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La Trinidad presente en la Iglesia

  •   Domingo Mayo 26 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:

- Libro de los Proverbios 8, 22-31
- Carta de san Pablo a los Romanos 5, 1-5
- Juan 16, 12-15

• Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad. Como punto de partida para esta meditación, tengamos presente que toda la vida del cristiano está enmarcada por la invocación a la Trinidad, desde el momento en que iniciamos el camino de la fe en las aguas bautismales, y el sacerdote nos bautizó “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, cumpliendo así el mandato del Señor Resucitado, hasta la despedida de este mundo, cuando en las exequias el sacerdote pronuncie la bendición final. La invocación de la Trinidad marca el comienzo y el fin de nuestra existencia, así como cada actividad que realizamos.

• La automanifestación de Dios en su ser trinitario constituye el punto más alto de la revelación. Recordemos que la historia de salvación es un proceso de comunicación gradual de Dios; en el pueblo de Israel, Dios se expresó a través de los acontecimientos de la historia y contó con la colaboración de vigorosos personajes del Antiguo Testamento como fueron los patriarcas, los profetas y otros líderes espirituales de la comunidad.

• Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la Palabra eterna de Dios se hizo hombre. En su ministerio apostólico, Jesús fue comunicando, con gran sentido pedagógico, quién era Él, cuál era la misión que había recibido del Padre, cómo se llevaría a cabo la obra redentora, qué tipo de relación existía entre Él y el Padre; hacia el final de su actividad apostólica, cuando se acercaba a su pasión y muerte, les anuncia que les enviará el Espíritu Santo. Muchas de las enseñanzas del Señor fueron entendidas a medias por sus discípulos y hasta tergiversadas, porque ellos tenían unas expectativas no muy espirituales sobre el orden nuevo que instauraría el Maestro.

• A lo largo de su vida apostólica, Jesús fue revelando gradualmente el misterio de Dios. Leyendo los Sinópticos, el evangelio de Juan y los escritos de Pablo encontramos expresiones muy hondas. A manera de ejemplo, recordemos algunas de estas afirmaciones: Jesús aprueba la confesión de Pedro, que no solo lo reconoce como Mesías, sino que lo confiesa como el Hijo de Dios; en el diálogo con Caifás, afirma su identidad; en diversas ocasiones, manifiesta la especialísima relación y cercanía con el Padre; el diálogo con Felipe es un testimonio muy rico: “Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo que estoy con ustedes, y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. En la II Carta a los Corintios, es hermosa la fórmula trinitaria con la que Pablo se dirige a la comunidad: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunicación del Espíritu Santo estén con todos ustedes”.

• Solamente después de la Resurrección, los discípulos entendieron el sentido profundo de las palabras pronunciadas por el Señor. La comunidad pascual, transformada por la experiencia del Resucitado y llena de los dones del Espíritu Santo, asimila las enseñanzas del Maestro y comprende el alcance de sus palabras; es como si, finalmente, pudiera encajar todas las piezas del puzzle o rompecabezas.

• La confesión de la fe trinitaria ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes; es el contenido central de la fe que profesamos. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios; no creemos en tres dioses sino en un solo Dios, en tres Personas distintas. En la creación, Dios Padre está como principio de todo lo que existe; en la Encarnación, la Segunda Persona de la Trinidad se encarna, por amor a nosotros, en Jesús, para liberarnos del pecado y comunicarnos la vida divina; en Pentecostés, el Padre y el Hijo se hacen presentes en medio de la comunidad a través de la Persona del Espíritu Santo, que santifica, ilumina y conforta a la Iglesia.

• La manifestación de Dios, que es uno y trino, es el eje de la revelación de Jesucristo y constituye el centro de nuestra fe cristiana, el misterio de los misterios. El Concilio Vaticano I nos dice que misterio es una verdad que sólo podemos conocer a través de la revelación; después de ser conocida, se mantiene “escondida bajo el velo de la fe y, envuelta, por así decirlo, en una especie de oscuridad”.

• El Papa Juan Pablo II se refirió al misterio trinitario en un conjunto de diez catequesis; en una de ellas (miércoles 14 de junio del 2.000) nos expone el sentido de la unidad de la Iglesia desde la perspectiva trinitaria: “La Iglesia es, ante todo, una. En efecto, los bautizados están misteriosamente unidos a Cristo y forman su Cuerpo místico por la fuerza del Espíritu Santo. Como afirma el Concilio Vaticano II, “el modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios, Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de Personas”. Aunque en la historia esta unidad haya experimentado la prueba dolorosa de tantas divisiones, su inagotable fuente trinitaria impulsa a la Iglesia a vivir cada vez más profundamente la koinonía o comunión que resplandecía en la primera comunidad de Jerusalén”.

• Después de esta homilía, recitaremos el Credo, expresaremos, de manera comunitaria, nuestra adhesión al misterio que expresa el ser de Dios, que nos fue comunicado por Jesucristo y que la Iglesia sigue enseñando desde sus orígenes. Al confesar nuestra fe no lo hagamos de manera mecánica, sino con un profundo amor y confianza en Dios, que es la perfecta unidad y comunión. Nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios, que es la perfección de la unidad y comunión, debemos caminar en pos de la unidad de las Iglesias y fortalecer los vínculos de comunión con los hombres y mujeres de buena voluntad.