Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 13 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En el judaísmo no existía propiamente la palabra “familia”. La unidad básica social es designada como “casa del padre” (Gn 24:38). El derecho patriarcal abarcaba la vida misma de los hijos e hijas y sus deberes hacia ellos eran básicamente religiosos: circuncisión y enseñanza de la Torah. Decidían sus matrimonios y la mera declaración del varón le asignaba la paternidad sin necesidad de pruebas. El título de padre como honorífico era desconocido y solamente aplicable a los tres patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob quienes sería “los padres del mundo”. Los cristianos utilizarán “padres apostólicos” y “padres de la Iglesia” con el sentido honorífico tardío que se daba a algunos rabinos. Yahvéh era padre de todo el pueblo y nunca de un individuo en particular. Un eco de esto podemos verlo en la recomendación de Jesús a sus seguidores: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6:36), igualmente en la oración del Padrenuestro. Pero Jesús nunca llama a Dios padre de Israel, como si lo fuera de esta familia particular y habla de Dios como “mi padre”. Es a través de la relación con Jesús como “hermano” como se accede a Dios como Padre, no al contrario como se daba en la afirmación judía. En otras palabras, todo hombre es hijo de Dios a condición de que se haga hermano de Jesús. Es una paternidad o filialidad surgida de la fe. Cuando Jesús afirma que era antes que Abrahán estaría alegando una paternidad anterior o superior. El credo de Nicea establece la identidad de la sustancia (homooúsios en griego) entre el Padre y el Hijo y enfatiza que el Hijo no es creado sino engendrado como se consigna en el Credo. El término originó sus debates por la forma como entonces se entendía la paternidad. En el segundo Concilio de Constantinopla de asigna al Padre, al Hijo y el Espíritu el carácter de persona (prosopon, hypostasis en griego) los tres compartiendo la misma substancia.


Juan 14:7-14, sábado, mayo 13 de 2017

En el judaísmo no existía propiamente la palabra “familia”. La unidad básica social es designada como “casa del padre” (Gn 24:38). El derecho patriarcal abarcaba la vida misma de los hijos e hijas y sus deberes hacia ellos eran básicamente religiosos: circuncisión y enseñanza de la Torah. Decidían sus matrimonios y la mera declaración del varón le asignaba la paternidad sin necesidad de pruebas. El título de padre como honorífico era desconocido y solamente aplicable a los tres patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob quienes sería “los padres del mundo”. Los cristianos utilizarán “padres apostólicos” y “padres de la Iglesia” con el sentido honorífico tardío que se daba a algunos rabinos. Yahvéh era padre de todo el pueblo y nunca de un individuo en particular. Un eco de esto podemos verlo en la recomendación de Jesús a sus seguidores: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6:36), igualmente en la oración del Padrenuestro. Pero Jesús nunca llama a Dios padre de Israel, como si lo fuera de esta familia particular y habla de Dios como “mi padre”. Es a través de la relación con Jesús como “hermano” como se accede a Dios como Padre, no al contrario como se daba en la afirmación judía. En otras palabras, todo hombre es hijo de Dios a condición de que se haga hermano de Jesús. Es una paternidad o filialidad surgida de la fe. Cuando Jesús afirma que era antes que Abrahán estaría alegando una paternidad anterior o superior. El credo de Nicea establece la identidad de la sustancia (homooúsios en griego) entre el Padre y el Hijo y enfatiza que el Hijo no es creado sino engendrado como se consigna en el Credo. El término originó sus debates por la forma como entonces se entendía la paternidad. En el segundo Concilio de Constantinopla de asigna al Padre, al Hijo y el Espíritu el carácter de persona (prosopon, hypostasis en griego) los tres compartiendo la misma substancia.

Sin embargo, al presentar a Leví, como origen de la tribu encargada del culto y la enseñanza religiosa, se desconoce su ascendencia lo mismo que Melquisedec quien es presentado como sin padre ni madre, ni genealogía en la carta a los hebreos. En el Antiguo Testamento se le presenta como rey de Salem. Lógicamente la palabra padre es usada en sentido literal y figurado en la Biblia, en sentido religioso y profano. En sentido religioso no es exclusiva de la Biblia pues se encuentra en otras religiones también. Pero no se le da el carácter biológico o fisiológico de las mitologías de los pueblos vecinos (dios que engendra a los hombres) sino que la paternidad de Yahvéh se basa en la elección gratuita de un pueblo, precisamente cuando estaba más diezmado y en dificultades; cuando vaga por el desierto y llega al Oasis de Kadesh-Barnea donde es encontrado por Yahvéh.

