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La esperanza cristiana fortalece nuestro compromiso con la transformación de la sociedad

  •   Domingo Mayo 12 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:
- Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
- Carta de san Pablo a los Efesios 1, 17-23
- Lucas 24, 46-53

• Con la fiesta de la Ascensión culmina la vida terrena del Señor, que se inició con la encarnación; a lo largo del año litúrgico vamos siguiendo la infancia del Señor, que transcurre de manera discreta junto a José y María, su ministerio apostólico, y el clímax de su misión que lo constituyen su pasión, muerte y Resurrección.

• Cristo, triunfador de la muerte, inaugura un nuevo modo de vida en la gloria del Padre. La primera comunidad cristiana no vive con tristeza la Ascensión del Señor, pues entiende que no es una despedida, sino un nuevo modo de presencia. Por eso el evangelista Lucas nos dice que “ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios”.

• Cuando nosotros, cristianos del siglo XXI, leemos los textos del Nuevo Testamento, tenemos el peligro de segmentar o fragmentar la experiencia única de la Pascua como si fuera el ensamble de tres hechos diferentes: la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés. La Iglesia de los tres primeros siglos celebraba, de manera muy solemne, la Resurrección y Pentecostés, teniendo muy claro el horizonte teológico que articulaba la cincuentena pascual.

• Por las homilías pronunciadas por algunos Padres de la Iglesia, sabemos que, a finales del siglo IV, se fue consolidando la celebración de la Ascensión del Señor como una celebración especial, cuarenta días después de la Resurrección. Peregrinos del siglo IV narran, en sus crónicas, la afluencia de creyentes al Monte de los Olivos con el fin de visitar el lugar de la despedida del Resucitado. Es importante, pues, que subrayemos la totalidad de la experiencia pascual y dentro de ella ubiquemos las tres celebraciones litúrgicas de la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés.

• Cuando meditamos los misterios de la vida de Cristo a través del año litúrgico, tomamos conciencia del abismo que separa nuestra limitada condición de creaturas y la infinitud de Dios. Nuestra capacidad de comprensión es superada y nuestro lenguaje es inadecuado e impreciso. Solo nos queda adorar en silencio.

• Nuestra existencia tiene como escenario el espacio y el tiempo; el espacio tiene tres dimensiones, y el tiempo tiene tres referentes: el pasado, el presente y el futuro. Nuestra comprensión de la realidad tiene estos referentes; por eso nos sentimos desbordados cuando estas categorías quedan atrás:

- Al resucitar, Cristo no regresa al mundo de los vivos ni retoma el cuerpo material con el que recorrió los caminos y los pueblos de Judea y Galilea; es el mismo Jesús, pero diferente; no ha regresado al ayer histórico sino que ha inaugurado un modo de vida en la gloria del Padre, donde no hay tiempo ni espacio.

- Siendo conscientes de que no tenemos otra manera de pensar y de hablar que no sea la espacio-temporal, hagamos el esfuerzo de no caer en la tentación de querer hacer una lectura geográfica de la Ascensión del Señor como si fuera un simple cambio de residencia del Señor Resucitado, sino el paso a un estado diferente; algo semejante podemos decir del cielo y del infierno, que no son unos espacios físicos con una dotación muy particular, sino estados espirituales de presencia y ausencia de Dios. Reconozcamos que nuestras descripciones son torpes e inadecuadas.

• Esta meditación sobre el significado de la Ascensión, vista no como un acontecimiento que tenga sentido en sí mismo sino leído dentro del conjunto de la experiencia pascual, que culmina con la comunicación de los dones del Espíritu Santo, debe dejar una huella muy honda en la espiritualidad de los fieles:

- La Ascensión del Señor confirma la esperanza del cristiano, que mira el futuro con la esperanza cierta de no avanzar hacia un abismo de incertidumbre, sino hacia el encuentro definitivo con el Señor, que nos espera para gozar plenamente de la vida divina.

- En nuestra peregrinación hacia la casa del Padre, no estamos solos, pues el Señor sigue presente en su Iglesia y nos consuela la presencia del Espíritu Santo.

- Esta tensión hacia el futuro no puede significar un desprecio del presente, como si éste careciera de significación. En el relato de la escena de la Ascensión, que hemos leído en los Hechos de los Apóstoles, aparecen dos personajes vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”.

En las catequesis de la Iglesia, estas palabras se han interpretado como un llamado al compromiso de los fieles con su entorno, de manera que lo transformemos y hagamos presentes y operantes los principios inspiradores de la esperanza cristiana. El futuro empieza en el presente.