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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Diciembre 01 de 2013
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

En el Evangelio de hoy Jesús menciona el diluvio y la corrupción existente en aquel tiempo, “donde la gente no pensaba sino en comer y beber” (Mateo 24,37). El libro del Génesis dedica 4 capítulos al diluvio universal y en el afán de explicar esta catástrofe, la describe como la vuelta al caos inicial de las aguas y la atribuye a la progresiva corrupción de la humanidad, en tiempo de Noé.

Hoy se repiten ciertos “diluvios”, como el que sucedió en Filipinas el mes pasado, lo mismo que ciertas corrupciones, incluso sólo teniendo en cuenta el campo ecológico.

En el periódico Hoy de Quito, Arturo Eichler escribía estas frases proféticas: “La destrucción forestal desencadenada en la cuenca amazónica que afecta a toda Suramérica y al planeta ocupará por sus trágicas consecuencias ecológicas y humanas, la atención mundial durante el resto de nuestro siglo y la del siglo próximo” (ed. 29 de diciembre). Eichler añade luego datos sobre la contaminación atmosférica, los gases de invernadero y la destrucción del escudo protector de la tierra, la capa de ozono.

A los grupos apocalípticos actuales, de seguro les serviría este escrito, para retomar algunos de los sustantivos del mismo artículo: catastróficas sequías, descalabro ecológico, proyectos monstruosamente destructivos para la Amazonía financiados por el Banco Mundial. Lástima que estos grupos no lo hagan con sentido crítico, sino con el deseo de asustar a la gente y conseguir adeptos.

Sin necesidad de seguir esa línea, a nosotros nos vienen de perlas, pues se trata de los crímenes y corrupción que están cometiendo las empresas madereras; los narcotraficantes, la guerrilla y grupos paramilitares, al destruir selva para sembrar de coca, financiar la compra de armas y destruir la juventud. Ni sería descabellado indagarles aquellas frases con que el Apocalipsis los condena “al lago ardiente de fuego y azufre que es la segunda muerte” (Ap 21,8).
En la primera lectura, Isaías nos presenta a Dios indicándonos sus caminos y senderos e invitándonos a seguirlos para encontrar la paz, con imágenes tan dicientes como aquella de que “Él será el juez de las naciones, el árbitro de todos los pueblos. Convertirán las espadas en arados y las lanzas en herramientas de trabajo” (Is. 2, 4). Para los colombianos estas palabras expresan un gran deseo: una paz que se asiente en la justicia y en una reforma agraria donde se le devuelva al campesino su tierra.

En nuestras oraciones pidámosle al Señor por estas intenciones, haciendo nuestros los deseos de Pablo en su carta a los Romanos, quien nos recuerda que “ya es hora de despertar de nuestro sueño, pues nuestra salvación está más cerca que cuando abrasamos la fe” (Rom 13,11).

Ese despertar se podría incluso aplicar a nuestra insensibilidad frente a los males anteriormente mencionados como las mismas inundaciones, que suelen perjudicar más a los pobres, muchos de ellos obligados a vivir a las orillas de los ríos y pantanos por la codicia de los dueños de las grandes extensiones, quienes se olvidan que “a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre” (Mateo 24, 44).