Diez ideas para interpretar y vivir el momento actual en Colombia

El siguiente conjunto de ideas representan una opinión construida de manera deliberativa por los integrantes del Centro de Fe y Culturas de Medellín; lo presentamos a la sociedad colombiana como una base de reflexión y debate, para construir los acuerdos que requerimos sobre nuestra convivencia. Su punto de partida es que el prolongado y cruento conflicto armado interno es a su vez, expresión y causa de una profunda crisis espiritual y de sentido de nuestra sociedad, que nos ha llevado a un punto en el cual se ha irrespetado de manera sistemática la humanidad de millones de colombianos y colombianas, de manera tal que pone en cuestión nuestros cimientos y nuestra viabilidad como sociedad y como país.


1. Es hora de terminar la confrontación armada en Colombia por la vía de la negociación política. Las generaciones vivas en Colombia no han conocido un período de su historia sin conflicto armado. ¡Es tiempo de cambiar esta situación! No tenemos por qué acostumbrarnos a la violencia como si fuera parte de nuestro paisaje natural. Debemos cerrar este capítulo, entre otras cosas, para poder afrontar de manera civilizada las hondas transformaciones que nuestra sociedad necesita. Tenemos la profunda convicción de que la mejor vía para resolver una confrontación armada interna es la negociación política. Una sociedad incluyente emerge más fácil del diálogo, que del completo exterminio de una de las fuerzas o de su acallamiento.

2. Este momento es una oportunidad para fortalecer la construcción de un mejor país para todos. La coyuntura actual, marcada por los acuerdos entre el Gobierno Nacional y la guerrilla, puede ser una oportunidad de progreso, pero para que lo sea requiere compromiso y responsabilidad de la dirigencia y de la ciudadanía. Contra esto, atenta la manera como habitualmente afrontamos nuestras diferencias, que nos conduce rápidamente a situaciones bipolares, gobernadas por la lógica de la radicalidad extrema en dos bandos. Lo que en realidad existe en Colombia, es una tremenda y rica diversidad que puede y debe llegar a acuerdos sobre su convivencia pacífica.

3. El reto más hondo es construir una cultura pacífica y dialogante. La sociedad colombiana requiere un amplio, prolongado y persistente esfuerzo formativo de sus ciudadanos y ciudadanas, dirigido a eliminar las violencias, en sus múltiples formas, como método para resolver los conflictos. Esto implica valorar y defender el Estado Social de Derecho y sus instituciones, y fortalecer una educación de calidad a todos los niveles, para aprender por ejemplo, normas básicas de convivencia como acudir a la mediación, el uso exclusivo de los canales institucionales y el repudio de la justicia por mano propia.

4. La centralidad de las víctimas. Quienes han sido víctimas de las muchas maneras de agresión, deben estar en el centro de las preocupaciones de los actores directos de la negociación y de la sociedad. Los derechos a verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, han de ser una guía ineludible de lo que se acuerde, cuya responsabilidad central de implementación recaerá sobre el Estado y la guerrilla, pero deberá contar con el apoyo, participación y vigilancia en diversas formas de toda la ciudadanía y sus organizaciones.

5. Reconciliarnos como sociedad debe ser parte de nuestras preocupaciones. En la sociedad colombiana existe hoy un agudo debate sobre qué formas debe adoptar la justicia para evitar que quede en la impunidad la masiva y sistemática violación de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, que ha sido característica del conflicto armado en Colombia. Más allá de los aspectos jurídicos y políticos de este debate, lo cierto es que la perspectiva de reconciliarnos como sociedad, de garantizar a cada quien el efectivo disfrute de sus derechos y libertades, debe contar con grupos de personas dispuestas a reconciliarse y reconstituir los lazos rotos. Esa tarea de construir la paz en los territorios, en la base social, cuenta con un gran acervo de experiencias de las que hay mucho que aprender y replicar.

