Ignacio se pone en marcha porque la locura de Dios lo puso en marcha. Lo desestabilizó, lo sacó de su zona de confort para ponerlo a caminar en busca de algo más.

No siempre los caminos de Dios serán lo que uno esperaba. Ignacio llega a Jerusalén, el destino de su caminar, pero la realidad le exigió más. A seguir buscando, a seguir caminando. Ignacio no se echó atrás. Puso andar nuevamente la rueda de la locura, la terquedad y la confianza. Dios le tenía preparado otros destinos. Con otros, con compañeros, con amigos.

 

Un loco por Jesucristo

Cuando uno mira a Ignacio peregrino descubre que se combinan tres cosas: locura, terquedad y confianza. Ya lo decía un monje hablando de Ignacio: “aquel peregrino era un loco por Cristo”. Era una locura fruto de una conversión, de haber experimentado que Dios está más loco y que te desafía a darlo todo.


Ignacio se pone en marcha porque la locura de Dios lo puso en marcha. Lo desestabilizó, lo sacó de su zona de confort para ponerlo a caminar en busca de algo más. Pero este caminar no es ciego. A Ignacio se le pone en la cabeza de que tiene que ir a Jerusalén. Estar donde estuvo el mismo Jesús. Contemplar y confirmar que la locura por dejarlo todo tiene un gran cómplice y es Aquél que dio la vida por sus amigos. Ignacio quiere recorrer los caminos, volver sobre los pasos de Jesús. Mirar, oír y palpar. No será fácil. Pero la terquedad ignaciana será lo que permita insistir, buscar, no aflojar, no bajar los brazos.

La locura de Ignacio no era estéril, gracias a su terquedad puso en marcha los deseos en busca de más, de ayudar a las almas, de poner a dialogar creatura con creador.

Ahora bien, para ser loco y terco como Ignacio peregrino hace falta un tercer ingrediente: la confianza. Saberse en las manos de Dios, saberse cuidado por Él y cumplidor de sus promesas es lo que permite a un peregrino decir que esto vale la pena.

Largas caminatas, vicisitudes, conflictos, rechazos…todo esto ¿por qué y para qué?. Ignacio sabía que Dios –más loco que él- había tomado la locura y terquedad ignaciana para en todo amar y servir. Ignacio confiaba en la promesa. El mismo Dios que lo había puesto en marcha, lo desafiaba y le prometía la tierra del gozo, de la humildad, de la paz.

No siempre los caminos de Dios serán lo que uno esperaba. Ignacio llega a Jerusalén, el destino de su caminar, pero la realidad le exigió más. A seguir buscando, a seguir caminando. Ignacio no se echó atrás. Puso andar nuevamente la rueda de la locura, la terquedad y la confianza. Dios le tenía preparado otros destinos. Con otros, con compañeros, con amigos.

Dios más loco que Ignacio sabía cómo hacía las cosas.