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Biblia y Ecología, por Alejandro Londoño, S.J., Ciclo B, XI domingo de tiempo ordinario 17 de junio del 2012.

  •   Domingo Junio 17 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Si preguntamos cuándo se celebra el día mundial del Medio Ambiente, un buen estudiante nos responde: el 5 de junio. Si inquirimos el por qué de esa fecha, un perito nos explica que el 15 de diciembre de 1972 la resolución 2994 de la ONU, lo designó como tal. Ese día fue la apertura de la Conferencia de Estocolmo. Si preguntamos por Río + 20, ambos ubicarán fácil esta reunión en este mes junio de 2012.

En la Biblia, aparece antes Mateo que Marcos. Aquel evangelio es más estructurado y más eclesial, por la manera como presenta los temas. Pero Marcos se escribió primero. La fecha de composición se sitúa entre los años 60 y 70, al paso que a la redacción final de Mateo le señalan el año 85.

Marcos no tenía pretensiones de escribir una historia de Jesús. Su afán era pastoral y evangelizador. Buscaba iluminar a una pequeña comunidad de Roma, cuando corrían tiempos difíciles en tiempos de Nerón. Deseaba confirmarlos en la fe. Por eso su estilo ágil, breve, vigoroso, aprovechando los datos y los manuscritos que con que ya contaba.

Sin darse cuenta, estaba inaugurando un nuevo estilo literario: dar a conocer la Buena Nueva, el Evangelio de Jesús. Ya vendrían Mateo y Lucas para explayar más los temas. Y Juan para invitar a meditarlos. Los cuatro nos narran cómo las primeras comunidades vivieron la vida que nos trajo Jesús. No son, por tanto, biografías de Jesús ni manuales de teología.

Si nosotros leemos a Marcos con cuidado, de seguro nos impactan muchas de las acciones de Jesús, muchos milagros y curaciones. Pero sin duda, también nos causará admiración un género muy propio de Jesús: las parábolas.

No se puede afirmar que Jesús inventó esta forma de expresión. Ya existía. Los mismos israelitas la empleaban. Pero Jesús les dio un énfasis especial. Aquellos las empleaban para explicar la Ley. Jesús para invitarnos a entrar en el Reino de Dios. Su finalidad, al usar este recurso pedagógico, es aclararnos qué y cómo es el Reinado de Dios.

Vale la pena resaltar cómo en las parábolas encontramos la capacidad tan grande de Jesús de observar la vida de las personas y de la naturaleza. Ambas cualidades aparecen en la parábola central de Marcos: El Sembrador. La intención primera de Jesús no era ecológica, en el sentido actual. Era catequética. Con esta parábola (Mc 4,3-20) quería significar más que la gratuidad de parte de Dios, la necesidad de nuestra respuesta para recibir el Reino de Dios.

La parábola de este domingo, el Grano que crece sólo, nos presenta la fe como un regalo gratuito de Dios (Mc 4,26-29). Y lo hace, por así decirlo, con una ecología descriptiva: la tierra da el grano…que crece por sí sólo; este germina así el sembrador esté dormido o despierto…la tierra lo produce y da fruto por sí mismo…primero aparece un tallo, luego la espiga y después el trigo abundante.

Con esta descripción Jesús contrasta la primera parábola para que lleguemos a la verdad. Nos está mostrando cómo la fe es un don que nos da Dios gratuitamente, aunque depende de nosotros aceptarlo y ponerlo a fructificar.

La siguiente parábola, El Grano de Mostaza, apunta al crecimiento del Reino de Dios, así sea con unos comienzos muy pequeños como sucedía con las primeras comunidades. El grano de mostaza se siembra y es la más pequeña de las semillas. Una vez sembrada, crece y se hace la mayor de todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra (Mc 4,30-32).

Jesús es un observador y admirador de la naturaleza. Hoy en niños, jóvenes e incluso muchas personas mayores, sentimos la falta de capacidad de observación, admiración y de contemplación. Es urgente desarrollar estas cualidades, si queremos contar no sólo con peritos en las ciencias del medio ambiente, sino con maestros y sabios.

Los peritos se alimentan de libros y de internet; se sostienen con costosos proyectos de ONGs internacionales. Los sabios, en cambio, gozan de la vida palpitante de los bosques, las cascadas, las praderas, los cultivos. Y desde estas realidades, analizan las consecuencias en la pobreza y tristeza de las personas que no cuentan con el pan de cada día.

Los sabios descubren más fácil el pecado de quienes se empeñan en destruir la naturaleza para obtener ganancias económicas enormes, pero olvidan que “Yo, el Señor derribo el árbol empinado y hago crecer la planta humilde”, como Ezequiel, dice en la primera lectura de hoy.

alejitosj@gmail.com