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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Noviembre 10 de 2013
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Vida más allá de la muerte

Lecturas:

  • II Libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14
  • II Carta de san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16 –3, 5
  • Lucas 20, 27-38

La realidad de la muerte nos plantea muchas preguntas para las cuales tenemos respuestas muy limitadas. Es una visitante que se presenta de improviso, sin protocolos ni citas previas; ella se lleva a los ricos y a los pobres, a los viejos y a los jóvenes, a los ciudadanos honrados y a los delincuentes. Aunque sabemos que su encuentro es inevitable, siempre nos sorprende. Por eso nos preguntamos si con ella terminan todos nuestros proyectos o si habrá una realidad diferente más allá de la muerte…

La antropología pone de manifiesto que en todas las culturas han existido los ritos funerarios, que expresan los sentimientos y creencias de las comunidades frente a la realidad de la muerte. Muchos pueblos enterraban a sus difuntos con alimentos y utensilios básicos para emprender un largo viaje; con frecuencia, se encuentran en las tumbas antiguas monedas para que el difunto pagara propinas y peajes en ese viaje de ultratumba.

En la liturgia de este domingo encontramos elementos muy interesantes que iluminan la respuesta que da la tradición judeo-cristiana al más allá. La primera lectura, tomada del II Libro de los Macabeos, nos testimonia el valor extraordinario de estos siete hermanos que, junto con su madre, prefirieron dar la vida antes que violar los preceptos de su religión. Lo que los animaba en esa firme decisión era la resurrección de los muertos. Recordemos algunas de las expresiones que acabamos de escuchar en la proclamación de la Palabra. El segundo de los hermanos le dijo al rey: “Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna”. El tercer hermano dijo: “De Dios recibí estos miembros y por amor a su ley los desprecio, y de Él espero recobrarlos”. Antes de morir, el cuarto hermano exclamó: “Vale la pena morir en manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”. La fe de los hermanos Macabeos tiene como soporte una absoluta confianza en la resurrección; como lo veremos un poco más adelante, el pueblo de Israel tuvo que recorrer un largo camino para llegar a esta convicción profunda sobre la resurrección de los muertos.

El evangelio de Lucas nos da a conocer la discusión entre los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos, y Jesús. En el texto que acabamos de escuchar, el Maestro hace una explícita referencia a la resurrección de los muertos: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, pues serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado”.

En esta meditación sobre lo que nos espera más allá de la muerte, vale la pena que reflexionemos sobre las creencias del pueblo de Israel. A través de los textos del Antiguo Testamento, podemos apreciar cómo fue madurando la reflexión teológica de Israel sobre el tema de la muerte:

  • Durante siglos, el pueblo de Israel compartió las creencias de otros pueblos respecto a la muerte; por ejemplo, las manifestaciones de luto que expresaban la tristeza de los vivos ante la muerte de los seres queridos; igualmente eran muy cuidadosos en llevar a cabo el entierro ritual pues era inaceptable que los difuntos quedaran insepultos; también eran cuidadosos de las tumbas y celebraban las comidas funerarias. Nada de esto los diferenciaba de las culturas de ese tiempo.
  • Durante siglos, el pueblo de Israel tuvo la creencia, compartida con otros pueblos, de que la muerte no significaba un aniquilamiento total; algo del difunto, como una sombra, subsistía en el sheol, el cual era descrito, de manera rudimentaria, como un agujero abierto, un pozo profundo, un lugar de silencio, de tinieblas y de olvido...
  • Estas creencias sobre la suerte de los seres humanos después de la muerte necesariamente incidían sobre la valoración de la vida terrenal, que era considerada un bien frágil, un soplo, una vanidad...
  • Al revisar estas creencias de Israel sobre la muerte, es importante que recordemos que la revelación de Dios al pueblo de su elección fue gradual; esto quiere decir que poco a poco Yahvé fue educando a este pueblo de dura cerviz, terco e inestable en su fidelidad; así, paso por paso, fue avanzando en su comprensión del plan de Dios, es decir, fue madurando en la fe.
  • En este proceso pedagógico, en época tardía, es decir, cuando ya estaba cerca el nacimiento de Cristo, que era el Mesías anunciado por los profetas, el pueblo de Israel comprendió que la resurrección de los muertos era un triunfo de Dios sobre la muerte; en ese contexto, hablaron de la resurrección de los justos, quienes despertarían del sueño en el que dormían en el sheol...

Los hermanos Macabeos, que se enfrentan con un infinito valor al rey Antíoco Epífanes, que quería obligarlos a comer carne de cerdo la cual estaba prohibida por implicaba impureza ritual, sacan fuerzas de su profunda convicción en la resurrección de los muertos; el rey podrá arrebatarles la vida física, pero el Señor los resucitará para gozar de su gloria.

Para los cristianos, la muerte y resurrección del Señor cambian de manera radical las lecturas que hacían las religiones antiguas sobre la muerte. Cristo resucitado ha triunfado sobre la muerte y su triunfo es nuestro triunfo. Para el creyente, la muerte no significa destrucción o aniquilamiento. La muerte, en el horizonte de la resurrección de Cristo, pierde su carácter dramático de manera que deberíamos acogerla con paz y con esperanza pues no es un adiós sino un hasta luego...

En consecuencia con esta visión positiva de la muerte como encuentro con el Señor resucitado, la Iglesia debería revisar cuidadosamente la pastoral de los enfermos y la manera como se imparte la Unción de los Enfermos, que para muchos tiene un sabor dramático. Igualmente, hay que educar a las familias para que estén en condiciones de hacer un acompañamiento pertinente a los enfermos terminales; muchas veces, por ignorancia, en ese acompañamiento hay errores garrafales que impiden que ese enfermo exprese sus sentimientos, elabore sus duelos, se reconcilie consigo y con los demás, y se prepare para el encuentro con el Señor.