La machera de ser madre

  •    Mayo 12 de 2017
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

Son múltiples las formas de cometer injusticias contra las mujeres. Se cometen hasta en el lenguaje, cuando se aceptan como sinónimos los términos de “macho” y “valiente”.


¡Qué macho! Se suele decir para ponderar a un hombre valiente ¡Qué machera! Es la exclamación admirativa ante una acción que exige energía y valor. Todo como sí el esfuerzo y la valentía fueran exclusivos de los miembros del sexo masculino. ¿Es que entre las mujeres no se dan derroches de valor?

Nuestra historia colombiana reconoce multitud de héroes: hombres que entregaron su vida por la patria. También reconoce a unas cuantas heroínas, fusiladas en aras de la independencia, como la Pola o Antonia Santos. Pero ahí no termina el heroísmo femenino. Las mujeres valientes no se cuentan por docenas sino por millones: cada mujer que se resuelve a ser madre se convierte en heroína: una mártir de la familia y de la patria.

El arzobispo mártir de El Salvador, Oscar Romero, considera la maternidad como un martirio: el martirio materno. Se expresó así en su homilía para el funeral de un sacerdote asesinado por los escuadrones de la muerte: “Todos debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, aunque no nos conceda el Señor este honor... Dar la vida, tener espíritu de martirio, es darla en el deber, en aquel silencio de la vida cotidiana, ir dando la vida como la da la madre sin aspavientos. Con la sencillez del martirio maternal ella concibe en su seno a su hijo, da a luz, le da de mamar, hace crecer, cuida con cariño a su hijo. Esto es dar la vida y éstas son las madres: es un verdadero martirio”.

¡Qué machera tomar la decisión de ser madre! Esa valiente mujer, la madre, no sólo afronta las molestias de nueve meses de embarazo y los terribles dolores del parto, que los hombres somos incapaces de imaginar. Este es sólo el comienzo. Desde ese momento su vida ha cambiado para siempre. Ser madre significa renuncia continua: sus pensamientos, sus preocupaciones, el uso de su tiempo, todo su corazón, se emplearán en sacar adelante a sus hijos. Su propio bienestar pasa a segundo plano. Es un martirio en el que se sacrifica la vida a pedacitos, día por día.

El papel de la madre cristiana conlleva su marca específica. Comenta así el papa Francisco: “Las madres a menudo transmiten también el sentido más profundo de la práctica religiosa: en las primeros oraciones, en los primeros gestos de devoción que un niño aprende, se inscribe el valor de la fe en la vida de un ser humano. Es un mensaje que las madres creyentes saben transmitir sin muchas explicaciones: éstas vendrán después, pero la semilla de la fe está ya sembrada en esos primeros, preciosísimos momentos”.

Querida mamá: Gracias por tu generosidad y valentía. Gracias por tu ternura y fortaleza, por tus noches sin sueño y tus largos días de incertidumbre, por tus sonrisas y tus lágrimas. ¡Qué machera de mujer!