La misericordia como proyecto de vida

Columna de opinión de Jenny Tamayo, miembro del Centro de Fe y Culturas, publicada el pasado domingo 31 de julio del presente año, en el periódico El Mundo, de Medellín.


En diciembre de 2015 dio la vuelta al mundo la noticia sobre la convocatoria que hizo el Papa Francisco de vivir, desde ese momento, un Año Santo, el Año de la Misericordia; convocatoria que se formalizó con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro.

Desde ese momento, hasta estos días, el Santo Padre en sus diferentes homilías, intervenciones y alocuciones, ha hecho referencia a distintos aspectos que conllevan el vivir la Misericordia. Mensajes que unas veces son noticia, otras son motivo de inspiración para la predicación de sacerdotes, en ocasiones se convierten en tema de las clases de religión, en otras quedan como palabras que deambulan por las redes sociales y no debería ser así.

El profundo sentido humano que tiene esta convocatoria amerita que asumamos la Misericordia como un verdadero proyecto de vida, porque no solo nos conduce a ser mejores personas, sino a participar en la construcción de una sociedad en la que cada quien es reconocido como un verdadero ser, único e irrepetible, con todas sus realidades, limitaciones y posibilidades.

El soporte de esta propuesta lo podemos encontrar en la definición del Diccionario de la Lengua Española de la palabra Misericordia: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.” Definición que encaja perfectamente con lo que de ella ha dicho el Papa Francisco: “es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.” (Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de La Misericordia, 11 de abril de 2015)

Esta invitación que nos hace el Santo Padre a todos, seamos o no creyentes; tiene como eje central poner al “otro” en un lugar privilegiado, es decir por encima del “yo”, gran desafío para una sociedad que parece privilegiar el egoísmo, el individualismo y el personalismo.

Pero además no es a cualquier “otro”, sino al que sufre, al esclavizado, al que es excluido, al ignorado, al desplazado, al despojado de sus bienes, de su honra, de sus afectos, al que fue víctima, pero también al que fue victimario; ese “otro” que a veces no reconocemos porque nuestra visión se ha nublado por la rabia, el rencor, los resentimientos… emociones que se desvanecerían si acudiéramos al perdón.

Aparece entonces el primer gran impacto de hacer de la Misericordia un proyecto de vida: perdonar; comenzando por nosotros mismos, pues hay momentos en los que nos damos tantos latigazos por nuestros errores, que quedamos sin aliento para recomenzar el camino.

Misericordia sin perdón no se entiende, como tampoco se entiende ninguna de las dos sin amor. En palabras del Papa Francisco: “la Misericordia es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.”

En el Centro de Fe y Culturas de Medellín nos mueven a pensar que cada uno es el “otro” de los “otros”, y en esa clave de vida cada uno lucha por hacer de su existencia una experiencia signada por el escuchar, el perdonar, el compadecer, el compartir y el amar. No siempre lo logramos, pero sabemos que hoy y ahora es el momento propicio para permitir que Dios nos toque el corazón.