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Entusiasmo de la Iglesia misionera

  •   Domingo Abril 28 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:

- Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27
- Apocalipsis 21, 1-5ª
- Juan 13, 31-33ª. 34-35

• El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece, en la primera lectura que hemos escuchado, un estimulante cuadro de la Iglesia apostólica, que vive con pasión el mandato evangelizador que le confió el Señor resucitado. Pablo y Bernabé recorren las ciudades de Listra, Iconio, Antioquía, Panfilia, Perge y Atalía; sus nombres nos suenan extraños, pero eran ampliamente conocidas en su momento.

• Este texto de los Hechos de los Apóstoles nos testimonia la existencia de unas comunidades de fieles que experimentan la presencia del Resucitado en medio de ellas, y desean compartir con otros, judíos y paganos, esta vivencia que les cambió la vida. Para los cristianos de entonces, la experiencia del Resucitado no era para ser disfrutada dentro de unos grupos cerrados, sino una fuerza destinada a transformar el mundo. Por eso no se quedan esperando pasivamente que los vengan a buscar, sino que salen al encuentro de todos aquellos que quisieran escucharlos. La timidez no es su estilo; por el contrario, aprovechan todas las oportunidades para dar un testimonio entusiasta.

• Sus viajes apostólicos no eran unos placenteros paquetes turísticos con todo incluido, pues las condiciones de transporte eran precarias, y con frecuencia encontraban personas que rechazaban con agresividad el mensaje; ser evangelizadores suponía unos riesgos altos.

• ¿Qué hacían Pablo y Bernabé en sus correrías apostólicas? El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece elementos suficientes para reconstruir su agenda; la crónica nos cuenta que animaban y exhortaban a las comunidades, designaban presbíteros y oraban. En palabras nuestras, podríamos decir que el día lo dedicaban a sesiones de formación y motivación, espacios de oración y que iban creando la estructura organizacional que diera continuidad al trabajo que habían iniciado.

• Vale la pena destacar que el trabajo misionero no era solamente asumido por los apóstoles y los discípulos más cercanos al Señor; todos los miembros de la comunidad colaboraban, llevando a cabo diversas actividades de apoyo.

• Los cristianos de hoy debemos dirigir la mirada a la comunidad apostólica para contagiarnos de su vitalidad. Lamentablemente, tenemos que reconocer que carecemos de ese ímpetu evangelizador y que somos muy tímidos para hablar de nuestras convicciones más hondas. Pensemos, por ejemplo, en la actitud de muchos padres de familia, que creen que cumplen sus responsabilidades como educadores en la fe celebrando una hermosa fiesta de Primera Comunión; están convencidos de que con eso ya hicieron la tarea…

• El mandato evangelizador no es algo que se agotó en el tiempo como si estuviera dirigido exclusivamente a la primera generación de cristianos; debe seguir resonando hoy. La crisis de valores que agobia al mundo contemporáneo y que tiene múltiples expresiones – corrupción, violencia intrafamiliar y social, desprecio de la vida, etc. – nos está mostrando que el mundo necesita espiritualidad. Por eso los creyentes de hoy debemos asumir, con renovado entusiasmo, la tarea de evangelizar aquellos ambientes en los cuales desempeñamos nuestras actividades, como son la familia, el trabajo, los grupos con los que interactuamos. Es urgente que el mensaje cristiano revitalice a nuestras comunidades con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones. Muchos creyentes abandonan la Iglesia porque el consumismo materialista ahogó su sensibilidad espiritual; otros se sienten desilusionados por la mediocridad de sus sacerdotes y buscan en otros lugares lo que no encontraron en sus parroquias.

• Es importante que asumamos nuestra doble condición de discípulos y misioneros:

- Somos discípulos pues hemos sido llamados por el Señor para caminar junto a Él y acoger su propuesta del Reino; ser discípulos del Señor resucitado es comprometernos con su persona, avanzar en su conocimiento y expresar en hechos concretos la nueva vida que nos comunica.

- Ser misioneros significa que reconocemos que, mediante el bautismo, somos parte constitutiva de la comunidad de fe, y asumimos nuestra vocación de colaborar en la difusión de la buena noticia de Jesucristo.

- Ser discípulos y misioneros son dos aspectos inseparables de nuestra vocación cristiana, que gira alrededor de la Pascua del Señor.

• Los creyentes de hoy debemos dirigir nuestros ojos a las primeras comunidades cristianas que irradiaban energía y sentían la imperiosa necesidad de compartir con otros el tesoro que poseían, el Señor resucitado.