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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Julio 14 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

San Pablo en la carta de hoy nos recalca cómo el plan de Dios es muy claro y nítido: “Porque Dios quiso depositar en Él la plenitud de sus dones y reconciliar por Él y con Él todos los seres, restableciendo la paz en la tierra y en el cielo con sus sangre derrama en la cruz” (Colosenses 1,20).

San Lucas nos indica una manera de restablecer esa paz que nos trajo Cristo. El Evangelio de hoy responde a una pregunta, aparentemente sencilla, que le hicieron a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Nosotros somos dados a responder: pues aquel que está cerca, que está próximo a mí. Por eso nos llevamos una gran sorpresa cuando constatamos el cambio tan total que el Maestro le da a la palabra prójimo: Es aquel a quien yo me hago cercano, próximo. Él lo graficó con una parábola tan bella y dura como la del Buen Samaritano, quien se hizo prójimo del que cayó en manos de bandidos.

Si aplicamos este próximo a los problemas ecológicos, no acabaremos de llevarnos sorpresas. En la minería, por ejemplo, el próximo sería la transnacional que viene a estar muy cerca de nosotros y dejarnos unos míseros dólares. Pero si yo me hago prójimo de las víctimas la cosa cambia. Las víctimas son los campesinos, a quienes se les destruye los ecosistemas y a quienes se les contamina sus ríos y afluentes. Y próximo será también todo el país, por los daños que sufre su tierra.

Si pienso en aquella frase del Papa, que ya se hizo célebre: “La comida que se tira es la comida que se roba a la mesa del pobre”, el giro también es inmenso. El próximo, aparentemente, sería la persona con la que me siento a la mesa y que bota la comida. Y está bien constatar ese pecado. Pero aquel a quien yo debo hacerme próximo es al campesino que siembra y se le paga con una miseria.

Incluso el próximo sería toda una multitud de países de África, Asia y América Latina, que aguantan hambre, mientras una tercera parte de los alimentos se botan a la basura en Estados Unidos, Europa e incluso entre nosotros. Si yo me opongo a esta injusticia me estaré haciendo cercano y próximo de quienes sufren hambre en todo el mundo. Hasta allá puede llegar el “cuentico” del samaritano!
Y si no quiero ir tan lejos, debo pensar, incluso, en los niños de los llamados colegios gratuitos, que al recibir un almuerzo o una merienda regalada con mucha frecuencia la botan. A ellos también debo hacerme próximo para educarlos y mostrarles cómo están actuando mal.
Si pienso en los árboles que se cortan en el Amazonas o el Chocó, para luego sembrar coca, la palabra próximo no abarcaría sólo al campesino, dueño del terreno robado por los narcos, la guerrilla o los paramilitares. Pero la obligación va más allá: es hacernos próximos del joven a quien se envenena con las drogas.

Más aún, volviendo al caso anterior, debeo hacerme próximo de todas las personas que van a sufrir por el calentamiento global en último término por culpa de la desertificación. En este sentido debo hacerme próximo de quienes han sufrido y van a sufrir las inundaciones causadas por estos fenómenos ya no naturales, sino producidos por el egoísmo del hombre. Con mis protestas me hago próximo a las víctimas, lo mismo que con la posible ayuda.

En la guerra colombiana, que ha dejado ya 5 millones y medio de víctimas en el país, los comunicadores sociales se estaban haciendo próximos de los victimarios (comentarios e incluso películas sobre Pablo Escobar, Gacha, Tirofijo, los Castaño, etc.). La invitación ahora es a hacerse próximos a las víctimas y poner el acento en donde se debe poner.