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Pistas para la homilía

  •   Domingo Junio 11 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad. En ella celebramos que Dios, en su misterio más hondo, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta confesión de fe es el punto de llegada de la auto-manifestación de Dios a la humanidad. En su II Carta a los Corintios, san Pablo escribe una síntesis formidable del misterio trinitario: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. Este texto ha sido incorporado a la liturgia como el saludo que el sacerdote dirige a la comunidad que participa en la eucaristía.


La Iglesia da testimonio de Dios trino y uno

Lecturas:

- Éxodo 34, 4b-6. 8-9
- II Carta de san Pablo a los Corintios 13, 11-13
- Juan 3, 16-18

Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad. En ella celebramos que Dios, en su misterio más hondo, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta confesión de fe es el punto de llegada de la auto-manifestación de Dios a la humanidad. En su II Carta a los Corintios, san Pablo escribe una síntesis formidable del misterio trinitario: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. Este texto ha sido incorporado a la liturgia como el saludo que el sacerdote dirige a la comunidad que participa en la eucaristía.

Este largo camino de la revelación del misterio trinitario tiene un punto de partida muy preciso, que es la Alianza que Yahvé establece con Abrahán, un pastor nómada. Antes de Abrahán, los seres humanos expresaban su búsqueda de la trascendencia mediante ofrendas y sacrificios a las fuerzas de la naturaleza (el sol, la luna, el rayo, etc.) para obtener su benevolencia. Eran muchos dioses que frecuentemente peleaban entre ellos por el poder y la hegemonía, y que implicaban a los seres humanos en sus conflictos. El Dios de la Alianza, que se auto-manifiesta a Abrahán y a sus descendientes, es personal, trascendente, único, misericordioso, y exige exclusividad: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. En el pasaje del libro del Éxodo que acabamos de escuchar, Yahvé le dice a Moisés: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Hay un abismo entre el Dios de la Alianza y las divinidades de los pueblos que rodeaban a Israel, como Baal demás divinidades del panteón cananeo.

Esta auto-manifestación de Dios a Israel, que se lleva cabo en la trama de los acontecimientos históricos, es gradual; poco a poco va manifestando quién es y cuál es su plan de salvación. Esto se dio a lo largo de los siglos e innumerables peripecias, porque era un pueblo terco, ambicioso, que miraba con nostalgia las viejas divinidades y los sacrificios de los sacerdotes de estas religiones.

En esta historia se anuncia la presencia de un Mesías o Ungido, descendiente del rey David, y que traería la liberación de Israel. El anuncio del Mesías generaría todo tipo de expectativas asociadas con el poder y la gloria. Pero el plan de Dios era muy diferente de las expectativas humanas. La liberación de Israel y de la humanidad no se realizaría mediante ejércitos victoriosos, aclamados por el pueblo; la liberación tendría como escenario la cruz de los condenados a muerte.

Esta modalidad de la auto-manifestación de Dios, que era absolutamente inimaginable para los seres humanos, es expresada elocuentemente por san Juan en su Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Ese Mesías, esperado ardientemente por el pueblo de Israel, es el Hijo eterno del Padre que se despoja de los atributos de su divinidad, para asumir nuestra condición humana. Es Jesucristo, revelador del Padre, a quien confesamos como nuestro Señor y Salvador.

A través de sus parábolas, Jesús nos va descubriendo el misterio de Dios Padre. En sus expresiones, que escandalizaron a sus contemporáneos, nos habla de la relación especialísima entre Él y el Padre; quien lo conoce a Él, conoce también al Padre.

A medida que se aproxima el drama de la pasión, Jesús va multiplicando sus referencias al Espíritu Santo Consolador que acompañará al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, en su peregrinar a través de la historia. Los discípulos escuchaban con perplejidad estas referencias de Jesús sobre el Padre y el Espíritu Santo. Todo esto tendrá sentido después de la resurrección, cuando hayan recibido los dones del Espíritu Santo.

La inteligencia humana trata de expresar, a través de diversas metáforas, el misterio de Dios trino y uno. Se trata de torpes intentos por expresar lo inexpresable. Mientras más avancemos en el conocimiento de la Persona y de las enseñanzas de Jesús, que es camino, verdad y vida, más auténticamente podremos alabar y adorar el misterio de Dios trino y uno, que está presente en lo más profundo de nuestro ser.

Nuestra participación en la Pascua de Cristo empieza cuando somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, siguiendo el mandato de Jesús poco antes de su Ascensión a los cielos. Cada día iniciamos nuestras actividades haciendo la señal de la cruz “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

La acción evangelizadora de la Iglesia, al mismo tiempo que favorece la expresión de la diversidad de carismas y vocaciones suscitadas por el Espíritu Santo en el pueblo de Dios, debe dar testimonio de unidad en medio de la diversidad. Por eso es tan escandalosa la división de las Iglesias. Los bautizados debemos superar las heridas del pasado para trabajar por la reconciliación, que se da en varios niveles: con nosotros mismos, con nuestros hermanos, con la naturaleza y con Dios. Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos motive a trabajar por la unidad de la Iglesia y de la humanidad, reconociendo la infinita diversidad de contextos y situaciones.