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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Febrero 23 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Reconciliación y generosidad, los desafíos del postconflicto

Lecturas:

  • Levítico 19, 1-2. 17-18
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 3, 16-23 o Mateo 5, 38-48

El amor es mucho más que un sentimiento. Es el motor de la existencia. Los seres humanos somos capaces de realizar acciones que parecían imposibles, con el fin de alcanzar el amor que soñamos y de conservar lo que tanto esfuerzo nos ha costado; pensemos, por ejemplo, en el amor de las parejas, en el amor de padres e hijos, en el amor a la libertad, el amor a una causa humanitaria. Así como el amor llena de luz la existencia, su ausencia causa profundo dolor y nos hunde en la desesperanza.

A propósito del amor, tomemos conciencia de la honda contradicción que se da en la vida social:

  • Por una parte, la palabra amor es una de las más repetidas en todas las lenguas de la tierra. Es la gran inspiración de artistas, escritores, guionistas de películas y telenovelas.
  • Pero, por otra parte, el amor es el gran ausente en las relaciones sociales. Las noticias de todos los días nos agobian con la descripción de hechos de sangre, mujeres maltratadas, niños abusados, trabajadores explotados.
  • Hablamos mucho sobre el amor, pero este discurso no logra encarnarse en las relaciones sociales.
  • Después de esta contextualización general, vayamos a las lecturas que nos propone la liturgia en este VII domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A). El tema dominante es el amor. Pero este tema es tratado de manera diferente a como lo haría un guionista de cine o TV. Las lecturas bíblicas nos hablan del amor, no como un sentimiento exclusivamente humano; lo hace agregándole valor desde la Revelación del plan de Dios.

Es interesante observar cómo evoluciona la Revelación:

  • En el libro del Levítico, que pertenece al Antiguo Testamento, se dice: “No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Este precepto tan sencillo consagra una ética ciudadana, en la que no hay lugar para las terribles venganzas que se van heredando de generación en generación, y conducen al exterminio de familias y de comunidades.
  • En el Evangelio, Jesús nos propone un principio revolucionario: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”.

Estas palabras de Jesús son un avance gigantesco respecto a la ética del Antiguo Testamento. Cuando leemos las palabras de Jesús con ojos puramente humanos, nos sentimos perplejos, porque nuestra lógica funciona de manera diferente:

  • ¿Por qué vamos a orar por los que nos han hecho sufrir?
  • ¿Cómo vamos a hacer el bien a los que tanto mal han causado a la sociedad?
  • Si dependiera de nosotros, el sol solamente brillaría para los que comparten nuestra manera de ver la vida, y dejaríamos en la oscuridad a los otros, a los que consideramos malos.
  • Si dependiera de nuestra justicia humana, castigaríamos a los actores de la guerra con los extremos de lluvias arrasadoras y de prolongadas sequías.
  • En este texto, Jesús nos propone una lógica diferente, que es muy difícil de aceptar y de poner en práctica.

Las palabras de Jesús son de una gran pertinencia en la actual coyuntura del país. En medio de innumerables obstáculos y dudas, están avanzando los diálogos de paz ? y esperamos que en los próximos meses se pueda llegar a un acuerdo.
No podemos ser tan ingenuos que creamos que basta la firma para salir automáticamente de la pesadilla de la guerra. En ese momento empezaremos a recorrer el largo y tortuoso camino del postconflicto, que durará años. Y cuando avizoramos esos nuevos escenarios, aparece una palabra que es esencial; me refiero a la reconciliación.

El tema de la reconciliación cada día se menciona con más fuerza en foros, medios de comunicación, debates de los empresarios y organizaciones sociales. Esta potente palabra convoca a todos los colombianos. No me gusta hablar de la reconstrucción de Colombia, porque el verbo reconstruir implica una nostalgia por el pasado, como si añoráramos un paraíso que perdimos y al cual quisiéramos regresar. No hemos perdido ningún paraíso; queremos salir del infierno de violencia que ha cubierto de sangre los campos y ciudades de Colombia, y que nos ha llevado a gastar en la guerra lo que deberíamos haber invertido en mejoramiento de las condiciones de vida de los colombianos.

No queremos reconstruir nada. Queremos construir un país en el que podamos nacer, vivir, amar, trabajar y morir en paz. Necesitamos construir una sólida institucionalidad en el que la justicia sea pronta y eficaz; necesitamos un modelo económico que busque la equidad, la inclusión social y ofrezca oportunidades para todos. Son enormes los retos de la Colombia del postconflicto.

Quiero invitarlos a tomar conciencia del componente ético del postconflicto. Está sintetizado en la palabra reconciliación. Necesitaremos una gran generosidad para sanar el tejido social que está desgarrado. Estamos asistiendo a un intenso debate sobre las penas que deben aplicarse a los violentos, la reparación a las víctimas, etc. Son temas muy sensibles, que no pueden ser analizados en el simplismo de blanco o negro; el país necesitará matizar muchas realidades.

En medio de la discusión nacional, tengamos presentes las palabras de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian”. La Colombia nueva que queremos construir exige una gran generosidad para que podamos pasar la página de esta larga guerra y empezar a escribir un nuevo capítulo de esperanza, respeto a la vida, inclusión social y oportunidades para todos.