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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Septiembre 01 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

La humildad, una virtud desconocida hoy

Lecturas:

  • Libro del Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29
  • Carta a los Hebreos 12, 18-19. 22-24
  • Lucas 14, 1. 7-4

Los medios de comunicación siguen con gran interés a los ricos y famosos: sus accidentadas historias amorosas, vacaciones, lujos extravagantes. La otra fuente de noticias son las acciones violentas. Estos dos grandes capítulos ofrecen material suficiente a la prensa hablada y escrita.

En este escenario dominado por los ricos y famosos y por la violencia, pasan desapercibidas las personas comunes y corrientes que luchan por sacar adelante sus familias. No son noticia. Esto hace muy difícil introducir, como tema de reflexión, la humildad, que es lo que nos presentan las lecturas de este domingo. Siendo conscientes de las sospechas que tal tema suscita en la cultura contemporánea, los invito a abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y dejar que ella resuene en nuestro corazón.

La primera lectura, tomada del Libro del Eclesiástico, nos transmite las sabias palabras que un hombre maduro comparte con su heredero: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. Se trata de un consejo, fruto de la experiencia, en el que se recomienda guardar siempre un bajo perfil y obrar con discreción.

En el evangelio, Jesús aborda el mismo tema a través del lenguaje que le es propio, las parábolas. Usando la imagen del protocolo que manejan los anfitriones para sentar a los invitados que asisten a un banquete de bodas, el Maestro refuerza este llamado a la discreción y a la humildad; no debemos buscar ocupar los primeros puestos, sino que debemos esperar a que los anfitriones de la fiesta nos indiquen el lugar que nos corresponde.

¿Cómo hablar de la humildad en un mundo en el que los protagonistas son los triunfadores y en el que el éxito económico es el indicador de la felicidad y de la plenitud? Conscientes de las dificultades, podemos afirmar que la humildad consiste en la madurez para reconocer y aceptar nuestra realidad concreta con las fortalezas y debilidades, con sus luces y oscuridades; tal reconocimiento y aceptación nos permitirán formular un proyecto de vida que pueda ser llevado a cabo, y establecer unas relaciones adecuadas con los demás y con Dios.

Muchas personas entienden, de manera equivocada, la humildad como si consistiera en negar nuestras cualidades y como si exigiera hundirnos en el abismo de la negación de la autoestima. La persona humilde no es la que repite constantemente “yo no sirvo para nada” – lo cual la paralizaría para actuar -, sino la que, de manera pragmática y realista, reconoce sus posibilidades y limitaciones.

Por eso, el punto de partida de la humildad es el autoconocimiento. En el Templo de Apolo, en Delfos, estaba escrito, de manera muy visible, el aforismo griego: Conócete a ti mismo. Ahora bien, ¿cómo obtendremos este conocimiento de lo que somos? Lo lograremos a través de la reflexión, aceptando las observaciones y críticas que nos hacen las personas que nos rodean, analizando cuidadosamente los factores de éxito y fracaso en los proyectos que emprendemos.

La persona que posee este autoconocimiento se sentirá segura y podrá establecer unas relaciones muy positivas con las personas con las que comparte su vida; no tendrá inconveniente en preguntar cuando no sabe, y aceptará con espíritu positivo las recomendaciones que le hagan. Por el contrario, la persona orgullosa establece unas relaciones sociales muy difíciles pues se siente poseedora de la verdad, está segura de no equivocarse y cree que todo lo sabe. El orgullo es un pésimo consejero y conduce a decisiones equivocadas.

Vemos, pues, que la humildad, que se nutre del autoconocimiento, es un elemento esencial para poderconstruir un proyecto de vida en continuo crecimiento, y una activa red de relaciones sociales en las que dar y recibir generan una rica dinámica.

Después de estas sencillas reflexiones sobre la humildad en clave de madurez humana, exploremos su significado religioso:

  • En los primeros capítulos del libro del Génesis, encontramos el diálogo entre la serpiente y Eva; dice la serpiente: “Dios sabe muy bien que el día en que coman de él [del fruto del árbol que está en medio del jardín], se les abrirán los ojos y ustedes serán como dioses, conocedores del bien y del mal”.
  • Este texto, cargado de sugestivas imágenes provenientes de la literatura oriental, nos está diciendo que, desde que el ser humano existe sobre la tierra, lleva en su corazón la semilla del orgullo, es decir, el deseo de ser como dioses, de afirmar la autonomía de manera absoluta sin reconocer a un ser superior y tener como ley el propio capricho. Así han obrado muchos constructores de imperios, científicos, intelectuales, quienes han sucumbido a la tentación de la prepotencia.

El orgullo nos cierra a la acción de Dios en nuestras vidas. En los evangelios, Jesús denuncia la autosuficiencia de los fariseos que se sentían dueños de la promesa, y que estaban convencidos de que el cumplimiento de los preceptos de la Ley les garantizaba la salvación. Las denuncias de Jesús nos muestran que los orgullosos no oyen la Palabra de Dios pues solamente se oyen a sí mismos y no se sienten interpelados por el llamado a la conversión.


En la Biblia es muy clara la preferencia de Dios por los humildes pues sólo es posible abrirse a la salvación si reconocemos que somos limitados y pecadores, lo cual nos permite exclamar: “Ven, Señor Jesús”. Esto lo comprendió María quien, en su himno del Magníficat exclama: “Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildades”.