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La Eucaristía como lugar de encuentro comunitario

  •   Domingo Junio 02 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:

- Génesis 14, 18-20
- I Carta de san Pablo a los Corintios 11, 23-26
- Lucas 9, 11b-17

• Hoy celebramos la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. La Iglesia nos invita a dirigir nuestros ojos al misterio de la Eucaristía con el fin de valorar este regalo que el Maestro nos hizo. Muchos católicos no aprecian la participación en la Eucaristía pues no han comprendido su infinito aporte al crecimiento interior de cada uno de nosotros y la fuerza que da para la construcción de la comunidad de fe.

• Las tres lecturas nos proporcionan elementos que enriquecen la vivencia personal del misterio eucarístico. Empecemos por la primera lectura, tomada del libro del Génesis. El protagonista del relato es Melquisedec, cuyo nombre significa rey de paz; él era rey de la ciudad de Salem, que algunos autores identifican con Jerusalén. Ese personaje es contemporáneo de Abraham y desempeñaba la doble función de sacerdote y rey; el relato que hemos leído nos lo muestra haciendo una ofrenda de pan y vino y bendiciendo a Abraham.

• ¿Por qué la liturgia hace referencia a este lejano personaje bíblico en la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo? La razón es sencilla: Melquisedec como sacerdote y rey prefigura a Cristo, que es la plenitud como Sacerdote, Profeta y Rey. El autor de la Carta a los Hebreos afirma que Cristo es sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec; hay, pues, una profunda conexión teológica entre Melquisedec y Cristo, y entre la ofrenda de pan y vino que hace el viejo sacerdote, y el pan y el vino eucarísticos.

• El segundo texto es muy importante porque es el testimonio de san Pablo sobre la institución de la Eucaristía, en la que él no estuvo presente porque todavía no hacía parte del Colegio Apostólico: “Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido”. Sus palabras son impactantes porque manifiestan la revelación directa que le hizo el Señor Resucitado.

• El texto del evangelio de Lucas reproduce la escena de la multiplicación de los panes. Una lectura superficial de esta página evangélica pone en evidencia dos hechos: en primer lugar, los Apóstoles están asustados ante la magnitud del problema logístico que tienen frente a ellos y que no pueden resolver; por eso le dicen al Maestro: “Despide a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar solitario”; en segundo lugar, aparece la solución que Jesús da al problema: de manera milagrosa, multiplica los panes y así alimenta a la multitud que lo seguía; su gesto es de una gran generosidad porque no sólo satisfizo el hambre de la gente, sino que sobró comida. El lector desprevenido identifica, pues, un problema logístico y la intervención milagrosa de Jesús.

• Pero este texto, leído desde la fe pascual, adquiere un significado mucho más hondo por el lenguaje eucarístico que utiliza; percibimos una similitud entre las palabras y gestos del Señor frente a la multitud hambrienta, y las palabras y gestos del Señor en la Última Cena, tal como lo acabamos de leer en el texto de san Pablo, en su Primera Carta a los Corintios. Este relato de la multiplicación de los panes es como una anticipación de lo que será la Cena Eucarística.

• En esta celebración de la fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor, los invito a leer pausadamente este texto del evangelista Lucas sobre la multiplicación de los panes para identificar aquellos elementos que pueden enriquecer nuestra participación en la misa de los domingos. Para ello veamos cuál fue la secuencia de las experiencias que vivieron aquellos que estuvieron presentes en el milagro del Señor. El texto nos muestra cómo se fueron dando los hechos: estaba reunidos para oír hablar del Reino de Dios; fueron curados los enfermos; se sentaron en grupos; vieron cómo el Señor tomó el pan en sus manos y pronunció la acción de gracias; comieron y se saciaron; de lo que sobró se llenaron doce canastas.

• Esta secuencia de acontecimientos que encontramos en el relato de la multiplicación de los panes puede enriquecer nuestra experiencia de la misa dominical:

- Cada domingo nos reunimos para escuchar la Palabra; al meditar en los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento vamos descubriendo qué quiere Dios de nosotros como individuos, como familias, como ciudadanos y como miembros de la Iglesia. La Palabra de Dios escuchada en comunidad nutre nuestra vida espiritual y en ella encontramos los criterios fundamentales para tomar las decisiones más convenientes.

- Este contacto con la Palabra de Dios nos ayuda a reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Dios; al acogerla en nuestro interior cicatrizamos las heridas interiores y recuperamos las fuerzas para continuar asumiendo nuestras responsabilidades.

- Este encuentro con la Palabra de Dios no lo vivimos como individuos aislados sino que es una experiencia comunitaria; recordemos que el interlocutor de la acción salvífica de Dios es, en el Antiguo Testamento, el Pueblo elegido, y en el Nuevo Testamento es la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios.

- Cada domingo el Señor nos invita a alimentarnos con el Pan de Vida; en él encontramos la satisfacción definitiva de nuestros anhelos y búsquedas.

- Este encuentro dominical con el Señor está caracterizado por la generosidad sin límites; el amor de Dios hacia nosotros no conoce restricciones.

• Que esta fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor nos sirva para valorar la inmensa riqueza de la misa dominical, que no es una obligación antipática, sino el encuentro por excelencia de la comunidad con el Señor Resucitado.