 30x10 kilómetros y profundidad máxima de 30 metros) conocen los recopiladores de los evangelios las tormentas que no pasarían de brisas comparadas con el Mar del Norte, los tsunamis y los huracanes del Golfo de México. Esto no invalida las imágenes, porque siempre son subjetivas, pero permite delimitarlas. Que Jesús camine, calme, domine las tormentas aparece en Marcos y Mateo. En el evangelio de Juan no es el tema que calme la tormenta sino que en medio de ella está presente Jesús con su consoladora expresión: «Soy yo, no temáis» con la frecuente expresión usada en Juan que remite a la definición ambiguamente traducida para el nombre de YHVH «Yo soy el que soy» (Ex 3:14). Hoy se prefiere una mejor definición —segunda y tercera dadas a Moisés— de «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34:6). El caminar sobre el agua recuerda al pueblo pasando el mar de las cañas o Mar Rojo. En Juan el “yo soy ” puede interpretarse mejor como “obedezco al Padre, luego yo soy”, “hago y digo lo que hace y dice el Padre, luego yo soy» en donde el “yo soy” no es lo primero. No se trata de una definición del ser absoluto de Dios como se interpretó por siglos (la verdad en Agustín, el ser en Tomás de Aquino) sino de una promesa de salvación, de la promesa de que Dios estará presente y asistirá a Moisés en el desempeño de su misión. Se trata ciertamente de la promesa de una presencia que no es posible apropiarse y manipular, sino de una presencia elusiva, de una presencia a la que ni siquiera puede darse nombre. Algunas explicaciones judías lo traducen por: Yo seré el que seré, es decir, se me conocerá por mis actos. Esto está más cerca de la misericordia antes mencionada. Como dice en magnífico comentario Franz Rosenzweig: “¿Qué sentido hubiera tenido para los infelices desesperados una exposición magistral sobre la existencia necesaria de Dios? Lo que ellos necesitaban ni más ni menos que el pusilánime caudillo Moisés era la seguridad de que Dios iba a estar con ellos tanto en la esclavitud como en la liberación de ella”. En el juego de luz y sombras del evangelio de Juan, es interesante la integración de la oscuridad, la noche, la sombra. La repartición de panes tiene lugar a plena luz del día, lo que encaja perfectamente bien con su carácter demostrativo de señal. Pero entre tanto se ha hecho tarde y los discípulos, que siguen estando solos, descienden del monte hacia el mar, a fin de embarcar hacia Cafarnaúm. Se caracteriza así la situación espiritual de los discípulos. Están separados del pueblo y de sus ambiciones de hacer de Jesús el “rey del pan”. Están más cerca de Jesús pero separados de su Maestro. Y así tienen que emprender solos la navegación nocturna. «Ya se había hecho de noche» (literalmente «habían caído las tinieblas». Tinieblas conserva siempre en Juan un trasfondo simbólico. Jesús se define como luz y quien no crea en él está en tinieblas. Son las tinieblas en las que han quedado solos los discípulos, sin Jesús, expuestos a los peligros de la tempestad y de las olas. Mientras que durante el día el pueblo cae en un profundo equívoco de Jesús, el propio Jesús se descubrirá a los discípulos durante la noche. También en medio de las tinieblas se encuentra Dios, como en la “Noche Oscura” de Juan de la Cruz. Mediante esa contraposición del equívoco de Jesús por parte de la muchedumbre del pueblo y de la revelación de Jesús a los discípulos se anticipa el discurso del pan en que continuará dejándose sentir el mismo contraste. Las tinieblas en última instancia son interiores y posibles para cualquiera. Los discípulos, de diferentes procedencias (Galilea sería más amedrentadora para los no pescadores) tienen expectativas diferentes respecto de Jesús. Los vientos fuertes son comunes en el lago de Galilea por estar bajo nivel del mar y encañonado por ligeras montañas que explican su régimen de vientos. La tempestad y el naufragio representan una angustia extrema y un peligro real para los navegantes. Estando en medio del lago cualquier ayuda humana sería inútil; pero es en esa situación donde mayor sentido tenían las enseñanzas de Jesús. Este aparece, como es común en el evangelio de Juan como si levitara sobre la tierra. Todo el evangelio está escrito desde la perspectiva post-pascual de Jesús resucitado. El relato renuncia a una descripción realista porque la intención no es descriptica sino iluminativa, mística. En el Antiguo Testamento a la aparición de la divinidad corresponde el terror del hombre como una reacción espontánea, pues supone enfrentarse a lo desconocido. La cercanía de Jesús, su misteriosa presencia, significa el fin del miedo al tiempo que el fin de cualquier necesidad. Los discípulos quieren acoger a Jesús en la barca, pero ni siquiera eso es necesario. No necesitan que pilotee una barca que sabrían manejar mejor los pescadores de oficio. Entre tanto han llegado ya a tierra, el temor ha pasado. La proximidad de Jesús ha sido suficiente. En el evangelio de Juan se manifiesta Jesús siempre con signos. Nunca utiliza los otros cuatro términos griegos que fueron traducidos muchas veces e indistintamente por “milagros”. La manifestación de la divinidad por signos deja siempre en libertad al intérprete de darles su sentido. Esa manifestación, llamada epifanía, en sentido propio se da cuando la divinidad se manifiesta a una persona a través de sus efectos pero personalmente a esa persona. Por eso los signos de Jesús en el evangelio de Juan motivan fe en unos y oposición y persecución en otros. La frase alentadora de Jesús: «Soy yo, no temáis» no se verifica tanto en lo que suceda de inmediato sino en la capacidad que tendrán los discípulos para afrontar su futuro con incomprensiones, críticas y persecuciones. No deben esperar tal valor simplemente por ser grupo, sino porque cada uno ha tenido su experiencia Pascual. En el evangelio de Juan el trato personal, claramente expresado en los diálogos, es el proceso que lleva a la conversión personal indispensable para formar comunidad. Esta tiene como finalidad seguir impulsando el diálogo personal. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor (caridad, ágape) unos para con otros» (Jn 13:35). Luego de la muerte de Jesús, la comunidad encontrará su fuerza no en la presencia física de Jesús sino en el “pan de vida”, en sus celebraciones eucarísticas. Las tempestades y mares permanecen pero el temor resulta vencido.