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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Abril 28 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Los textos del Apocalipsis de este domingo son riquísimos en contenido, aunque algunas partes no sean tan fáciles de interpretar. Para comenzar con un ejemplo: “El mar ya no existe” (Apoc. 21,1). Para quienes viven en las costas del mar Caribe, el mar es símbolo de cierta paz, de descanso y tranquilidad. Al menos mientras se entre a él con prudencia.

En las costas de Palestina, el mar era muy diferente. Se estrella contra acantilados y produce temor. Si se habla de que “ya no existe”, es señal, de lo contrario, es decir, de paz. Lo mismo sucede con “un cielo nuevo y una tierra nueva”, pues la primera tierra y el primer cielo habían desaparecido. Esta segunda tierra que ha desaparecido, por fortuna, está descrita con detalles impresionantes en los capítulos anteriores.

Para quienes conocen este libro, esos detalles son los cuatro jinetes, las siete trompetas, el dragón y las dos bestias, que son señales y símbolos con los que el libro se remite a las catástrofes veterotestamentarias y a la situación de la Roma Imperial, de esa nueva Babilonia, cuya caída se describe en el capítulo 18, excelente texto crítico y “anticapitalista”. En realidad, se habla de su “opulencia”, de sus navegantes y negociantes que engañaron y robaron a los demás pueblos.

La descripción siguiente de la situación, después del triunfo del Cordero, es bien optimista y diciente. Se dibuja a la nueva Jerusalén, “engalanada como una novia que se adorna para su esposo” (Apoc 21,2). Se la describe también como una tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres, pues Él “acampará con ellos y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos” (Apoc. 21,3). Es una situación donde no habrá lágrimas, ni muerte, ni luto, ni llanto, ni fatiga (Apoc 21,4).

Si seguimos leyendo este libro encontraremos nuevas comparaciones, como la de una ciudad geométricamente bien construida, con elementos valiosísimos como las doce piedras de gran valor, como regada con agua que da vida y renueva una tierra baldía hasta el punto de dar cosechas cada mes y producir alimentos y medicinas.

Es como si a una Colombia, país amenazado por cultivos de droga y por “locomotoras mineras”, dispuestas a destruir ecosistemas riquísimos y contaminar manantiales de agua y los ríos, por causas de la maldad humana que está produciendo en último término pobreza, desiertos, selvas destruidas, muerte y desolación… Es como si se le prometiera regresar a su prístino puesto de excelente en tierras, mares, aguas, fauna, peces y comunidades formadas por honestos y trabajadores campesinos, antes de que aparecieran las bestias del capitalismo salvaje, la guerrilla y los paramilitares.

El Evangelio nos presenta a Jesús, quien nos ofrece ese Reino de Dios para vivirlo ahora con el mandamiento nuevo que nos trae (Juan 13, 34). En otras palabras, que nos regala la Vida Eterna para vivirla, ya desde ahora, como un testimonio de que somos sus discípulos (Juan 13, 35) y eso, bien real por el amor que nos tenemos unos con otros.

Vida Eterna que será después de esta vida temporal - quizás en ocasiones más bien “destierro” - la Salvación Eterna, la Vida con Dios, en la Nueva Jerusalén, en los cielos nuevos y en la tierra nueva.

Una manera práctica de amar a los demás es luchando contra la plagas que acaban con la creación, como son la explotación no controlada, la ambición desmedida de las riquezas, el afán del enriquecimiento fácil, el predominio de la fuerza sobre la razón.