Ratones cuidando el queso

  •    Junio 30 de 2017
  •    José Leonardo Rincón, S.J.

Pensando anoche se me ocurrió tan gracioso título. Iba a ser más largo: “Ratones cuidando el queso: y el gato como garante”. Me acordé entonces que cuando era niño recitaba una poesía de Rafael Pombo que se llamaba El Gato Guardián y consulté en Google para copiar el texto lo más fielmente posible y, oh sorpresa, como suele ocurrir cuando se le consulta algo, docenas de artículos hablando cada uno de temas relacionados con la corrupción en sus más diversas expresiones!


Pero transcribamos a Pombo para que nunca se nos olvide su sugestiva lección de ética: “EL GATO GUARDIÁN: Un campesino que en su alacena guardaba un queso de nochebuena, oyó un ruidito ratoncillesco por los contornos de su refresco, y pronto, pronto, como hombre listo que nadie pesca de desprovisto, trájose al gato, para que en vela le hiciese al pillo la centinela, e hízola el gato con tal suceso que ambos marcharon: ratón y queso.” Y concluye con la moraleja: “Gobiernos dignos y timoratos, donde haya queso no mandéis gatos”.

Pues bien, el tema de la semana no podría ser otro, tan sorprendidos como estupefactos quedamos todos con la noticia que el director anti-corrupción de la Fiscalía, resultó comprometido en un escándalo de corrupción! El garante de la lucha contra el mayor flagelo que ahora sufrimos como país, untado a decir no más del afán del dinero fácil, del camino corto, del atajo, del tener plata a como dé lugar sin importar la manera de obtenerlo. Lo más doloroso, un hombre joven, padre de familia de un pequeño niño, seguramente con un futuro profesional promisorio, trunca de tajo su carrera exitosa por una colosal metida de patas. Ninguno estamos exentos.

Pocas horas antes, en mi Universidad, se me informa que una funcionaria de quien teníamos el mejor de los conceptos, joven profesional egresada con honores y pronto contratada por sus calidades académicas, resulta comprometida por falsedad en documento público. ¡Increíble! Exclaman todos al unísono cuando se enteran. ¿Qué nos pasa en este país? ¿A dónde hemos llegado? ¿Cuál es el futuro que nos espera?

Hasta hace poco creía yo que esos males morales eran asunto de generaciones de adultos mal formados, pero cuando miro mi cédula y ya me veo con unos cuantos años encima, veo igualmente que el problema no es generacional, pues hay otros más jóvenes que yo y con el mismo mal. Es más, no es un problema de ahora, es un mal inveterado a lo largo de nuestra historia. Es una sutil enfermedad que asecha nuestro corazón para dañarlo. Y es aquí donde duele nuestra frágil humanidad porque, repito, ninguno estamos exentos. No hay familia, ni escuela, ni oficinas anticorrupción, ni cursos de ética, ni dosis de moralina que valgan. Si en el ejercicio de nuestra libertad torcemos el sendero y dejamos que se pudra nuestro corazón, “no hay tu tía que valga”. Todos lo sabemos, pero ante la seductora tentación es muy difícil no caer, se necesitan muchas agallas, convicciones profundas, férrea voluntad, personalidad definida, valores introyectados, sensatez, sentido de realidad… todo esto!

Juan Pablo II definió nuestro país como “un país moralmente enfermo”. De eso hace 30 años. No hemos cambiado mayor cosa. Creo que debería avergonzarnos el saber que quizás estamos peor que antes. Se cometían tantos delitos subrepticiamente, hoy se hacen a plena luz del día, delante de todos, abrumadora y descaradamente. No hay problema en mentir y proclamarlo irresponsablemente por las redes sociales. No hay barreras para robar, el problema es dejarse pescar. No importa escupir para arriba así nos caiga de nuevo. Todo vale. Lo relativo se absolutiza y lo absoluto se relativiza, es el relativismo moral que denunciara también Benedicto XVI.

El asunto es que todos tenemos nuestro rabo de paja y ninguno estaría libre de pecado como para tirar la primera piedra. Nos debemos entonces una exhaustiva investigación interna, esto es, un juicioso examen de conciencia, para ver cómo ordenamos nuestra casa interior y procuramos ajustarnos a tiempo, enderezando lo torcido, corrigiendo oportunamente lo que está funcionando mal en nosotros. Y por supuesto, no llamemos de guardián al gato, pues acabará con ratón y queso. Ni al perro, porque acaba con los tres. Lo mejor es ser guardianes de nosotros mismos, autorregulando nuestra libertad y autonomía, con conciencia crítica pues nadie es buen juez en propia causa. ¿Qué tal el reto?