6. No va a ser posible ponerse de acuerdo en todos los puntos. Tenemos que acordar caminos para resolver las desavenencias. Dada la antigüedad y la hondura de nuestras confrontaciones y violencias, es iluso pensar que ahora vamos a estar de acuerdo en todo. Por el contrario, lo esperable es que nuestras grandes dudas y contradicciones y muchas otras que han estado acalladas por la confrontación, salgan a flote. Lo importante será: en lo inmediato, tener la grandeza y la generosidad de reconocerle al otro su parte de razón y hacer un ejercicio racional y argumentado de explicitar los desacuerdos; en el mediano plazo, nuestro reto será construir métodos, transformar costumbres y fortalecer instituciones para resolver de manera pacífica nuestros problemas, en especial, garantizando el acceso para todas las personas al servicio de justicia estatal; y en el largo plazo, trabajar para que Colombia avance hacia una sociedad más equitativa, productiva y distributiva en lo económico y lo social, responsable con su medio ambiente, y democrática en lo político y cultural.

7. Los acuerdos construidos en La Habana y su posterior modificación son un avance significativo y un activo con que cuenta la sociedad colombiana para resolver su conflicto armado. Los resultados del plebiscito de octubre pasado y el posterior proceso de diálogos a muchos niveles, han demostrado que la ciudadanía colombiana tiene una opinión dividida sobre los acuerdos construidos entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc, pero que puede llegar a acuerdos. El logro más importante de estos acuerdos ha sido el desescalamiento de las hostilidades militares y la drástica reducción del número de víctimas en los meses recientes, lo que constituye una muy buena noticia. Esto es lo que debiera reconocerse y preservarse. La implementación de esos acuerdos es responsabilidad central del Estado colombiano, pero la sociedad toda y la comunidad internacional, tienen la responsabilidad de acompañar, rodear y vigilar su marcha para que lleguen a buen puerto. Un avance claro en este campo será tierra abonada para lo que puede venir con la guerrilla del Eln y otros grupos menores.

8. Los pasos adelante no pueden hacerse sobre la base de recortar derechos ya conquistados por grupos sociales y minoritarios. La sociedad colombiana, desde la promulgación de la Constitución Política en 1991, ha venido construyendo avances notables en la garantía de derechos del conjunto de la población, de las mujeres y de distintos grupos minoritarios. Ha habido avances claros aunque falta mucho por implementar. Esas conquistas son puntos de partida para avanzar, profundizarlos y hacerlos viables. No es del caso volver al pasado en estos temas.

9. La sociedad colombiana requiere angustiosamente una nueva forma de hacer política que esté guiada por claros principios de ética política cuyo fundamento es el respeto a la igual dignidad de todas las personas. Lo que en últimas buscan los acuerdos con los grupos armados ilegales es sustituir la violencia por la política como método para conseguir sus propósitos. Sin embargo, es paradójico que nuestra forma de hacer la política viva una profunda crisis. Es decisivo para nuestro presente y sobre todo para nuestro futuro, que haya una reestructuración de fondo de la política en sus contenidos, sus formas y sus instrumentos. Política que esté guiada por el principio ético de la búsqueda del bien común, que rompa tanto con la violencia, como con la corrupción, y que incorpore formas de gestión de lo público que hagan del Estado un instrumento efectivo para la garantía de derechos y la protección de las libertades de su ciudadanía.

10. Tiempo para dar testimonio de humanidad. Tenemos la convicción de que este es un tiempo propicio para que los ciudadanos y ciudadanas de este país saquemos lo mejor de cada uno y pongamos, por encima de nuestras discrepancias, valores universales como el respecto por la dignidad de cada quien, la compasión con quienes nos rodean, en especial con los que más sufren y la búsqueda del bien común. Actitudes como esas, más la disposición para el perdón y la apertura a la reconciliación, nos ayudarían a despejar un camino en el que los proyectos individuales, familiares, comunitarios y sociales puedan ser una realidad para la vida buena de todos.