Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Cielo nuevo y tierra nueva (Apocalipsis 21 y 22)

  •   Domingo Noviembre 11 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

En el penúltimo capítulo se nos habla de una ciudad nueva, la nueva Jerusalén, de una novia engalanada para su esposo y de una tienda de campaña. Es el momento de volvernos más trascendentes y leer con atención todo el texto. Sin duda, de estas comparaciones, alguna nos será más significativa.

De entrada se nos invita a contemplar con alegría cómo al final de los tiempos Dios hace nuevas todas las cosas. Es decir, este mundo no se acabará, se transformará como dice bellamente un prefacio del misal. Sin duda, este anuncio nos llena de una gran curiosidad: ¿Cómo será todo esto?
Una comparación. Si una mamá pudiera hablar en su seno, con su hijito aún sin nacer y le contará todo lo irá a ver luego: el sol, la luna, las estrellas, los aviones, los árboles, las personas, las casas, los ríos, los colores, etc.: ¿Qué le respondería el bebé. Tal vez: “mamá no entiendo nada de lo que me dices, pero creo en ti. Espero que cuando nazca, pueda gozar de todo esto”.

Es seguro que se nos abrirá la curiosidad sobre qué novedad nos presentan estos dos últimos capítulos, tan mencionados por los místicos y los biblistas: ¿Cómo responderán a nuestras grandes inquietudes ecológicas, filosóficas y religiosas o teológicas?

Entre los documentos del Concilio Vaticano II se nos ofrece uno sobre la Iglesia en el mundo actual, conocido como la Constitución Pastoral Gaudium et Spes. El capítulo III sobre la Vida Económico-Social, sin duda, está muy emparentado con la Ecología. Pero antes, los números 38 y 39 nos hablan de los valores humanos asumidos por Dios y que dan culmen a la actividad del hombre. Podríamos tomarlos como una invitación a profundizar los grandes interrogantes nuestros: ¿Qué pasará con este mundo? ¿Se destruirá del todo? ¿No quedará nada? ¿Se transformará?

Cuando se describe la ciudad, nos sentimos como en una película, pues la nueva Jerusalén aparece resplandeciente, deslumbrante. Está descrita por medio de 12 piedras preciosas (Ap 21,18-20). La ingeniería con que está levantada es de lo más perfecta. Todas las dimensiones parecen escritas como para descrestar. Incluso se afirma que ya no habrá templo ni mediación alguna. Las mediaciones para construir un pueblo no existen (sacrificios, templo, clero, rey, policía, leyes, etc.). Dios está en todo y todo en él.

En sólo 6 versículos se menciona 3 veces al Cordero, a Jesús resucitado (v.22, 23 y 27), resaltando así la importancia de la Resurrección. El último capítulo comienza con esta bella imagen: “Me mostró entonces el ángel un río de agua que da vida, transparente como el cristal, que salí del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a uno y otro lado del río, había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones” (Ap 22,1-2).

Si recordamos una descripción del río que sale del templo de Ezequiel 47, nos inundará a nosotros un torrente de espiritualidad y será una invitación para relacionar más ecología y espiritualidad, gracias a estos dos libros.

Enseguida el Apocalipsis nos envía a seguir anunciando este mensaje. Sin importarnos cómo la vida continúe, hay que seguir luchando para no decaer de los ideales, en nuestro caso, de la lucha por un mundo ecológicamente sano de acuerdo con los ideales del Reino proclamado por Jesús.

El libro termina con una oración de petición al Señor para que vuelva pronto. El Espíritu y Cristo dicen: Ven. El que escucha (nosotros) respondemos: Ven.