Mártires de la reconciliación

  •    Julio 13 de 2017
  •    Francisco de Roux, S.J.

La beatificación de monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y del padre Pedro María Ramírez Ramos es motivo de alegría para el pueblo católico, y de manera especial para los campesinos de Arauca, Antioquia, el Huila y el Tolima.


El papa Francisco los declara mártires y explicita lo que significa el martirio. “Asesinados por el odio contra la fe”. No quiere decir que los mataron por usar vestido clerical o llevar un crucifijo o ser creyentes en Jesucristo. El sentido es mucho más directo para nuestra crisis espiritual. El odio a la fe es, en este caso, el odio a quienes, por ser coherentes con el mensaje humano del Evangelio, viven en serio la compasión, el respeto y el servicio a todos los demás y particularmente a los excluidos, enfermos, explotados. Y de manera particular, tienen misericordia y solidaridad con los quebrados por sus propios errores.

La beatificación no es para condenar al Eln ni a los grupos enardecidos por el magnicidio de Gaitán en 1948, ya que para eso es la justicia especial que cierra los conflictos. Lo que se busca es la reconciliación entre los colombianos a partir de dos hombres que mueren perdonando. En medio de la noche oscura en que nuestra sociedad ha estado sumergida por décadas.

Con esta beatificación, el papa Francisco da un mensaje a Colombia en vísperas de su visita. Escoge a dos personas veneradas por un pueblo de 8 millones de víctimas que se siente expresado en ellos y en miles de cristianos que murieron por la misma razón, ¿Cómo no recordar a monseñor Isaías Duarte Cansino, a los sacerdotes Tiberio Fernández y Álvaro Ulcué, a la hermana Ermegarda y a muchos otros que igualmente fueron asesinados por los distintos actores armados del conflicto porque trabajaban por sus comunidades, sin aceptar la violencia de ningún lado?

Son millones los hombres y las mujeres de diversas religiones y creencias que en la historia de la humanidad y en Colombia han honrado con sus vidas la grandeza del ser humano. La comunidad católica en el mundo, sin ocultar sus propias limitaciones, vive como Iglesia la llamada a ser sacramento de la dignidad de todas las personas en la maravilla del universo. Y cuando declara beato y santo a alguien, está diciendo que ella o él, con sus fragilidades como cualquier otro, movido por la fe, llevó el amor y el respeto a los demás, hasta el heroísmo.
Monseñor Jaramillo fue un hombre de extraordinaria generosidad y sencillez, recordado por su gente como misionero de la misericordia. En la insania del conflicto armado, los guerrilleros del frente ‘Domingo Laín’ del Eln lo consideraron objetivo militar porque él hacía comunidad con campesinos e indígenas, habitantes de los barrios populares, soldados o empleados de petroleras, independientemente de que fueran de derecha o de izquierda.

Hoy, la diócesis de Arauca, presidida por el obispo Jaime Muñoz Pedroza, ha sido reconocida como víctima colectiva por el asesinato de otros cuatro sacerdotes y muchos miembros de la Iglesia. En el mismo espíritu, el obispo ha emprendido la construcción del santuario de la Virgen la Negrita del Piedemonte y de un convento de clausura donde un grupo de mujeres se entrega a la oración para poner en el corazón del territorio de la guerra la fuerza del espíritu de la reconciliación.

El mártir de Armero, hijo de una familia conservadora de La Plata, en el contexto de los desbordamientos de ira que siguieron al magnicidio de Gaitán, fue un párroco lúcido y audaz para emerger de una realidad de emociones confrontadas y entregar la vida como testimonio de respuesta al absurdo de La Violencia. No hizo caso a las religiosas que le pedían que escapara. Y sacó tiempo para escribir en su diario que moría por su pueblo y perdonaba a quienes lo iban a despedazar.