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El reino de Dios como viña

  •   Domingo Octubre 08 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Siendo la profesión fundacional del judaísmo la fe en la tierra: «Mi padre era un arameo sin tierra de cultivo» (Dt 26:5) y final feliz complementada con: «Y ahora yo traigo las primicias de los productos del suelo que tú, Yahveh, me has dado» (Dt 26:10), no es de extrañar encontrar tantas imágenes del reinado de Dios de tipo agrícola.


Israel es plantación, viña, cosecha, tierra de los siete granos, vinos de solera, uvas en sazón, tierra que “mana leche y miel”. En el Nuevo Testamento son igualmente abundantes directa o indirectamente: viña, vid, sarmiento, aves del cielo, lirios del campo, mies, campos de trigo, bendición del pan, copa de vino, agricultores, bodegas de cosecha, pan partido, pan compartido, aguas vivas, higueras, madero, cedros del Líbano, signos de primavera, tormentas, sol, espinas, cardos, tierra estéril, tierra fértil, nueva tierra, etc. Finalmente, la encarnación como acto de abajamiento, vaciamiento de Dios en Jesús, es un “entierrarse” de Dios en un pueblo campesino como Nazaret a la manera como el segundo relato de la creación nos dice que la humanidad fue formada de tierra roja (Adamah, que da origen a Adán). Hoy vuelve el tema de la viña que había tenido su expresión más profética y poética en el canto de la viña de Isaías.

No desconocían tampoco los judíos los problemas que creaban la ambición y expropiación de la tierra, como en el caso de la viña de Nabot y el rey Ajab, denunciado por el profeta Elías. Las parábolas que tocan temas económicos presentan el inconveniente de que al ser aplicadas, como se encuentran ordinariamente en los evangelios, puedan llevar al lector a buscar intuir la enseñanza en detalles que son de su tiempo más que en el punto de contacto. Así, en los viñadores homicidas parecería aceptarse el sistema de producción que ya se alejaba del ideal judío.

No debería haber en Israel propietarios que dejaran a otros judíos sin tierra para suplir sus necesidades. En los obreros que esperaban trabajo en la plaza pública, no debería haber en Israel quien no tuviera su tierra para trabajarla. El criado puesto a vigilar a otros criados muestra la desintegración de la casa o tribu (no existía propiamente el concepto de familia) en que unos tenían mucho y muchos nada. En el de las monedas (minas) repartidas se busca que ganen interés, algo prohibido entre los judíos. En el mayordomo sagaz, aparecen las triquiñuelas contables de los préstamos, lejos de la ayuda al prójimo en sus necesidades. En el siervo que sirve a la mesa luego de trabajar todo el día, se rebaja aún más su dignidad como “criado inútil”. En el perdón de deudas económicas, el agotamiento de la persona, mujer e hijos al servicio del dinero acumulado. En otras palabras, el Nuevo Testamento puede ser usado en contra de su mismo mensaje cuando se da por justificada y aún bendecida la situación de la parábola. La intuición ha de ir por otro lado. «Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas de Jesús, se dieron cuenta de que se refería a ellos» es una aplicación que bien pudieron hacerse a sí mismos pero que no es intencionalidad de la parábola; es una alegoría de los creyentes. En general, los profetas tuvieron más persecución de la monarquía que del Templo, aunque hubo alianzas lamentables y en el juicio de Jesús entran ambos: sanedrín y lithóstrato (pretorio). La relación de Jesús con las cosechas apunta a lo mejor de la legislación judía de la tierra como el derecho de los pobres o hambrientos a las espigas en su camino, la mies abundante, la despreocupación por el pan del mañana, el insensato que acumula en bodegas y no en el estómago del hambriento. La invasión violenta de la tierra por los romanos, hacía imposible llevar a la práctica el contenido social del Deuteronomio. Se daban las condiciones para que los viñadores se negaran a pagar la renta y pudieran llegar a la violencia del asesinato de los propietarios usurpadores.

La respuesta de las gentes, no de Jesús, de que el dueño de la viña «exterminará a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le paguen a su tiempo y los frutos correspondientes» parece aún más cruel que la de los mismo viñadores pues estos lo hacen para defender su vida y el propietario para defender su riqueza. Una espiral de violencia similar a la de quien mate a Caín o hiera a Lamec. Jesús, en cambio, interviene en la narración con una cita del salmo 118 sobre la piedra rechazada por los constructores que se hace piedra angular y sobre el reinado de Dios en otro pueblo que dé frutos. La historia parabólica termina en un fallido intento de explicar, probablemente, la muerte de Jesús que era la inquietud principal de los cristianos: ¿Cómo Jesús salva muriendo? Llevará años de reflexión, diferentes profesiones de fe, influjo de los cristianos judaizantes, de los cristianos helenizantes, explicaciones de Pablo, evangelio de Juan, relectura de Marcos para empezar a aclarar el dilema, el oximorón.

A los judíos no se les arrebató más que su tierra, por los romanos, no por Dios, pero su religión sigue viva y hoy nos hace valiosos aportes. Los cristianos han dado muchos frutos, pero también agraces, como en el canto original de Isaías. Jesús no muere para quitar a unos y dar a otros sino por la humanidad, para todos. Este será el avance de Pablo con los gentiles. La parábola podría ser de fin, reservado al Padre. Una exhortación con lenguaje profético. En sentido amplio, superando el nacionalismo judío, si la viña es el mundo como “tierra prometida”, “tierra que mana leche y miel” para toda la humanidad, nunca dejará ser de Yahvéh y éste no la arrienda a nadie; el hombre nunca será propietario, siempre administrador. El encargo en el primer relato de la creación (imagen y semejanza) se ha traducido variadamente como “dominio”, “mando”, “primacía”, “señorío”, “poderío”, “reinado”, “autoridad”, etc. Hoy con la crisis ecológica todas las interpretaciones han resultado inadecuadas.

Si la imagen y semejanza del hombre se revela en su manejo de la creación ciertamente algo anda muy mal. Algunos proponen la idea de co-creador responsable, otros la aceptación de que el hombre es creatura (idea del judaísmo) y que todas las palabras citadas (dominio, mando, etc.) expresan función de Dios, no del hombre. La historia de la humanidad ha sido la contraria: “Que Dios mande en el cielo que en la tierra mando yo”. Otros que la creación es el pacto de gracia en Cristo: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo (cosmos)» (2 Co 5:19). En el segundo relato de la creación se da a la humanidad el papel de “cuidar”, “guardar” (Gn 2:15) que es el mismo que esperaba Yahvéh cumpliera Caín con su hermano Abel. En inglés hablan de la “stewardship” como azafatas de viaje. La parábola de los viñadores homicidas es un relato profano de crueldad de muchos contextos sociales conocidos. Nuevamente es el rechazado, excluido, marginado el que da la clave para entender el reinado de Dios. La viña de la época de Jesús ya reflejaba poco de la esperanza original judía de pueblo sin tierra cultivable. Los frutos eran para otros, igual que hoy. El reinado de Dios sigue a la espera y la imagen de viña parece diluida igual que la humanidad como viñadora.