Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Mayo 19 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

En la primera lectura de la Vigilia de Pentecostés se nos presentó la narración de la Torre de Babel. Se habló de una ciudad, con una torre que llegaba hasta el cielo, construida para hacer famosos a sus dueños. El texto con cierta picardía coloca en seguida a Yahvé diciendo: “Y esto no es más que el comienzo de lo que van a hacer” (Hech 11, 6). Dejemos este texto hasta aquí, pero recordando que los 11 primeros capítulos del Génesis no son históricos, pero sí contienen historia. Una poesía al Bolívar que entra en las “alas” de la victoria a Santa Fe tampoco es un texto de historia, pero si contiene historia. Tanto Bolivar como Santa Fe son reales. En el texto citado, se trata del hombre empeñado en construir un mundo contrario a los planes de Dios.

Pentecostés es lo contrario: la manifestación de Jesús invitando a los discípulos a actuar con humildad con el fin de vivir la reconciliación y la verdadera la unidad entre el género humano, comenzando por la reconciliación: “Reciban al Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Juan 20,23) y añadiéndoles la posibilidad de que sus ministros pongan un Stop a quienes les falten las condiciones necesarias para recibir el perdón.

Jesús antes había saludado a sus discípulos con su consigna: “Les traigo la paz!”. Consigna que incluso en seguida la vuelve a repetir. Una paz que pronto se hizo patente en la forma como habitantes de pueblos tan diversos (judíos, romanos, frigios, capadocios, asiáticos, cirenaicos, etc.) se entendían y hablan un solo idioma: “A todos los oímos hablar en nuestras lenguas de las grandezas de Dios” (Hechos, 2,11).

Si nos atenemos sólo al campo ecológico, el análisis de esta verdadera Torre de Humanidad, nos presenta denuncias y mensajes valiosos!

Comencemos con la denuncia, aplicable a la realidad actual. Es contra una torre que quiere llegar hasta el cielo, que en nuestro caso es el Capitalismo salvaje. Una economía que sólo piensa en el lucro y en hablar un mismo lenguaje, como los de Babel. Nos referimos al lenguaje de la Competencia, del Individualismo, de la Acumulación de riquezas. Este lenguaje se disfrazará de Desarrollo, de Progreso ilimitado, incluso de “locomotora minera” entre nosotros. Pero es el de un mundo construido a espaldas de Dios Creador y del hombre co-creador.

En Inglaterra, madre del capitalismo industrial, Linn White acusó a la fe cristiana de provocar la degradación ecológica, enarbolando el “dominad la tierra”, del Génesis. Pero se olvidó de un detallito: en tiempos del Antiguo Testamento y hasta una época reciente, el enemigo era la naturaleza agresiva de los rayos, los tigres, los leones, las inundaciones, etc. Hoy, en cambio, el enemigo es el hombre disfrazado de ejecutivo y con un maletín en la mano, donde lleva proyectos destructores de las selvas tropicales, de los páramos, de los ríos, de las reservas indígenas o campesinas.

Escuchemos ahora un gran Mensaje: Quiero la Paz! Les mandó a sus seguidores a construir la paz entre los hombres. Y por su relación con éste, podemos afirmar que comenzando con el respeto a la naturaleza. No se trata evidentemente de una ecología romántica, sino fundada más en la sabiduría que en la técnica. La absolutización de esta última ha permitido un dominio destructor de la naturaleza con fines financieros.

Pero se trata también de una Ecología asentada en motivos teológicos y bíblicos. La razón está en la comunicación del amor trinitario de Dios, a través de la Creación. Las reflexiones ecoteológicas nos han llevado a rechazar y afirmar a la vez dos verdades: “Ya no está en el centro la diferenciación entre Dios y el mundo, sino el reconocimiento de la presencia de Dios en el mundo y la presencia del mundo en Dios. Nuestro Dios es un Dios ecológico” (Cfr. Vieira Tarcisio Pedro, “Nuestro Dios: un Dios Ecológico”, ed. S.Pablo, pag.58).

En estos días se ha canonizado a una mujer colombiana, la Madre Laura Montoya. Quienes hayan leído su Autobiografía y demás obras de esta campesina nacida en Jericó, Antioquia, no podrán negar que se trata de una mujer excepcional. Laura es una valerosa misionera, una amante de los pobres y en concreto de los indígenas, una gran escritora y poeta, una enamorada de la naturaleza.

Démosle gracias al Señor por este regalo para nuestra América Latina, tan necesitada de personas con generosidad frente a los ataques a las comunidades indígenas, no solo de guerrilleros y paras, sino también de elegantes ejecutivos de empresas transnacionales, tanto mineras como petroleras.