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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Marzo 03 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

¿Quién no ha visto películas sobre Moisés? Su vida está llena de enseñanzas. Hoy la primera lectura nos recuerda algunas. ¿Cuando escuchamos ESCLAVITUD, OPRESION, en qué pensamos? ¿Le encontramos alguna relación con los problemas ecológicos actuales?

Del conocido documento Sanar en un Mundo Herido tomamos algunos datos sobre África, escenario donde se desarrolló el Éxodo en tiempos de Moisés:.

“Para la mayor parte de África, la agricultura es la principal actividad económica y ofrece sustento y empleo hasta un 70% de la población. Particularmente en África central y meridional, las industrias extractoras – dirigidas por empresas multinacionales – están más interesadas en los minerales que en bienestar de la gente o el medio ambiente. Comunidades enteras son desplazadas con frecuencia a fin de despejar el camino a las industrias mineras, deteriorando de modo permanente los vínculos culturales y espirituales de las personas con la tierra de sus antepasados, a cambio de una compensación insuficiente por la destrucción de sus medios de vida.” (pag. 20).

Más adelante mencionan las hambrunas, de las cuales Unicef se ha hecho eco: los niños en especial están siendo víctimas. Se calculaba para mediados del 2011, la cifra de medio millón en riesgo inminente de morir en el Cuerno de África.
Retrocedamos más de 3200 años al norte de este continente a otra situación de hambre. Los israelitas hacia el 1.300 a.C. se habían convertido en un pueblo muy numeroso. La hija del faraón educa a Moisés en palacio con todo esmero.

Ya mayor, un día al visitar a su pueblo, encuentra a un egipcio maltratando a un israelita y lo mata. Al día siguiente ve a dos de su raza peleando y los reprende. Respuesta bien grosera: No sea sapo! Ya sabemos que mataste a un egipcio. Son dos experiencias bien duras: matar a un ser humano y chocarse con la dificultad de concientizar a su gente. Las estamos viviendo en Colombia.

Moisés decide escapar y huye a Madián. Allí, defendió a la hija de un sacerdote de unos pastores agresivos. Como recompensa el papá de ella lo recibió en casa. Se enamoró de la muchacha, se casaron y tuvieron un hijo, a quien llamaron Guerson, que significa “soy extranjero en tierra extraña”.
Pasó el tiempo. Murió aquel el faraón. La esclavitud de los israelitas empeoró. El Dios de sus padres escuchó los gritos de los oprimidos: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias” (Ex 3,7). Se le apareció a Moisés en la zarza y le ordenó ir al nuevo faraón.

La respuesta del Señor, a la pregunta de quién le hablaba, la conocemos: Soy Yahvé. Algunas traducciones de tipo filosófico dicen “Yo soy el que soy”, cuando sería mejor el semita “Yo soy el que estoy aquí para defender a mi pueblo”. Enseguida empodera a Moisés, para mandar las plagas y convencer al faraón. El tirano sólo con la última plaga da su consentimiento para que salgan.

Recordemos una de las escenas más ecológicas de esa salida: Son alimentado con el maná y codornices (Ex 16, 1-20). Sólo se les permitía coger lo que necesitaban cada día. Con todo, “algunos no le obedecieron y guardaron algo para el día siguiente, pero se les llenó de gusanos y se pudrió“ (v. 20). Qué enseñanza tan grande sobre la avaricia para quienes no comparten el pan.

Pensar a cuál de las esclavitudes ecológicas de nuestro pueblo le voy a poner más atención en adelante. ¿En dónde mi ayuda pueda ser más significativa? ¿Me preocupa el hambre de mis hermanos y comparto con ellos?