El Colegio San Pedro se solidariza y escucha a las víctimas de la guerra: conmemoración de su día

“Amor a Jesús en mis hermanos los pobres (…) Paz en las tinieblas que cubren la luz del amor y ganas de seguir soñando y creyendo en la resistencia no solo de mi cuerpo, sino de tantas comunidades que van sembrando la semilla de la vida en medio de tanta muerte” (P. Mauricio Llantén, S.J., La trilogía de la vida: claro, oscuro y claroscuro, 1999).


En el contexto de la urgencia por dar una respuesta consistente al drama de las víctimas en el país, el Colegio San Pedro Claver continúa propiciando espacios de perdón y reconciliación. Así el 29 de abril, bajó la dirección del área de Ciencias Sociales, se lideró un acto conmemorativo con el Sr. Jairo Navarro y el Sr. Cristóbal Zamora del Hogar Jesús de Nazareth; también estuvo invitada la defensora de Derechos Humanos, Jacqueline Rojas, quien participó de la visita a la mesa de diálogos con las FARC en La Habana. Resaltamos a la Sra. Jacqueline Rojas, pues nos dio un claro testimonio de que la estrategia más eficaz para lograr un postconflicto real –que asegure la paz– es fomentar dinámicas de interioridad; en otras palabras, Dios nos regala la paz auténtica desde adentro. Serias consecuencias se desprenden de ello, pues no podemos descargar toda la responsabilidad de la pacificación de Colombia sobre quienes hacen el ejercicio político de la firma del acuerdo de la paz, es preciso que asumamos nuestro compromiso con esperanza inagotable y visión inclusiva.

Por ello, conviene recordar lo que el P. Francisco de Roux, S.J., sabiamente nos advierte cuando asegura que en Colombia atravesamos una crisis espiritual, “estoy convencido que la crisis colombiana es ante todo una crisis del espíritu. Una crisis que nos ha vaciado de sentido. Ha vaciado de sentido a la religión, ha vaciado de sentido a la educación de todos los niveles, incluida por supuesto la universidad pública y privada; ha vaciado de sentido la política y la cultura. Esto permite entender que llevemos ya cincuenta años de una guerra absurda y bárbara, que vulnera lo más hondo de nosotros mismos, aunque tengamos la frescura de continuar los negocios y las cátedras, los rituales litúrgicos y la vida profesional, como si las masacres de Bojayá y Mapiripán, la Chiquita y la Gabarra, y los 5 millones de desplazados no fueran parte y responsabilidad de todos nosotros” (El perdón, Lectio Inauguralis Facultad de Psicología, Enero de 2013).

De lo anterior, nos queda la convicción de la centralidad del reconocimiento y respeto inexorable de la dignidad humana a todo colombiano y colombiana; en realidad no importa a quien tengamos al frente nuestro, entre todos nos debemos el sumo respeto, pues nos une como humanidad nuestra dignidad. En consecuencia, conmemorar el dolor de nuestras víctimas en Colombia tiene que zanjar nuestras entrañas para derrumbar toda barrera erigida o fronteras visibles –e invisibles- entre nosotros. Claro está que, el escuchar a las víctimas reconciliadas con su pasado y con los victimarios nos enseñará a transformar nuestras actitudes violentas; pero apelamos a la valentía católica de no sucumbir a nuestras violencias, ya tan malgastadas y obsoletas. ¡Renunciar a la paz y prolongar procesos de victimización no puede menos que ser un acto de cobardía y descreencia en la acción del Resucitado en medio de nosotros! En este sentido, debemos acoger el modo más humano para perdonar a los victimarios, es decir, no podemos prolongar odios y divisiones hacia quienes nos han roto. En suma, si somos fieles al actuar de Jesús, el mensajero de la paz, seremos capaces de ir más allá de nuestra historia quebrada por la guerra injusta. Solo así seremos capaces de ver a las víctimas y victimarios desde la mirada justa y misericordiosa de Dios. De nuevo es pertinente preguntarnos: ¿Cómo Dios sueña a Colombia pacificada? ¿Cómo podemos transformados de tal modo que nuestras actitudes del día a día sean transparencia del perdón y reconciliación?

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