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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Agosto 25 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Universalidad de la salvación y Globalización

Lecturas:

  • Profeta Isaías 66, 18-21
  • Carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13
  • Lucas 13, 22-30

La liturgia de hoy tiene, como tema central, la afirmación teológica de la universalidad del mensaje de salvación. Este mensaje tiene un interés especial en nuestros tiempos por el hecho sociológico de la globalización:

  • En el texto del profeta Isaías leemos: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua. Vendrán y verán mi gloria”.
  • El salmo responsorial tiene la misma inspiración “Que alaben al Señor todas las naciones, que lo aclamen todos los pueblos”.
  • En el evangelio, Jesús afirma que “vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios”.

Los textos sobre la universalidad de la salvación son claros, pero su aceptación, por parte de la comunidad, fue muy complicada. Recordemos que el pueblo de Israel se aglutinaba alrededor de su conciencia histórica de haber sido escogido por Dios como depositario de la promesa de salvación. La defensa de su identidad religiosa lo llevó a evitar mezclarse con los pueblos extranjeros; y cuando sus dirigentes lo hicieron, sucumbieron a las prácticas idolátricas.

Cristo resucitado dio la misión de anunciar la buena nueva a todas las naciones. Ahora bien, el cumplimiento de este mandato fue causa de serias tensiones dentro de la comunidad, las cuales fueron resueltas en el llamado “Concilio de Jerusalén”. Recordemos brevemente los hechos: los judíos que habían recibido el bautismo querían exigir a los paganos convertidos que asumieran las prácticas que la ley mosaica imponía a los judíos (circuncisión, preparación de los alimentos, etc.). Finalmente, los apóstoles decidieron que los bautizados estaban eximidos de las antiguas prácticas que imponía la Ley.

La misión de la Iglesia es anunciar la buena noticia del Señor resucitado a todos los pueblos. Para realizar esta tarea, los evangelizadores deben conocer en profundidad los contextos culturales particulares: la lengua del lugar, las tradiciones, los valores que rigen la vida de la comunidad. La historia misionera de la Iglesia nos conserva el heroico testimonio de miles de mujeres y hombres que han abandonado la comodidad de la propia cultura para compartir la vida de otros pueblos y, desde esta experiencia de inserción cultural, predicar a Jesucristo. Hace pocas semanas, la Iglesia canonizó a Santa Laura Montoya, una formidable mujer que se había formado como maestra, y que dedicó su vida a las comunidades indígenas de Urabá; una misionera que supo interpretar los clamores de este pueblo.

La acción evangelizadora de la Iglesia no puede ser la imposición de una fe, como sucedió en tiempos de las potencias coloniales. Su estilo pastoral consiste en acompañar a las comunidades para que descubran la acción de Dios y su plan de salvación, a partir de su cultura particular. Allí se manifiesta Dios.

La universalidad del mensaje de salvación es un desafío enorme en un mundo globalizado:

  • El desarrollo de las comunicaciones y la dinámica de la economía están borrando las fronteras que separaban a los países. Todos nos sentimos ciudadanos de la aldea global. Los medios de comunicación nos permiten presenciar, en vivo y en directo, las consecuencias de los desastres naturales, la guerra en Siria, el atentado terrorista, la elección del Papa. El control remoto del televisor y el mouse del computador nos dan la posibilidad de ser testigos presenciales de la historia.
  • Ahora bien, el hecho de sentirnos muy cerca de los grandes acontecimientos no significa que seamos más hermanos ni más solidarios. La desconfianza contamina todas las relaciones sociales. A pesar de que la globalización ha eliminado muchas barreras, los prejuicios siguen separándonos. Nuestras mentes y corazones no se abren a la diversidad. Seguimos siendo terriblemente cerrados y excluyentes, aunque hagamos alarde de ser muy tolerantes... De ahí que la interculturalidad sea uno de los mayores retos para la sociedad en general y para la Iglesia en particular.

En un mundo en el que es fácil viajar y las TIC nos permiten interactuar con personas de todos los países, la interculturalidad es un rasgo absolutamente necesario. Todas las sociedades son, en mayor o menor medida, pluriétnicas y multiculturales. Ahora bien, no se trata simplemente de tolerar el hecho de la diversidad como si fuera un mal necesario. Hay que verlo como una enorme riqueza para la vida en comunidad. Debemos asumir una actitud abierta ante lo diverso,hacia aquellas personas, opiniones y costumbres que no coinciden con lo que estamos acostumbrados; nos enriqueceríamos en nuestra forma de entender el mundo si damos un paso adelante deseando conocer esa realidad diferente, descubrir sus valores, aprender sus lecciones de sabiduría. En un mundo globalizado, hay que superar los ridículos sentimientos de superioridad porque se tiene un determinado color de piel o porque se posee el pasaporte de un determinado país. Dejemos atrás los juicios simplistas y las etiquetas culturales que desfiguran la realidad.

Así como la interculturalidad es esencial para la sociedad civil, también lo es para la iglesia. Contra todos los pronósticos, tenemos un Papa latinoamericano; después vendrán el Papa africano y el Papa asiático. La vida de la Iglesia debe reflejar su gran diversidad, superando los esquemas esencialmente europeos que la han caracterizado durante siglos. La diversidad cultural de la Iglesia debe reflejarse en su liturgia, en su catequesis, en la forma como se inserta en los diversos colectivos sociales. En su viaje al Brasil, el Papa Francisco dio una impresionante lección de cercanía con los jóvenes, les habló en su lenguaje, les mostró estimulantes retos. Lo mismo hay que hacer con los intelectuales, las mujeres, los universitarios, los obreros, los campesinos, los agnósticos, etc. Una Iglesia que dialoga con la diversidad.

El valor de la interculturalidad es esencial para ser ciudadanos de un mundo globalizado y para ser miembros activos de una Iglesia que toma en serio su carácter universal o católico.