'Silencio', la película

`Silencio´, la película sobre la persecución a católicos en Japón.


Escenificada en el siglo XVII, recrea un hecho dramático para la Iglesia católica.

El 5 de febrero de 1597, en Nagasaki, fueron crucificados y martirizados 26 católicos que hoy la Iglesia venera como santos.

`Silencio´, la película de Martin Scorsese sobre los misioneros jesuitas durante la persecución a los cristianos en el Japón en el siglo XVII, basada en la novela del escritor japonés Shûsaku Endô (1923-1996), es un film difícil de digerir. Si bien visualmente es hermosa, verosímil y conmovedora, el contenido histórico, teológico y espiritual de esta película es pesado y exigente, por varios motivos.

Como en toda novela histórica, tampoco aquí resulta fácil distinguir la verdad histórica de la ficción literaria o cinematográfica. Mientras que para algunos esa distinción carece de importancia, para otros sí que la tiene. Una cosa son los datos históricos sobre cuántos creyentes resistieron heroicamente el martirio y se negaron a apostatar de su fe y cuántos sí lo hicieron, y otra muy distinta es el estudio y la aproximación a los motivos y circunstancias por los cuales unos y otros actuaron como lo hicieron. Estamos muy acostumbrados a juzgar la historia y mucho nos cuesta verla con otros ojos. Y de eso es de lo que se trata aquí.

Es un hecho histórico, por ejemplo, que el 5 de febrero de 1597, en Nagasaki, fueron crucificados y cruelmente martirizados 26 católicos que hoy la Iglesia venera como auténticos santos mártires de la fe, y que entre ellos había laicos, franciscanos y jesuitas.

Y también es un hecho histórico que Cristóvão Ferreira (1580-1650) fue un misionero jesuita portugués que, al igual que otros, no resistió la tortura y tras apostatar de su fe continuó viviendo casado con una viuda japonesa bajo el nombre de Sawano Chuan, llegando a ser el más famoso de los llamados ‘sacerdotes caídos’, no solo por el importante papel que había desempeñado en las misiones jesuitas, sino porque escribió varias obras de medicina y astronomía, y dedicó el resto de su nueva vida al estudio de la cultura, la religión, la ciencia y la filosofía japonesa.

Algunos historiadores afirman como dato histórico seguro que su apostasía del cristianismo fue aparente, algo meramente formal, y que él, al igual que otros apóstatas, siempre vivió como creyente cristiano en medio del budismo japonés.

El problema es que nos habíamos acostumbrado a que estas historias fueran concebidas y narradas –cuando no idealizadas– casi que exclusivamente por escritores católicos occidentales para los cuales la diferencia entre el bien y el mal, entre fieles e infieles, era clara, nítida, contundente.

En esa perspectiva, Ferreira tenía que ser visto como un traidor, un apóstata, un fracasado, en definitiva: una vergüenza para el catolicismo y para los jesuitas.

Mejor sería que no se hablara de él. Y eso no es lo que aparece en Silencio, la novela de Shûsaku Endô, que si bien era católico, representa un catolicismo japonés moderno, al estilo del impulso renovador del Concilio Vaticano II: plenamente católico y plenamente japonés.

Endô, en efecto, fue bautizado a la edad de 12 años, su madre era japonesa católica conversa, y uno de sus más famosos libros es, precisamente, una vida de Jesús desde un punto de vista japonés.

Desde este enfoque, podemos comenzar a entender y a digerir algo. La cultura, la filosofía, la ciencia y la religión japonesas tenían una alta conciencia de su propio valor y desarrollo.

El Japón era en el siglo XVII una sociedad rural, desigual y altamente autoritaria, pero no inculta ni acomplejada. La llegada del cristianismo, su crecimiento y desarrollo, significaba una amenaza, o al menos un riesgo, que en algunos aspectos podría resultar comparable a lo que algunos europeos “sienten” hoy respecto del crecimiento del islam en medio de una Europa cada vez más post-cristiana.

La reacción de las autoridades niponas en contra de la nueva religión fue muy autoritaria, intolerante y violenta, y para muchos cristianos significó persecución, sufrimiento, tortura, dolor, desesperación y muerte. Y como siempre ha ocurrido, también en el Japón la sangre de los mártires se tradujo en semilla fecunda de nuevos cristianos.

La novela y la película recrean esta situación con admirable y valerosa sinceridad. Pero es evidente que no se trata de una historia piadosa o edificante. El testimonio de la fe, cuando no es ideologizado por intereses propagandísticos, abarca tanto el heroísmo como la debilidad humana.

Nadie cree sin dudar, nadie ama sin miedo a amar, nadie entrega su vida sin vacilar.

La vida es así, no es o blanca o negra, está llena de matices grises. Y esto en la película queda reflejado en el hecho de que uno, al terminar de verla, conmovido o escandalizado, se da cuenta de que en realidad sale del cine lleno de dudas y preguntas como estas: ¿qué ofende más a Dios: pisotear una imagen religiosa o torturar hasta la muerte a personas inocentes? ¿Quién sufre más: el que apostata de su fe y se ve obligado a pisotear lo que más ama, o el que no lo hace y acepta el brutal martirio?

Nosotros, a siglos de distancia, acostumbrados quizás a la práctica de una religiosidad acomodada a un mundo que ya no persigue casi a nadie por sus creencias religiosas, o aburguesados en torno a una serie de creencias que ya no incomodan ni enojan a los poderosos, exigimos respuestas claras y distintas a esas preguntas, que para nosotros son teóricas, pero que no cabían en el pecho de los mártires porque estaban mezcladas con la duda, la incertidumbre y la angustia.

Porque los que viven la realidad de la persecución, a pesar del consuelo que su fe les ofrece, suelen sufrir así, llenos de dudas y confundidos, como Jesús, que en medio del suplicio de la cruz se sintió abandonado y olvidado por su padre.

En esos momentos, cuando el creyente, en medio del sufrimiento y la confusión espera una voz de aliento desde lo alto, es cuando resulta tan escandalosamente estremecedor el silencio.

Es el silencio de Dios. El angustioso silencio de Dios en medio del infierno creado por los hombres, el mismo silencio de Dios en Auschwitz, en Bojayá o en Ayotzinapa.

Cuando uno se toma la fe en serio, comprende, en forma lenta pero certera, que el silencio es, paradójicamente, el modo en el que Dios suele hablar.

Quizás sea por eso el silencio el único lenguaje verdaderamente universal, y es probable que la fe religiosa consista precisamente en aprender a interpretar el silencio de Dios ante el sufrimiento del mundo, no como indiferencia o como vacío banal, sino como clamor y quejido mudo, como último llamado y como recurso impotente de la misericordia.

Pero la verdad es que el silencio es silencio, y quizás por eso haya tantos, incluso creyentes, que en el mundo de hoy encuentran insoportable el silencio.
Oír el clamor de Dios desde el silencio es muy duro.

Ese silencio de Dios, insoportable y escandaloso, nos permite mirar con otros ojos lo que hasta entonces juzgábamos como infidelidad, fracaso, muerte o derrota.

Es el mismo silencio de Dios ante una niña que muere de cáncer justo cuando empezaba a vivir.

Si el silencio de Dios en la crucifixión de Jesús bien podría ser un signo anticipado de su resurrección, la película Silencio, de Martin Scorsese, y la novela de Shûsaku Endô nos ofrecen la posibilidad de mirar el sufrimiento de mártires y apóstatas con otros ojos: los de la misericordia, tan escasa en este mundo.

Mártires y apóstatas son, por igual, testigos del silencio de Dios, escenario donde su amor y misericordia se revelan. Ambos hacen posible la fe.