Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Dominio irrisorio y poder real

  •   Domingo Agosto 13 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El dominio sobre las fuerzas de la naturaleza es una constante en mucha literatura religiosa y fantasiosa. Es común a todas las religiones reclamar para su fundador una capacidad de obrar milagros de naturaleza (Buda, Mahoma, Moisés, Jesús, hasta pastores contemporáneos). Después de todo, el libro de la naturaleza es el primer libro de la revelación, anterior a la Biblia, pero en su doble ambigüedad: como contemplación es una revelación inmediata, como investigación es una revelación desafiante. Admirar un atardecer nos inspira pero está lejos de revelarnos las leyes de la difracción, la óptica, los secretos de la luz o su composición interna.


Dominar la naturaleza con fuerzas ocultas era el engañoso objetivo de la magia , no de la religión judía. Tampoco eran secretos que Yahvéh se guardara para sí, sino desafíos para el ser humano que los griegos manejaron con más tino. La fe se ubica en la respuesta a lo natural no en la irrupción de lo sobrenatural. Citando a Tomas Hobbes podemos decir que una vaca que habla no es ningún milagro cristiano, pues los criterios evangélicos son distintos: debe ser benéfico en el contexto natural del beneficiario y con sentido religioso. Mientras que en el ser humano Dios es acto creador continuo, en cuanto a la naturaleza es constatación: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1:31). En la tradición tomista, relatos como el de hoy de Pedro caminando sobre el agua, no presentan problema alguno pues Dios puede contradecir y detener las leyes naturales, creando un conflicto innecesario bien de una creación imperfecta (corrige sus errores), bien de un Dios caprichoso del que resulta difícil fiarse . El Dios Padre revelado en Jesús no contradice las leyes de la naturaleza sino las leyes sociales, religiosas y políticas de la época. Los relatos de milagros son puestos como cumplimiento de las imágenes proféticas no de certezas matemáticas; del tipo de fraternidad que se esperaba, no de la naturaleza que flaqueaba. El mayor milagro de los profetas fue dar la vida por predicar fidelidad a Yahvéh.

Esta es la fe que sigue vigente y que aún puede producir milagros hoy. El milagro no es sinónimo de lo imposibles sino precisamente de lo posible cuando el ser humano actúa según el querer de Jesús. Antes de Newton se creía firmemente que se requería intervención divina para el movimiento de los planetas. Su explicación fue mecánica, superada luego por la dinámica, completada por la química, la relatividad y muchas más. En palabras de Laplace a Napoleón: “Con el telescopio se ven los astros, no aparece Dios ni se necesita”. Luego Darwin hace algo similar con las especies, tenidas por inmutables desde la creación. Ya no podemos achacar a Dios tantas desgracias como hemos creado y su actuación es más clara hoy. No hay un Dios que haga trucos aquí y allá beneficiando a unos y castigando a otros. Cuando confesamos un Dios creador nos estamos comprometiendo moralmente a un cuidado especial de la creación en concordancia con sus leyes; hoy tan urgente por la destrucción de la “casa común”. Tampoco nos dice mucho una lectura “racionalista” de los evangelios como la de Federico Strauss para quien Jesús curó con drogas secretas y estaba en una balsa cuando se dijo que caminaba sobre las aguas. El lenguaje religioso si bien no es ciencia, tampoco es entretención literaria. El mismo Jesús teme a una mala interpretación de los milagros como teme a una mala interpretación de su mesianismo. Estrictamente hablando en los evangelios no aparece sino un milagro y es la resurrección, a él se encaminan los demás relatos.

La identificación de Jesús con un fantasma aparece igualmente en los relatos de apariciones: «Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo» (Lc 24:39). En algunas traducciones aparece como “aparición”, “espíritu malo”, “aparecido”. En filosofía tiene un papel importante como la imagen formada en la mente de algo existente o inexistente tomado como real, que puede ser debida a la imaginación o a los sentidos. Jesús los saca del equívoco: “Soy yo; no tengan temor”. En la experiencia de Pablo, en el camino de Damasco, se habla de voces y luz pero en ningún momento de experiencia amenazante o de temor.

Siendo pescadores avezados, el régimen de vientos y olas les resultaría familiar. De manera que el temor no sería tanto a las fuerzas de la naturaleza como a aquellas oposiciones que encontraban en su misión al lado o como continuadores de Jesús. Sobre esas dificultades desea andar Pedro de tal manera que no lo hundan. En más de una ocasión se presentan en los evangelios las dificultades de Pedro en el seguimiento que no son desconocidas a cualquier creyente. Este pasaje, que sólo trata de Pedro y de Jesús, únicamente está en Mateo que es el evangelio más judaizante. Ciertamente caminar en medio de los judíos con un mensaje novedoso era caminar en terreno minado con posibilidades de hundirse en el judaísmo o ponerse en problemas por su cristianismo. Parecería caminar sin tropiezos hasta que se asusta con el fuerte viento; se atemoriza y empieza a hundirse (¿En el agua? ¿En el temor? ¿En la desconfianza?), es parte de la riqueza del lenguaje religioso. El lector puede identificarse con Pedro como si fuera el temeroso, pero en última instancia deberá identificarse con Jesús para dar la mano a otros. A la petición de Pedro por segunda vez «¡Señor, sálvame!» la respuesta de reproche de Jesús «¡hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» parecería irónica y poco compasiva. Pero es que Pedro y los demás no deben centrarse en ellos mismos y su comodidad o beneficio. Si el auxilio les venía de Jesús ahora son ellos los que deben ser la fuente de auxilio para los demás y dicha fuente no se reduce a las fuerzas físicas ni a la pericia de pescadores. Jesús no aparece increpando al viento como en otros relatos. Las olas y el viento, si son físicas, son inevitables; si son parte de la oposición humana son resistibles y quizás algún día eliminables. En medio de ellas les tocará a los discípulos hacer sus confesiones de fe: «Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios» no porque la naturaleza se rinda a sus pies, sino porque ni ésta ni los seres humanos los harán flaquear. La manera de ser hijo puede bien resumir el mensaje evangélico. Como lo dice Pablo: «Constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad a partir de la resurrección de entre los muertos» (Rm 1:4). Pudiéramos pensar que por ser hijo de Dios desde el comienzo superara toda naturaleza, pero entendimos cómo se era hijo sometido a sus fuerzas y resucitado por Dios Padre. No vale inventarse otro camino para ser hijos y hermanos de Jesús.

Para descargar la homilía haga clic aquí.