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“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 1-3, 11-32)

  •   Domingo Marzo 10 de 2013
  •   Guión para la Radio
  •    José Martínez De Toda, S.J.

Moderador/a: Buenos días. Estamos aquí en el Estudio… (Se presentan los participantes).

El Evangelio del domingo de hoy presenta el drama de una familia rota y dividida, pero alguien se esfuerza por unirla. ¿Quién será? Escuchémoslo.

Lectura del santo evangelio según San Lucas (Lc 15, 1-3, 11-32)

NARRADOR/A – En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:

FARISEOS – Ese acoge a los pecadores y come con ellos.

NARRADOR/A – Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:

HIJO PRÓDIGO – Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.

NARRADOR/A – El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos.

Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo:

HIJO PRÓDIGO – ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré:

"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

NARRADOR/A – Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:

HIJO PRÓDIGO – Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.

NARRADOR/A – Pero el padre, dijo a sus criados:

PADRE – Saquen en seguida el mejor traje, y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.

NARRADOR/A – Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó:

CRIADO – Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.

NARRADOR/A – Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:

HIJO MAYOR – Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

NARRADOR/A – El padre le dijo:

PADRE – Mi pequeño, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo:

deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Pregunta 1 – La parábola del Hijo Pródigo es muy bonita, pero desconcertante: el padre perdona, pero ese perdón crea malestar. El hijo mayor reclama: "Eso no es justo. Ese hijo no debería haber sido readmitido en casa." ¿Qué tipo de familia era?

Se trata de una familia constituida por un padre buenísimo y sus dos hijos egoístas.

Al hijo menor se le ocurrió reclamar su parte de la herencia. Y su padre se la da, aunque típicamente, los hijos reciben él total de su herencia después de la muerte del padre.

El padre podía repartir parte o toda su herencia antes de su muerte. Pero en ese caso, la iniciativa era del padre, no del hijo. Y si un hijo recibía su herencia antes de la muerte del padre, el hijo se quedaba en casa para atenderlo en su ancianidad.

Tampoco podía vender la tierra de los antepasados. Sin embargo, este hijo menor recibe su herencia y la vende toda unos días después para tenerlo todo en efectivo e irse.

Pregunta 2 – ¿Cuánto le tocaba al hijo menor?

Si hay dos hijos, la propiedad se divide en tres partes: dos van al hijo mayor, y la tercera va al hijo menor (Deuteronomio 21:17).

Ya fuera de casa, el hijo menor fue pródigo, es decir, derrochador, como un nuevo rico. Y cuando gastó todo, el hambre le obligó hasta cuidar cerdos (animales impuros para los judíos) y a querer comer lo que a ellos les daban.

Pregunta 3 – ¿Qué solución se le ocurre para salir del hambre?

Él se acuerda de su casa: "Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen de sobra para comer y yo aquí me muero de hambre. Me levantaré y volveré".

Lo único que le preocupa es cómo satisfacer su hambre.

Prepara un discurso calculado: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

No pretende ser criado o esclavo, que le obligaría a vivir más cerca de su padre. Además el jornalero tiene más libertad para ser contratado por otros amos.

Un día su padre lo vio de lejos, y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y le dio un largo beso. Su hijo comenzó su discurso. Pero el padre lo interrumpió, diciendo a sus criados:

- “Saquen en seguida el mejor traje, y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y así recibió a su hijo, sin pedir cuentas ni poner condiciones, sin una recriminación ni un reproche, invitando a jornaleros y vecinos, pues un becerro da para muchos invitados.

(El verdadero perdón conduce siempre a la alegría).

Pregunta 4 – ¿Cómo era el hijo mayor?

Trabaja con su padre, pero le reclama:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

Es decir, no se considera como hijo, sino como un trabajador mal pagado. No le llama “padre”. Vive en casa del padre, pero está lejos de él en su corazón.
Echa de menos a sus amigos, pero no a su hermano, a quien llama tu hijo.
Su padre le contesta con mucha ternura:

- “Mi pequeño, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”.

Pregunta 5 – ¿Qué pretende Jesús con esta parábola?

Va dirigida a los fariseos, que se consideraban personas de bien, y criticaban a Jesús por andar demasiado entre pecadores. Jesús les recuerda que todos somos pecadores, que Él ha venido precisamente a salvar a los pecadores, que todos necesitamos arrepentirnos y volver a la casa del padre.

Además no basta con obedecer, servir y guardar los mandamientos. Hace falta amar al padre y al hermano, sobre todo si éste se halla en problemas; y no vivir con amargura, orgullo, egoísmo, resentimiento, celos y envidia.

Pregunta 6 – ¿A quién representa el padre?

El padre personifica el amor de Dios, perdonador y generoso, con una misericordia incondicional, abierta, ilimitada. El amor de Dios es infinito, gratuito, no pide explicaciones, siempre nos recibe alegre con los brazos abiertos… corre, nos abraza y nos cubre de besos.

Si te regalan un billete de dinero todo sucio y raído, tú, seguro que lo aceptarás inmediatamente.

Así hace Dios con nosotros. Nos acepta como seamos. No hace diferencia. Él nos recibe, como si fuéramos un billete de dinero todo nuevo y estirado.

Nuestra mayor alegría es saber que somos HIJOS de Dios, y que Él nos ama.
Éste es el mejor retrato de Dios que la Biblia nos ha dejado. El centro de la parábola no son los hijos sino el padre, que quiere restaurar a la familia que se ha roto.

Dios vive tu drama de padre y madre, que a las seis de la mañana del domingo, ves que tu hijo o hija no ha vuelto a casa. Miras por la ventana, estás atento a la puerta y no puedes dormir. Y cuando llega, ¡qué descanso y qué paz! Así es Dios.

Un catequista contó a sus alumnos esta parábola. Y al final preguntó: “En esta parábola todos sufren. Pero, ¿quién sufre el que más?” Un niño levantó rápido la mano y contestó: “El becerro”. Así es, y después el hijo mayor, que se quedó fuera durante la fiesta. Ni siquiera saboreó el becerro, que había ayudado a engordar. Sólo por envidia y rabia.

Despedida

Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Ahí nos espera papá Dios con los brazos abiertos y nos ofrece una fiesta alegre con los demás de la familia de Dios, especialmente con los más necesitados.