El desafío contemporáneo a las imágenes de Dios es que necesitamos expresar que no hay un sexo (padre-madre), raza (judía o europea), clase social, o cualquier otro grupo particular que pueda expresar la imagen y semejanza divina mejor que otro. En el Antiguo Testamento el profeta Isaías propone una mujer en trance de parto como imagen de Yahvéh: «Como parturienta grito, resoplo y jadeo entrecortadamente» (Is 42:14). La función innovadora de los profetas es tan necesaria en el judaísmo como lo es hoy en el cristianismo, aunque la suerte del profeta ha sido siempre dolorosa. Según Jeremías el falso profeta es el que oculta la injusticia y el verdadero profeta el que la denuncia. El padre, como metáfora, es parte del lenguaje humano en el cual se comunica la Biblia. “Las palabras de Dios, al ser expresadas por lenguas humanas, se hicieron semejantes a la manera humana de hablar, así como un día la Palabra del eterno Padre se hizo semejante a los hombres, asumiendo la carne de la debilidad humana” (Vaticano II, Constitución sobre la Revelación divina, Dei Verbum # 13). Padre se ubica en las escrituras al lado de otra gran cantidad de metáforas para hablar de Dios. De hecho podemos contar cerca de 100 nombres dados a Cristo en el Nuevo Testamento y cerca de 45 para el Espíritu en toda la Biblia. Las definiciones únicas son del campo de las ciencias, no de las religiones. “Dios no es un nombre propio, sino un nombre común. Su significado no tiene un contenido único, sino contenidos múltiples e infinitamente variados. Es un nombre que cobija innumerables concepciones e imágenes ”. De hecho la encarnación, el hacerse humano de Dios, es lo que nos permite utilizar con cierta libertad las imágenes alegóricas, metafóricas para Dios, relacionadas con la vida diaria, con las relaciones humanas, con el lenguaje original hebreo y griego y con cualquier lenguaje contemporáneo. Hacer aparecer lo que es innombrable y divino, como nombrable y humano ya era una forma de revelación en el judaísmo. El evangelio que más utiliza la imagen de Padre e hijo para Dios, Jesús y los creyentes, es precisamente el evangelio que más cualifica el ser Padre de Dios como diferente del ordinario de la tierra; el modo de ser hijo de Jesús nos hace menos dependientes de la idea patriarcal judía. Podríamos decir que enseña una nueva y novedosa forma de ser padre aquí en la tierra para que el mensaje de Jesús tenga sentido; así como una nueva forma de ser hijo. En otras palabras, que el Hijo enseña al Padre Dios la manera de ser Padre y el Padre enseña el Hijo la manera de ser Hijo. Ambos se enriquecen con la encarnación del logos (verbo, palabra). En los evangelios de Mateo y Lucas es la encarnación milagrosa por el Espíritu en María la que le da el carácter de divinidad a Jesús; en Juan es la Palabra eterna. De ambas maneras se nos dice que la palabra de Jesús es para este mundo pero no surge de este mundo porque nos dejaría sin esperanza de superar este mundo. Nadie se salva por las valiosas palabras de los científicos, ni las creativas de los literatos, ni las sublimes de los poetas; pero las de Jesús pueden resonar en todas ellas para quien cree. En la teología de los Padre Griegos de la Iglesia, late siempre la inquietud de evitar las estructuras dominantes o subordinadas de la Trinidad y del creyente como imagen de la Trinidad. Así, excluyen toda suerte de subordinación entre las personas, toda suerte de papel predeterminado, toda suerte de reducción de las personas a la uniformidad. Como bien lo dice el teólogo Karl Barth, la paternidad divina no es simplemente el reflejo de la experiencia humana sino mejor un desafío, al más profundo nivel para las proyecciones humanas de autoridad y dominio. La paternidad en Juan (igual la filialidad), terminan en la razón última de todo su evangelio: que Dios es indefinible y si tuviéramos que definirlo, no nos sirve otro elemento diferente al multifacético amor. «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4:8). Contrario al mundo greco-romano en el cual el padre de familia detenta el poder de vida y muerte sobre los miembros de la familia, el poder del Padre en el evangelio de Juan es entregar su hijo al mundo por amor al mundo (cosmos). En vez de mantener o aumentar su poder, por el contrario, lo entrega sin medida hasta que no quedándole más, da su vida y deja su Espíritu. Imágenes exclusivistas de Dios, pueden estar más cerca de la idolatría que del evangelio.