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Encuentros con la palabra

  •   Domingo Febrero 16 de 2014
  •   Encuentros con la Palabra
  •    Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

“Ustedes han oído que se dijo... pero yo les digo...”

(Mateo 5, 17-37)

Jesús no vino a suprimir la ley judía, ni las enseñanzas de los profetas de Israel. Jesús vino a llevar esta enseñanza a su plenitud, que es la ley del amor. El texto del evangelio que nos presenta hoy la liturgia, está marcado por esta alternancia entre lo que decía la ley del Antiguo Testamento, y lo que Jesús viene a proponer de parte de Dios y fundamentado solamente en el amor. Se trata de un cambio que no elimina el momento anterior, sino que, conteniéndolo, lo supera. Va mucho más allá de lo que los mismos profetas hubieran querido y más allá de lo que la ley pretendía alcanzar en lo que toca a la regulación de las relaciones entre las per¡sonas y con Dios.

Muchos seguidores de Jesús hubieran disfrutado mucho si Jesús hubiera acabado con todo lo pasado. De la misma manera, había muchos otros que hubieran querido un Mesías que no los hiciera cambiar nada de sus tradiciones y costumbres. Conservar todo o cambiarlo todo, son dos extremos que se juntan. Los radicales que no aceptan nada de lo pasado y los radicales que se apegan a las tradiciones porque ‘así se ha hecho siempre’, están hechos con el mismo material dogmático y cerrado.

En la Iglesia de hoy, encontramos también estas dos tendencias que se encontró Jesús en su tiempo. Hay quienes quieren que no les cambien nada de lo que han pensado y hecho toda su vida... y hay otros que quisieran que todo se reformara o se cambiara radicalmente. La propuesta de Jesús es vivir desde la plenitud y la libertad del amor.

En esta perspectiva, quisiera ofrecer hoy una reflexión que me parece muy sugerente. Se trata de un escrito del famoso y polémico teólogo católico, Hans Küng sobre su permanencia en la Iglesia. Cuando fue sancionado por el Vaticano y le suspendieron su cátedra de teología en una universidad católica, había personas que le preguntaban por qué seguía en la Iglesia y por qué no abandonaba su sacerdocio. Su respuesta fue esta:
“En esta situación se escucha la pregunta: ¿por qué sigo en la Iglesia o en el ministerio eclesial? Ya no se puede amenazar correctamente con el infierno. La secularización de la existencia y del saber modernos ha derribado muchas motivaciones sociológicas. Y por otra parte parece que el tiempo de la Iglesia estatal, popular tradicional, toca a su fin. Responder convincentemente a esta pregunta no es fácil. Para un judío o para un musulmán no puede carecer de importancia el hecho de que él nació en esta comunidad, y sigue determinado –lo quiera o no por ella en forma positiva o negativa (al menos ha sucedido así la mayoría de las veces). Y no da igual mantenerse unido a la familia o bien alejarse de ella por ira o por indiferencia. Lo mismo para un cristiano”.

“Esta es al menos una causa por la que algunos permanecen hoy en la Iglesia e incluso en el ministerio eclesial. Querrían atacar las tradiciones congeladas, que dificultan o imposibilitan ser cristiano. Pero no por ello renuncian a vivir fundados en la gran tradición cristiana y eclesial de veinte siglos. Criticarán instituciones y constituciones eclesiales cuando la felicidad de las personas se inmola en provecho de estas constituciones e instituciones. Pero no quieren renunciar a la necesaria institución o constitución sin la cual no puede vivir a la larga una comunidad de fe”.

“Habiendo asistido a horas mejores, ¿debía yo abandonar el barco en la tempestad y dejar a los demás con los que he navegado hasta ahora que se enfrentarán al viento, extraerán el agua y lucharán por la supervivencia? He recibido demasiado en la comunidad de fe para poder defraudar ahora a aquellos que se han comprometido conmigo. No quisiera alegrar a los enemigos de la renovación, ni avergonzar a los amigos... Pero no renunciaré a la eficacia EN la Iglesia. Las alternativas –otra Iglesia, sin Iglesia– no me convencen: los rompimientos conducen al aislamiento del individuo o a una nueva institucionalización. Cualquier fanatismo lo demuestra. No defiendo en absoluto un cristianismo de selectos que pretenden ser mejores que otros ni tampoco defiendo las utopías eclesiales, que sueñan con una comunidad limpiamente animada por los mismos sentimientos. ¿No sería más emocionante, interesante, exigente –a pesar de todo– y finalmente más reconfortante y fructífero luchar por un «cristianismo con rostro humano» en esta Iglesia concreta, en la que al menos sé con quién me comprometo? ¿No sería mejor una exigencia siempre nueva de responsabilidad, de postura activa, de perseverancia tenaz, de libertad más vivida, de resistencia leal?”

“Mi respuesta decisiva sería: permanezco en la Iglesia porque el asunto de Jesús me ha convencido, y porque la comunidad eclesial en y a pesar de todo fallo ha sido la DEFENSORA DE LA CAUSA DE JESUCRISTO y así debe seguir siendo. La posibilidad efectiva dependerá de que en algún lugar un párroco predique a este Jesús; un catequista enseñe cristianamente; un individuo, una familia o una comunidad recen seriamente, sin frases; de que se haga un bautismo en nombre de Jesucristo; se celebre la Cena de una comunidad comprometida y que tenga consecuencias en lo cotidiano; se prometa misteriosamente por la fuerza de Dios el perdón de los pecados; de que en el servicio divino y en el servicio humano, en la enseñanza y en la pastoral, en la conversación y en la diaconía el Evangelio sea predicado, pre-vivido y post-vivido de verdad. En pocas palabras, se realiza el verdadero seguimiento de Cristo; el «asunto de Jesucristo» es tomado en serio. Por tanto, la Iglesia puede –¿quién lo haría sino ella?– ayudar a los hombres a ser hombres, cristianos, hombres- cristianos, y a seguir siéndolo de hecho: a la luz y en la fuerza de Jesús, poder vivir, actuar, padecer y morir de una forma verdaderamente humana por estar mantenidos desde el principio hasta el fin por Dios, poder comprometerse hasta el fin por Dios, poder comprometerse hasta el fin por los hombres”.

“Está en manos de la Iglesia el modo de superar esta crisis. El programa no falta. ¿Por qué sigo en la Iglesia? Porque de la fe hago ESPERANZA: esperanza de que el programa, es decir, de que el asunto de Jesucristo es más fuerte que todos los abusos que se dan en y con la Iglesia. Por esto vale la pena la decisiva toma de postura EN la Iglesia; por esto vale la pena la toma de posición más concreta en el ministerio eclesial a pesar de todo. No permanezco en la Iglesia AUNQUE sea cristiano: no me tengo por más cristiano que la Iglesia. Sino que permanezco en la Iglesia PORQUE soy cristiano”.

Que estas palabras nos ayuden a reflexionar sobre nuestra apertura al amor que Jesús vino a proponer, para llevar a plenitud la ley y los profetas.