Tareas para la convivencia en equidad, reconciliación y paz

Artículo de opinión de Carlos Alberto Posada, miembro del Centro de Fe y Culturas, publicado en el Periódico El Mundo, de Medellín, el pasado domingo 12 de junio de 2016.


El momento que vive el país es en verdad complejo. Padecemos muchas formas de exclusión, pobreza en zonas remotas, violencias cotidianas y continuamente se vulneran los derechos de los otros, todo esto, bajo perversos esquemas de poder y dominación. Nos brincamos la norma, no tenemos sentido de lo colectivo, lo que decimos no coincide con lo que hacemos, despreciamos el valor de la vida, nuestras diferencias son la disculpa para seguir el conflicto y la solución “normal” en Colombia cuando hay desacuerdos, es la violencia.

Pronto llegará el tiempo del posacuerdo y es preciso prepararnos, implementando acciones correctivas y actitudes claramente propositivas. Si entendemos este momento como una oportunidad, debemos asumir nuestro papel para construir una sana convivencia, fruto supremo de la paz. Las exalumnas de la Enseñanza realizaron el año anterior en Medellín su congreso nacional y lo dedicaron a pensar cómo tender la mano para lograr una buena convivencia entre los colombianos; sus conclusiones nos inspiran profundas reflexiones, como ésta de que “tender la mano” exige reconocer y aceptar las diferencias para vivir en sociedad, ubicarnos armoniosamente con el otro y aprender a transformarnos juntos. No se trata de tolerar, sino de integrar las diversidades etarias, sexuales, de credo o de procedencia, aceptando que todos somos sujetos de derechos para romper el absurdo yugo de poder y dominación, origen de las violencias en la vida cotidiana. Nuestro territorio entonces será no solo una ubicación física, sino nuestro propio espacio y el lugar de relaciones, donde descubrimos que el otro es valioso y ricamente diverso en gustos, cultura y sentimientos; y donde una comunicación libre, en diálogo abierto con otras visiones del mundo, va a generar solidaridad, perdón y buen vivir.

Hay que suprimir el lenguaje de confrontación y odio, como prójimos que dialogan, perdonan, conviven, reconocen al otro, respetan su dignidad y son solidarios. La carta que recientemente dirigieron a los colombianos algunos intelectuales, directores de ONG y empresarios (entre ellos el padre de Roux, director del Centro de Fe y Culturas), nos invita a “participar en la controversia pública con honestidad, respeto a las instituciones democráticas y tolerancia con la contraparte,… y a reconocer, que la violencia homicida, la guerra sucia y el conflicto armado también son el producto del escalamiento del lenguaje agraviante”. Evitemos radicalmente el conflicto tanto en lo personal, lo familiar, lo laboral como en lo social, convirtiendo el propio hábitat (territorio y relaciones con los otros) en un lugar de vida digna y no en un escenario de disputa y fronteras; un espacio de disfrute donde se reconozca y desarrolle la enorme riqueza de cada ser humano. El resultado será una comunidad que convive dignamente, un grupo de sujetos morales y éticos, solidarios, que libremente deciden su vida, que perdonan y reconocen las historias individuales y colectivas, creando las bases de una paz estable. La convivencia digna es pues una decisión y una tarea personal.

El Centro de Fe y Culturas nos invita a seguir atentamente el proceso de negociaciones de paz que nos llama a mirar objetivamente la realidad colombiana y no con el lente parcializado de los intereses de los sectores políticos, sociales o económicos. Diseñar adecuadamente la Colombia que viviremos en los próximos años nos exige integrar todas las ideas sobre los problemas del país, conseguir acuerdos respetuosos y construir la confianza necesaria para la convivencia y el afianzamiento de la democracia. Los debates políticos y sociales deben producir liderazgos en pro de la solución de los problemas estructurales del país. Surgirán nuevas formas de ser solidarios en las que podamos vivir juntos como seres humanos que se preocupen del cuidado de sí y del otro y que comprendan la lección de vida que nos deja el conflicto, según la cual el ser humano debe ser el fin y no el instrumento débil de la guerra.