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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 06 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 6:60-69, sábado, mayo 6 de 2017

El evangelio de hoy sitúa el debate sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún. Siendo la escuela de la época, en semana especialmente para instrucción de los niños y en sábado para instrucción y culto de los adultos, era el lugar adecuado para los temas religiosos, pues la educación no abarcaba más que la Torah (sabiduría judía) . Seguramente muchos otros debates de los cristianos y judíos se dieron en las sinagogas, pues los cristianos muy tardíamente tuvieron lugares abiertos de celebración, ya en la época constantiniana. La enseñanza sobre el pan de vida es respondida con escepticismo y Jesús les habla de algo más “escandaloso” como sería ver al Hijo del hombre subir a donde estaba antes. El subir, en Juan, no es otro que ser levantado en la cruz para acreditar sus enseñanzas y dar realidad a la Eucaristía (lanzada en el costado). Entonces entrega su Espíritu que es el que les dará la vida. Los judíos seguían pensando en pan como el maná, como Nicodemo lo estuvo del cuerpo material que no podía renacer. En ambos acude Jesús al Espíritu, que al contrario de la carne limitada, puede dar renacimiento y vida eterna. Siempre Juan nos mantiene en ese movimiento zigzagueante, en ese ir y venir del espíritu y la materia (carne) evitando que nos desliguemos de ninguno de los dos. Para algunos comentaristas de Juan, cuando dice carne y espíritu, simplemente separa en dos lo que es uno (la figura literaria se llama endíadis) para no utilizar “carne espiritualizada” o “espíritu encarnado”. Esta era la idea de ser humano engendrado por soplo divino del Génesis.

Muchos discípulos dejan a Jesús e incluso teme que lo hagan “los doce”. La razón es que no son llamados por el Padre y Jesús sabía quiénes eran los que no creían. Este tema ha provocado mucha tinta derramada. Juan y Pablo buscan una explicación que en algo nos ilumina. Para Juan la causa de no creer en Jesús es el amor humano a la oscuridad para no conocer ni que se conozcan los actos del no creyente. Para Pablo es el apego a las pasiones humanas o en otras palabras el egoísmo: sin fe en Jesús manipulamos más fácilmente a los demás para nuestro propio beneficio. Pero la pregunta por la predestinación no tardó en aparecer especialmente con Agustín y Calvino, incluso atribuyéndola a Pablo por algún influjo sectario heredado del judaísmo. Pero un Dios que predestina férreamente no puede ser amado y difícilmente aceptado. El único predestinado fue Jesús y predestinado a la salvación de todos; esa fue la voluntad del Padre. Sobre los seres humanos nada sabemos ni necesitamos saberlo para vivir el evangelio. No quiere la muerte del pecador y quiere la salvación de todos, punto final de lo que nos dice la fe. De quienes rechazan a Jesús o no han oído de él solo podemos hacer especulaciones y ojalá misericordiosas; especulaciones a veces duras e inhumanas con intereses egoístas; no revelación. El Vaticano II deja el tema en lo desconocido de Dios y la fidelidad a la conciencia de la persona, lo cual no es poco. Nuestra sola responsabilidad moral es confrontarnos y confrontar a los demás con el evangelio y no condenar a quien no cree. La encarnación es la elección del ser humano entre todas las creaturas y aunque Jesús sea rechazado por muchos, acoge a todos. Cuando el Padre justifica a Cristo con la resurrección, justifica a toda la humanidad; la gracia sobreabunda más que el aire que todos respiramos.

A la pregunta de Jesús sobre el posible abandono de “los doce” responde Pedro como responde en los sinópticos sobre la identidad de Jesús. Nuevamente hay una zarandeada al estilo de Juan pues la razón que da Pedro no alude ni al maná, ni al pan de vida, ni a comer la carne y la sangre sino a la Palabra: «¡Tú tienes “palabras” de vida eterna!». Pero ya aquí no es exactamente la palabra (verbo, logos) que se ha encarnado sino algo más concreto (rema ) que es todo lo que han vivido al lado de Jesús. Eso los introduce en el misterio de la vida eterna ya desde ahora. Que Jesús supiera quien iba a entregarlo alude al conocido tema de Judas en los evangelios de quien no hay una visión uniforme. En el judaísmo un acto individual era poco significativo. No ponía el énfasis de la redención en la redención individual sino en el pueblo entero como fue el Exodo o liberación de Egipto. El mismo evangelio de Juan no le asigna mayor papel a Judas en la pasión, que en última instancia se reduce en los sinópticos a la entrega. Sin embargo destacan el arrepentimiento de Judas y se dan dos versiones de su muerte. «Fue y se ahorcó» (Mt 27:5) y «Precipitándose, reventó y todas sus entrañas se derramaron» (Hec 1:18). Judas podía ser la encarnación de la cizaña en el trigo, el pez no comestible de la pesca abundante, el malo para el que también sale el sol, el injusto sobre el cual igual cae la lluvia. Pero tal discreción de qué sea cizaña, pez no comestible, malo o injusto sólo pertenece a Dios según los evangelios por más escozor que nos cauce. No logran pues ubicar los creyentes a Judas. Con espíritu novelesco quisiéramos saber el informe forense, pero Judas es realmente un personaje secundario y más en el evangelio de Juan. En la Edad Media fue personaje de leyenda y a menudo pesa más esta literatura que el evangelio. Jesús es quien se entrega a sí mismo en el relato de la pasión de Juan y previamente nos ha dicho que el Padre mismo lo entregó al mundo por amor al mundo (cosmos). En el juicio no aparece Judas en ninguno de los episodios mientras sí aparece la negación de Pedro y la huida de los discípulos. Si la muerte de Jesús tuviera culpable regresamos a las religiones sacrificiales del “chivo expiatorio” y no del “cordero pascual”; al pago de la deuda y no a su condonación; al anti-semitismo y no al amor universal; a la muerte como castigo y no como máxima expresión de amor; al peor momento de Jesús y la humanidad y no a su mayor gloria y esperanza para la misma humanidad. Jesús no muere a pesar de ser Dios sino precisamente porque lo era de una manera desconocida que es la revelación. En el pasado hubo debates llenos de sutilezas sobre la participación de Judas en la última cena. En el relato de Lucas todos se preguntan entre ellos quien podría entregar a Jesús y es posterior a la cena el anuncio de la traición. El mismo nombre que le han dado las Escrituras ha tenido interpretaciones ambiguas. Judas como nombre genérico de judío. Iscariote como integrante de una facción de luchadores violentos contra la invasión romana. Su mención en las cuatro listas de apóstoles como el último y estigmatizado. También el que reconoce la inocencia de Jesús: «He pecado entregando sangre inocente» (Mt 27:4).