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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Octubre 27 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Hoy se habla de ciudades verdes. Y se hace énfasis en que unas ciudades que cuiden los espacios verdes (prados, jardines, arboledas, etc.) son obviamente fuentes de salud física y mental. Una persona que respira un aire puro, que camina con un paisaje delante, bien limpio, bello, inspirador, logra pulmones sanos y mente sana.

La realidad que vemos casi nunca es así. En especial en los barrios pobres. Gente venida hace poco del campo, por necesidades económicas o por desplazamientos causados por la guerrilla, los paras o bandas criminales, se ve obligada a vivir en una ciudad gris: cemento, asfalto, barro, suciedad. Todo menos árboles y prados.
La primera lectura presenta a un “Dios justo y que no hace discriminaciones. No favorece a nadie con perjuicio del débil, sino que escucha las súplicas de quien es agraviado. No desatiende el gemido de un huérfano, ni el continuo lamento de una viuda” (Eclesiástico 35, 12-15).

Jesús nos invita durante toda su vida a imitar la acción de Dios. Por tanto nos deja la responsabilidad de luchar por ciudades verdes. A sembrar árboles “hermosos de ver y buenos para comer” (Génesis 2,9). Para este fin nos dejó sembrado en nuestro espíritu árboles “del conocimiento del bien y del mal” (Gen. 2,9).

La gente pobre y sencilla acude a la oración pidiéndole la salud, la sanidad mental, para sí y para sus parientes. En este sentido podemos decir que: “La oración del humilde traspasa las nubes y no descansa hasta llegar a Dios; no desiste hasta que el Altísimo lo atiende, y como justo juez, restablece la justicia” (Eclesiástico 35,17-18).

Jesús a nuestros afanes nos responde invitándonos a vivir la Bienaventuranzas y a ponernos a favor del pobre y no del explotador, del que llora y no del que hace llorar, del pacífico y no del violento, del perseguido y no del perseguidor. Y en el capítulo clave de Mateo (Mt.25, 31.46) nos dice cuál es la clave para salir con éxito en el juicio final sobre nuestro comportamiento. Aplicándolo a nuestro caso, diríamos: Me diste de comer, comida sana; me diste de beber, agua limpia; me hospedaste en ciudades verdes y no asquerosas; así me defendiste de las enfermedades gracias a un ambiente sano.

Qué triste que nos contentáramos con decir como el fariseo: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, desleales, adúlteros” (Lucas 18,11). Es decir con las palabras de tantos habitantes de las zonas privilegiadas de las ciudades: No soy como esos habitantes de los barrios marginados, de las favelas, de los tugurios… En lugar de tomar las palabras del recaudador de impuestos y reconocer nuestros pecados de omisión al respecto de la propuesta de una Ciudad Verde: “Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador” (Lucas 18, 13).